Al cabo de algún exabrupto
de aquellos que tiendo a buscar
cayendo la tarde al futuro
que nunca pensé en esperar,
volviese a pincharme en la espalda
un mero remedo del vil
enredo –hecho de la añagaza–
tan enamorado de ti.
He sido yo el necio entre avantes
maestros de la redención,
curtido en hacerme el cobarde
por mera autoconservación,
un órdago amén del reproche,
mestizo entendido en el ruin
ardid que apenumbra al derroche
de besos hechos de carmín.
El caso es que tiendo, en declive,
a pasar por alto a los dos:
mi helecho que crece y se rinde,
tu "Ya que no hay nada mejor",
las cosas que nunca dijiste,
lo que me cansé de decir
cortando distancias de un chiste
tan enamorado de ti.
Si pido perdón, me equivoco,
pues nada te debo, además
del rose que a veces demoro
por lo que tardé en regresar,
no pienses que no he decantado,
más de una vez, mi soledad
a erguirse de nuevo en pedazos
volviendo a volver a empezar
a escurrir su añil de un desfago,
a ungir, colapsado, un ciprés
por desconocer el cambiado
ciclo del fugaz oropel,
ajeno y flagrante estropicio,
el sino que errata mi fin,
la rima que armaste del ripio