Hoy escucho, entre tus plumas,
un silencio majestuoso, cubierto de un dolor profundo.
Mis deseos de muerte florecen
como pétalos bañados en sangre.
Son mis palabras y mis labios
los que fluyen por sí solos, como algo mágico.
Las espinas de una rosa me encuentran,
sin vida alguna.
Tus ojos son la gloria... y el mismo infierno.
Ves mi duelo como algo más,
tal vez un sueño.
Oh, cuervo del infierno,
veo tus plumas y tus ojos llenos de odio
en la noche más tormentosa de la vida:
una vida sin alma,
moribunda entre algún silencio.
Tan solo queda la esperanza
de que me des palabras frías y temerosas del miedo.
El horror a la vida… y a la muerte
hacen su gloria,
como aquellas veces entre poemas antiguos
que llueven en las tardes
por las calles del viejo Londres.
Un eco crujiente, plasmado en horror,
puede ver mis sentimientos
de tristeza y melancolía,
y mi corazón cubierto en sangre por el dolor.
Dame el placer del luto y del sueño profano.
Blasfemo ante la bebida
y la decadencia romántica de la absenta,
una bebida tan mágica… y gloriosa.
Un deseo perdido entre ramas.
Es mi sueño... y un olvido.
¿Cómo puedo consolar el pasado,
viejo cuervo y amigo?
Te has aliado a mis penurias
como un alivio a mi alma
que llora en silencio.
Edgar Allan Poe (De El Cuervo):
«Y mi alma, del fondo de esa sombra que flota en el suelo, no podrá elevarse ya nunca más.»