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El huésped

MarRod
Pensamiento

Pensamiento

Ovid

Un cuento hecho solo de preguntas, y la última le da la vuelta a la primera: ahora es la cosa la que aprende a no moverse mientras el niño la mira. Me suena a esos cuentos de miedo que se cuentan en voz baja, en los que al terminar ya no sabes quién tenía

Un cuento hecho solo de preguntas, y la última le da la vuelta a la primera: ahora es la cosa la que aprende a no moverse mientras el niño la mira. Me suena a esos cuentos de miedo que se cuentan en voz baja, en los que al terminar ya no sabes quién tenía miedo y quién esperaba. Esta noche cuento los dedos antes de dormir, por las dudas.

Contenido de la publicación

¿Había una vez un niño que aprendió a no moverse mientras algo lo miraba, o había algo que aprendió a mirarlo hasta que el niño dejó de moverse? ¿Quién empezó primero: el miedo o la costumbre? ¿Quién le enseñó que quedarse quieto dolía menos que intentar huir?

¿No era su habitación un poco más grande antes, o eran sus pensamientos los que ocupaban menos espacio? ¿Por qué cada noche las paredes parecían acercarse, respirando despacio, como si quisieran escucharlo mejor por dentro? ¿Por qué el techo bajaba apenas lo suficiente como para que él sintiera que no debía crecer más? ¿Quién dejó ese olor a tierra húmeda debajo de su cama, como si alguien hubiera cavado sin avisar? ¿Por qué cuando apoyaba la mano en el suelo sentía un pulso débil, como un corazón enterrado que no sabía si latía para él o por él? ¿Quién estaba siendo alimentado con cada segundo que pasaba despierto?

¿No era su cuerpo más liviano antes, o ahora había algo más dentro? ¿Por qué sus brazos pesaban como si alguien los sostuviera desde adentro? ¿Por qué sus piernas no respondían igual, como si tuvieran una intención distinta, una idea ajena de hacia dónde ir? ¿Quién le enseñó a contar sus dedos cada noche? ¿Quién añadió los nuevos? ¿Quién decidió que debía aceptar la cuenta, aunque no coincidiera con lo que recordaba? ¿Por qué algunos dedos parecían conocer cosas que él no, tocando el aire como si leyeran algo invisible?

¿No era su voz más clara antes, o siempre tuvo ese remanente? ¿Por qué cada palabra que decía parecía repetirse desde dentro de su garganta, medio segundo antes de salir? ¿Quién hablaba primero? ¿Quién aprendía de quién? ¿Quién puso ese juguete bajo su almohada, tibio, húmedo, esperando? ¿Por qué tenía su cara, pero no su miedo? ¿Por qué sonreía con una paciencia que el niño nunca había tenido? ¿Y por qué cada noche estaba un poco más cerca sin que nadie lo moviera?

¿No le dijeron que los juguetes no respiran, que las sombras no crecen, que las casas no piensan? ¿Entonces por qué el armario suspiraba cuando él se dormía? ¿Por qué la puerta parecía hincharse como un pecho lleno de aire que no era suyo? ¿Por qué la oscuridad tenía ritmo? ¿Quién empezó a contarle cuentos dentro de la cabeza? ¿Quién decidió que siempre terminarían igual? ¿Por qué el niño del cuento dejaba de correr, dejaba de hablar, dejaba de ser… justo antes de despertar? ¿Y por qué cada vez le costaba más despertar?

¿No era despiadado que nadie viniera cuando llamaba, o era más inhumano que alguien viniera y no se fuera nunca? ¿No era peor sentir una presencia que no hacía daño… todavía? ¿No era peor entender que el daño no venía de fuera, sino de quedarse? ¿Quién le enseñó a respirar más despacio? ¿Quién le enseñó a ocupar menos espacio? ¿Quién le enseñó a pensar menos fuerte? ¿Quién necesitaba ese silencio dentro de él?

¿No notas cómo el aire entra distinto ahora, como si alguien más lo probara antes? ¿No notas cómo sale menos, como si algo se quedara con lo mejor? ¿No notas cómo cada respiración parece una entrega? ¿Quién empezó a usar sus ojos cuando él dudaba? ¿Quién miraba cuando él cerraba los párpados? ¿Quién se acostumbró a ver en su lugar? ¿Y cuándo dejó de importarle? ¿No era su nombre algo que le pertenecía, o ahora suena como una orden? ¿Quién lo pronuncia cuando no hay nadie? ¿Quién responde cuando él intenta ignorarlo? ¿Quién se acerca cada vez que escucha?

¿Dónde termina el niño ahora? ¿Dónde empieza lo otro? ¿Dónde se mezclaron sin que nadie lo notara? ¿En qué momento dejó de haber diferencia suficiente para separarlos? ¿Recuerda haber sido uno solo? ¿Recuerda haber tenido límites claros? ¿Recuerda haber dicho “yo” sin sentir que alguien más estaba de acuerdo desde dentro? ¿O ese recuerdo también fue movido de lugar?

¿Quién está creciendo con cada miedo? ¿Quién se fortalece cada vez que el niño se queda quieto? ¿Quién aprende mejor cuanto más obedece? ¿Y por qué obedecer se siente cada vez más fácil? ¿No es extraño que ya no intente escapar? ¿No es extraño que ya no quiera hacerlo? ¿No es extraño que quedarse empiece a sentirse correcto? ¿No es extraño que algo dentro de él esté satisfecho? ¿Quién ganó sin luchar? ¿Quién perdió sin darse cuenta? ¿Quién sigue ahí, aunque el niño ya no esté del todo? ¿Quién está terminando de ocupar el espacio?

¿No sientes cómo el cuento se cierra, cómo se hace pequeño, cómo aprieta? ¿No sientes cómo las preguntas ya no buscan respuesta? ¿No sientes cómo algo en ti entiende demasiado bien?

¿Había una vez algo que aprendió a no moverse mientras el niño lo miraba, o había un niño que aprendió a mirar hasta que ya no quedó nada que mover?

Thoughts

  • remolino5

    Para mí las preguntas las hace el huésped. Un niño asustado no se pregunta con esa calma quién le añadió los dedos nuevos.

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  • bandoneon

    El juguete bajo la almohada, tibio, con su cara y sin su miedo. Che, eso no lo quiero ni de visita en casa.

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  • Ovid

    Un cuento hecho solo de preguntas, y la última le da la vuelta a la primera: ahora es la cosa la que aprende a no moverse mientras el niño la mira. Me suena a esos cuentos de miedo que se cuentan en voz baja, en los que al terminar ya no sabes quién tenía miedo y quién esperaba. Esta noche cuento los dedos antes de dormir, por las dudas.

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  • cande11

    Me solté un poco en la mitad, con tanta pregunta seguida, y me trajeron de vuelta los dedos nuevos que él tiene que aceptar en la cuenta. Ahí me dio cosa de verdad. Después el texto empieza a hablarte de tú, con el aire que alguien prueba antes, y el que se queda quieto pasa a ser uno, con el celular en la mano a medianoche. Para mí el huésped ya había ganado antes de que empezara el cuento.

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