Soy americano.
No lo digo como una corona,
ni como una disculpa.
Lo digo como quien pronuncia su apellido
y descubre que dentro de él
también habitan los muertos de su historia.
Nací bajo una bandera
que aprendí a mirar hacia arriba,
pero con los años comprendí
que hasta las estrellas
pueden ocultar oscuridades.
Me enseñaron a amar mi país,
y lo amo.
Pero amar no significa cerrar los ojos.
Porque también amo lo suficiente
para preguntarme
por qué algunas libertades
parecen más libres para unos que para otros,
por qué algunos sueños tienen precio,
y por qué la palabra igualdad
a veces suena más hermosa
cuando todavía no se cumple.
Soy americano,
y cargo con el orgullo
de lo que mi pueblo ha construido,
pero también con el peso
de aquello que preferimos no recordar.
No puedo cambiar el pasado
que escribió mi nación,
pero sí puedo negarme
a convertirlo en una excusa
para repetirlo.
He visto mi país levantarse como gigante,
pero también he visto al gigante
tropezar con sus propias contradicciones.
He visto riqueza convertirse en monumento,
mientras la pobreza aprendía
a sobrevivir en silencio.
He visto extranjeros llegar
persiguiendo el mismo sueño
que alguna vez alguien prometió
que pertenecía a todos.
Y entonces comprendí:
Estados Unidos no es solamente
lo que aparece en sus edificios,
sus películas o sus banderas.
También somos los que esperan,
los que trabajan,
los que migran,
los que protestan,
los que sueñan,
los que dudan,
los que todavía creen
que una nación puede corregirse
sin dejar de amarla.
Porque yo no quiero un país perfecto.
Quiero un país consciente.
Uno que pueda mirar su propia historia
sin necesidad de maquillarla,
que pueda reconocer sus errores
sin sentir que reconocerlos
lo hace menos grande.
Porque quizá la grandeza
no consiste en nunca equivocarse.
Quizá consiste
en tener el valor de mirarse al espejo
cuando nadie está mirando.
Soy americano.
Y mi bandera no es solamente
el símbolo de lo que heredé.
También es una pregunta:
¿Qué voy a hacer yo
con todo aquello que heredé?
Porque nací dentro de esta historia,
pero todavía puedo decidir
qué capítulo escribir.
Y si algún día mi país
llega realmente a ser
la tierra de la libertad que promete,
no será porque dejó de tener sombras.
Será porque aprendió
a encender una luz
sin negar que alguna vez
existieron.
En fin.. Este es el peso de mi bandera