Me dijeron que creciera.
Qué curioso.
Como si crecer fuera
aprender a agachar la cabeza
con mejor postura.
Como si la adultez
fuera una ceremonia
donde te entregan responsabilidades
que jamás pediste
y esperan que agradezcas.
“Estudia.”
“Trabaja.”
“Sé alguien.”
Como si ahora mismo
fuera nadie.
“Piensa en tu futuro.”
¿Mi futuro?
Todavía estoy intentando
sobrevivir al presente
sin que ustedes me vendan
una crisis existencial
en cuotas mensuales.
Tengo que estudiar
para conseguir trabajo.
Trabajar
para ganar dinero.
Ganar dinero
para pagar cosas.
Pagar cosas
para poder seguir trabajando.
Y luego, aparentemente,
eso se llama éxito.
Qué estafa tan bien organizada.
Me dicen que sea productivo
como si descansar fuera un crimen.
Que no desperdicie mi juventud
como si disfrutarla
fuera desperdiciarla.
Que haga ejercicio,
que lea,
que aprenda idiomas,
que emprenda,
que ahorre,
que socialice,
que duerma ocho horas
y que además tenga tiempo
para descubrir quién soy.
Claro.
Déjenme sacar
otras seis horas del día.
Seguro estaban escondidas
entre “responsabilidad”
y “deberías”.
También quieren que tenga metas.
Metas.
Porque aparentemente
estar vivo no es suficiente
si no puedes convertirlo
en una lista de objetivos.
Quieren saber
qué voy a estudiar,
dónde voy a trabajar,
cuánto voy a ganar,
con quién me voy a casar,
cuántos hijos tendré
y cuándo exactamente
pienso convertirme
en la persona que ustedes
inventaron para mí.
Y si respondo:
“No sé.”
Me miran horrorizados.
¿No sé?
¡¿Cómo que no sé?!
Pues no sé.
Qué tragedia.
Un joven que todavía
no tiene un manual de instrucciones.
Perdón por la inconveniencia.
Y después está esa frase:
“Cuando seas grande, entenderás.”
Tal vez.
O tal vez cuando sea grande
entenderé que ustedes tampoco sabían
y simplemente tuvieron miedo
de admitirlo.
Porque muchas de las reglas
que me enseñan como verdades
parecen ser solamente
tradiciones con miedo a morir.
“Así se hacen las cosas.”
¿Por qué?
“Porque siempre se ha hecho así.”
Ah.
La gran explicación.
Entonces supongo que también
debo cometer los mismos errores
para respetar la tradición.
No.
Si voy a equivocarme,
quiero que sean mis errores.
Si voy a fracasar,
que sea intentando algo que elegí.
Si voy a perder años,
prefiero perderlos viviendo
que ganarlos obedeciendo.
No quiero una vida
que parezca perfecta
en una conversación familiar.
No quiero un sueldo
que impresione a desconocidos.
No quiero una carrera
que me dé prestigio
y me quite las ganas de despertar.
No quiero una casa enorme
para pasarme la vida fuera de ella.
Y definitivamente
no quiero escuchar:
“Te lo dije.”
Prefiero escuchar:
“¿En serio hiciste eso?”
Sí.
En serio.
Porque quizás eso es lo que más molesta:
que un joven piense por sí mismo.
Que diga que no.
Que pregunte por qué.
Que mire una regla
y en lugar de obedecerla
pregunte quién demonios la escribió.
Me dicen rebelde.
Perfecto.
Al menos es una palabra
que escogieron para mí
sin preguntarme.
Pero esta sí me la quedo.
Porque si “madurar” significa
convertirme en una copia
de quienes alguna vez me dijeron
que jamás fuera como ellos,
entonces disculpen:
prefiero seguir siendo joven
un poco más.
No porque tenga miedo de crecer.
Sino porque todavía tengo
la suficiente juventud
para decirles en la cara:
mi vida no es una tarea
que ustedes puedan corregir.
Y si eso les parece irresponsable,
qué pena.
Tendrán que acostumbrarse.
Después de todo,
ustedes me enseñaron
a hacerme responsable
de mi propia vida.
Ahora no se quejen
cuando empiece a hacerlo.