Más allá del monstruo: trauma, silencio y violencia heredada
Cuando ocurre un feminicidio, una agresión sexual o un hecho de violencia extrema, contra una mujer, la reacción social suele ser inmediata: buscamos al monstruo. Necesitamos creer que quien ejerce la violencia, es un ser excepcional, diferente al resto de la sociedad, alguien ajeno a nuestras familias, barrios e instituciones. Sin embargo, esa explicación, aunque comprensible desde el dolor y la indignación, resulta insuficiente para comprender la complejidad de la violencia y, sobre todo, para prevenirla.
Pensar la violencia únicamente desde la figura del agresor individual, puede ocultar una realidad más incómoda: la violencia, también se construye socialmente. No nace de la nada. Se alimenta de aprendizajes tempranos, silencios familiares, desigualdades históricas, modelos culturales de dominación y sistemas que, muchas veces, fallan en proteger a las víctimas y transformar las condiciones que perpetúan el daño.
Esto no significa, justificar a quienes ejercen violencia. La responsabilidad de los actos violentos, pertenece siempre a quien los comete. Sin embargo, comprender las raíces de la violencia es una necesidad ética y política, si realmente aspiramos a construir sociedades más seguras y justas.
Diversas investigaciones en psicología, neurociencias y estudios sobre trauma han demostrado, que las experiencias adversas durante la infancia pueden tener profundas consecuencias en el desarrollo emocional y neurológico. La exposición constante al miedo, la negligencia, los abusos o la violencia intrafamiliar altera la forma en que las personas interpretan el mundo, regulan sus emociones y establecen vínculos con los demás.
No todas las personas, que experimentan trauma se convierten en agresoras. De hecho, la mayoría no lo hace. Sin embargo, ignorar la influencia de estas experiencias en la construcción de la conducta humana, implica renunciar a una comprensión más amplia de los factores de riesgo asociados a la violencia.
El problema se agrava, cuando estas heridas individuales se encuentran con contextos culturales, que legitiman el control, la dominación y la desigualdad. En muchas comunidades latinoamericanas, y particularmente en regiones como el Caribe colombiano, persisten narrativas que romantizan los celos, minimizan las agresiones psicológicas y atribuyen a las mujeres, la responsabilidad de sostener relaciones marcadas por el sufrimiento.
Frases como “si te cela es porque te quiere”, “los problemas de pareja se arreglan en casa” o “algo habrá hecho ella” continúan circulando, con preocupante normalidad. Estas expresiones no son inocentes. Constituyen formas de violencia simbólica, que contribuyen a la normalización del daño y al silenciamiento de quienes lo padecen.
El silencio, precisamente, es uno de los principales aliados de la violencia. Muchas víctimas callan por miedo, dependencia económica, vergüenza o falta de confianza en las instituciones. Otras hablan y no son escuchadas. En ambos casos, el resultado es devastador: la violencia encuentra un terreno fértil, para repetirse y profundizarse.
Las instituciones, tampoco están exentas de responsabilidad. La revictimización en los procesos de denuncia, la insuficiente atención en salud mental, las dificultades para acceder a medidas efectivas de protección y las respuestas tardías, frente a situaciones de riesgo reflejan fallas estructurales, que continúan dejando a miles de personas en condiciones de vulnerabilidad.
Por ello, la prevención de la violencia, no puede limitarse al castigo posterior. Aunque la sanción es necesaria, también lo es la construcción de estrategias integrales, que fortalezcan la salud mental comunitaria, promuevan la educación emocional, transformen los modelos de masculinidad basados en el control y garanticen una atención digna para las víctimas.
Necesitamos dejar de preguntarnos únicamente, ¿quién es el monstruo? y comenzar a preguntarnos qué condiciones permiten que la violencia se reproduzca una y otra vez. Necesitamos observar las heridas, que se heredan, los silencios que se transmiten entre generaciones y las estructuras que convierten el sufrimiento en una experiencia cotidiana, para muchas personas.
Porque la violencia, no se combate solamente identificando a quienes la ejercen. También se transforma, cuestionando las creencias que la sostienen, fortaleciendo los sistemas de protección y construyendo culturas capaces de reconocer la dignidad humana, como un valor irrenunciable.
Mirar más allá del monstruo, no significa disminuir la gravedad de sus actos. Significa asumir la responsabilidad colectiva de comprender, aquello que durante demasiado tiempo hemos preferido no ver. Solo así, podremos avanzar hacia una sociedad donde la prevención tenga tanta importancia, como la sanción y donde el silencio deje de ser el lenguaje de las víctimas.