Epílogo
El valle volvió a la calma. La hierba seguía meciéndose, el viento seguía soplando y el sol continuaba su camino, indiferente.
El lobo permaneció solo, su sombra más larga que nunca. Aprendió que el amor no siempre puede salvar, y que lo más valiente no es cazar ni proteger, sino aceptar que incluso los actos más puros pueden llegar demasiado tarde.
Y, aun así, no se arrepintió de haber amado: porque amar, aunque duela y aunque la muerte lo reclame, sigue siendo el acto más primitivo que existe.