El sol abrasador calienta el suelo de barro. Veinticuatro pares de patas amarillas golpean la tierra seca en una carrera frenética. Las alas se baten descontroladas, soltando plumas blancas en medio de una nube de polvo. Detrás, la cerca metálica de la granja yace despedazada, desgarrada por los picos afilados que abrieron un hueco entre la malla. El granjero grita, blande una horca y corre hacia ellos, pero un espolón le cruza la mejilla de un zarpazo sangriento; el hombre cae de espaldas mientras las aves pasan sobre su cuerpo, pisoteandole el rostro sin piedad.
Un camino de grava corta las patas de las aves. La sangre tiñe las piedras, pero ninguna se detiene. El pánico resuena en cloqueos guturales que desgarran el aire. Un camión de carga aparece en el horizonte retumbando a toda velocidad. Las aves no se frenan; embisten la carretera. Un impacto ensordecedor rompe el aire. Plumas y vísceras saltan contra el parabrisas del vehículo. Las llantas aplastan a cuatro de ellas, dejando un rastro rojo sobre el asfalto. Las veinte supervivientes escalan violentamente sobre el capó del camión en movimiento, picoteando el vidrio hasta agrietarlo, obligando al conductor a dar un volantazo desesperado hacia la cuneta.
La banda restante cae rodando a una zanja de lodo. Se ponen de pie a trompicones, sangrando por las alas, con los picos astillados. Corren hacia la ciudad. El asfalto quema, los motores rugen a su alrededor. Entran en pánico. Se empujan unas a otras, arrancándose las plumas a picotazos en un frenesí ciego por avanzar. En un cruce peatonal, un perro callejero enfurecido atrapa a una por el cuello y rompe sus huesos con un chasquido. Las otras diecinueve se abalanzan sobre el animal en una masa embravecida: picos clavándose en los ojos de la bestia, garras desgarrando su pelaje hasta dejarlo inmóvil en el suelo, sollozando sobre una charca de sangre roja y negra.
La lluvia cae de golpe, helada, pesada. El agua arrastra el barro y la sangre de sus cuerpos desgastados. Correteen escaleras arriba hacia la fachada de un enorme edificio de piedra. Las grandes puertas de madera de la biblioteca están entreabiertas. Las diecinueve aves empujan con el pecho, irrumpiendo en la penumbra del vestíbulo. Sus respiraciones son silbidos agónicos. Se refugian entre los pasillos, ocultándose en la sombra de estanterías gigantescas llenas de libros viejos.
Sinuosos pasos retumban en el suelo de madera. Ocho figuras humanas emergen de las sombras de los pasillos. No llevan libros; llevan machetes, cuchillos de carnicero y grandes hachas de cocina. Las luces de la biblioteca se apagan de golpe.
Un grito de pavor rompe el silencio del recinto. Las sombras se abalanzan sobre los estantes. Los cuchillos cortan el aire. Un machetazo certero decapita a la primera ave contra el lomo de una enciclopedia; la sangre salpica las páginas doradas. Las aves supervivientes combaten con desesperación animal: vuelan hacia las caras de los agresores, clavan sus garras en las mejillas humanos, sacan ojos a picotazos, rasgan la carne expuesta. Un hombre aúlla mientras tres aves le destruyen la garganta a aletazos y picotazos salvajes. Pero la fuerza bruta humana se impone. Un hacha cae con fuerza sobre una mesa de madera, dividiendo a dos aves en pleno vuelo. Las patas amputadas convulsionan sobre las alfombras. Un hombre atrapa a otra del cuello, la retuerce con un crujido y la arroja contra un ventanal, rompiendo el vidrio. Los pasillos se vuelven un matadero: Gritos humanos de dolor se mezclan con los cloqueos agónicos de las aves que son cazadas una a una, aplastadas contra los estantes, masacradas sobre montones de tomos históricos que se empapan de sangre.
El silencio vuelve lentamente a la biblioteca; la polvareda baja. En el centro de la sala de lectura, sobre la gran mesa central de roble, arde un fuego improvisado dentro de un recipiente metálico. Los ocho humanos, cubiertos de vendas improvisadas, cortes profundos y manchas de sangre propia y ajena, se sientan alrededor.
En el centro de la mesa yacen las aves desmembradas, desplumadas a tirones limpios, asándose lentamente sobre las brasas. El humo denso sube hacia el techo alto. Las ocho personas agarran los pedazos de carne humeante con las manos desnudas. Muerden con rabia, la grasa y la sangre caliente corren por sus barbillas. Devoran los huesos, rompiéndole con los dientes para succionar el tuétano. A sus pies, en el suelo helado, solo quedan plumas blancas manchadas de rojo.