Supongo que el parque logró su cometido —murmuré, mirándola—. Aunque no de la forma en que lo había planeado.
—Las mejores cosas casi nunca se planean —respondió ella, poniéndose de pie despacio y estirando la mano hacia mí—. La tarde se está acabando. ¿Me acompañas a caminar un poco más antes de que oscurezca?
Caminamos despacio por el sendero cubierto de hojas secas, acompañados únicamente por el crujido suave de nuestros pasos y el tono dorado que la tarde iba dejando sobre las copas de los árboles. La conversación fluía sin esfuerzo, cayendo sobre temas sencillos y, a la vez, profundos: los libros que nos habían marcado, los pequeños detalles que a veces pasaban desapercibidos y el valor de saber estar en silencio sin sentirse incómodo.
Al llegar al límite del parque, donde los faroles empezaban a encenderse uno a uno con un destello tibio, nos detuvimos. El mundo exterior, con su prisa de siempre, volvía a asomarse al final de la calle.
—Parece que el camino termina aquí —dije, sintiendo una mezcla extraña de gratitud y nostalgia anticipada.
Maddison me miró, y por primera vez vi en sus ojos una chispa distinta, entre juguetona y nostálgica.
—Los caminos en los parques siempre terminan —respondió, ladeando la cabeza—, pero eso solo significa que hay que decidir hacia dónde ir después.
Echó mano a su abrigo y sacó un pequeño cuaderno de tapas desgastadas. Con un lápiz fino, anotó algo en la esquina de una página, la cortó con cuidado y me la extendió.
—Para cuando tus pensamientos vuelvan a hacer demasiado ruido —dijo sonriendo—. A veces ayuda compartirlos con alguien que ya sabe lo que es buscar un refugio.
Guardé el papel en mi bolsillo como si fuera un tesoro inesperado. Nos despedimos con un abrazo breve pero cálido, de esos que dejan una huella tranquila en la memoria.
Mientras la veía alejarse con el mismo paso firme del principio, comprendí que ya no me daba miedo su seguridad. Al contrario: me había dejado un trozo de esa luz para llevar conmigo de vuelta a casa.