Estaba en un parque apartado, lejos del ruido y de mi casa. No esperaba a nadie; solo escuchaba el eco de mis propios pensamientos, buscando un momento de calma para reflexionar. De pronto, la vi.
Caminaba con una seguridad tan firme en cada paso que me desarmó; sentí un vértigo inevitable ante esa confianza de la que yo carecía. Se notaba a la distancia, como si el espacio a su alrededor le perteneciera. Me pregunté quién era y de dónde había salido, si cuando llegué no había nadie y el espacio era solo para mis pensamientos y para mí. Pero, en un instante, todo cambió. Mi laberinto interno se disipó por completo. Me pregunté si mis propios miedos se habían ahuyentado ante su presencia. No la había visto nunca en mi vida, pero no podía dejar de mirarla.
Irradiaba una luz capaz de alumbrar los rincones más oscuros. Tenía algo distinto, algo insondable en el semblante: un rostro de apariencia inocente, pero una mirada densa, cargada de un mensaje silencioso. Traía en los ojos una mezcla de misterio y calidez, algo parecido al amor o a la promesa de algo hablándome sin palabras.
Sentí una curiosidad urgente de acercarme, una necesidad casi inevitable de romper la distancia. Me armé de valor, caminé hacia ella y rompí el silencio:
—Hola —le dije—. ¿Qué hace alguien como tú en un parque tan solitario? Perdió la calma mi propia voz, pero sentí la necesidad de hablarte... Tu mirada parece guardar algo que no dices, y quería saber si, al hablarte despacio, te animas a contármelo.
Quería hablarle con dulzura, descifrar el enigma detrás de su silencio y, simplemente, descubrir quién era.