No es la muerte lo que me asusta, es el silencio que quedaría después de mí.
Ese plato vacío en la esquina, la puerta que ya nadie abre con mi nombre, el sonido torpe de mis pasos que ya no volverían a confundirse con los suyos.
Quiero irme; Dios, cómo quiero irme.
Pero ellos no entienden de finales.
ni de cartas de despedida, ni de ese cansancio que se clava en los huesos como un invierno que nunca se va.
Ellos esperan; esperan como si el mundo fuera simple:
como si yo siempre volviera, como si el amor no se rompiera por dentro sin hacer ruido.
Y me miran; con esos ojos que no saben que a veces amar también pesa, que a veces respirar duele, que a veces uno quisiera apagarse como una luz que ya no alumbra nada.
Pero mueven la cola, pero se acurrucan, pero creen; creen en mí como si yo no estuviera cayendo a pedazos.
¿Quién les explica que no es su culpa?
¿Quién les dice que no los estoy abandonando, que soy yo el que ya no puede sostenerse?
No puedo irme, no todavía.
Porque alguien tiene que llenar sus platos, alguien tiene que decir sus nombres como si fueran lo único que queda sagrado, alguien tiene que quedarse aunque quedarse duela más que desaparecer.
Así que me quedo, roto, cansado, con ganas de no existir.
Pero me quedo; porque ellos me aman como si yo todavía fuera alguien que vale la pena esperar.