La vida de este tipo se resume en: trabajar solo, perder todo, encontrar a alguien que lo quiera. Es más cierto que la ficción.
El cocinero
Fabricio tenía un oficio que durante años le había dado prosperidad: la herrería. Fabricaba soportes, muebles, estructuras de hierro y herrajes para casas. Trabajaba duro y nunca le había faltado…
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Pensamiento
La vida de este tipo se resume en: trabajar solo, perder todo, encontrar a alguien que lo quiera. Es más cierto que la ficción.
Contenido de la publicación
Fabricio tenía un oficio que durante años le había dado prosperidad: la herrería. Fabricaba soportes, muebles, estructuras de hierro y herrajes para casas. Trabajaba duro y nunca le había faltado nada, pero una crisis económica arrasó con la clientela. Los pedidos comenzaron a desaparecer y entendió que debía tomar medidas drásticas. Le habían enseñado que el trabajo era la base de la vida, así que no pensaba quedarse de brazos cruzados.
Se había casado muy joven con Julia. Ella trabajaba vendiendo propiedades, aunque sabía que no era un rubro estable, especialmente en tiempos difíciles. También administraba consorcios y realizaba otros trabajos relacionados.
Vivían en una casa moderna. La puerta corrediza daba directamente a una cocina en forma de U, con una amplia mesada y una enorme cocina cooktop. Todo era nuevo y luminoso. Frente a eso estaba la mesa del desayunador, con banquetas altas donde Fabricio tomaba mate o merendaba. Más allá comenzaba un living amplio, con sillones cómodos, una televisión grande y una mesa baja donde siempre había un adorno y un cenicero por si alguien fumaba. Las paredes combinaban madera y roca; esa parte era la favorita de Fabricio, aunque había sido idea de Julia.
Una escalera de madera llevaba al dormitorio matrimonial. Frente a él estaba el baño y, del otro lado, una habitación vacía que nunca habían terminado de usar.
En el dormitorio había un sillón alto y cómodo donde Fabricio dormía esas siestas extrañas de diez minutos que a veces salvaban el día cuando uno estaba agotado.
Cuando decidió cambiar de rumbo laboral, se lo comunicó a Julia. Ella cuestionó la decisión inmediatamente.
La relación ya venía desgastada desde hacía tiempo. Hacía meses que no tenían intimidad. Fabricio lo notaba especialmente cuando se bañaba: ese era el único momento en el que conseguía relajarse de verdad. Salía del baño tranquilo, aunque fuera por un rato.
Decidido a reinventarse, invirtió en un curso de cocina donde enseñaban pizzas, empanadas y otras recetas. Remodeló parte de la cocina, compró una amasadora industrial, una batidora y todo lo necesario para trabajar seriamente. Así nació su microemprendimiento.
El éxito llegó rápido. Repartió panfletos por el barrio y enseguida comenzaron los pedidos.
El problema fue Julia.
Al principio parecía simplemente distante, pero con el tiempo empezó a evitarlo cada vez más. Pasaba menos horas en la casa y, cuando estaba, apenas le dirigía la palabra. Se encerraba a mirar televisión o leía un libro sin hablarle. Ya no cenaban juntos y muchas veces inventaba excusas para salir a comer con amigos.
Comer solo se volvió costumbre.
Fabricio ya no sabía si seguían conviviendo o si apenas compartían un techo. La situación empezó a angustiarlo profundamente. Sentía que vivía dentro de una pesadilla de la que esperaba despertar en cualquier momento.
Durante semanas intentó hablar con ella. Llamaba por teléfono y no respondía. Cuando lograba encontrarla en la casa, Julia contestaba con evasivas.
Hasta que un día dejó de ignorarlo para lastimarlo directamente.
Le dijo que le parecía “grasa” que cocinara para ganarse la vida. Que un hombre con casa propia debía dedicarse a cosas más importantes y, en todo caso, contratar gente para trabajar por él en lugar de “hacer de siervo”.
Ahí Fabricio entendió todo.
Julia quería otra clase de hombre. Se había decepcionado de él.
Pocos días después, ella se mudó. La casa quedó exactamente igual, pero sin su ropa y sin su presencia.
Fabricio se sintió libre, aunque por dentro estaba destruido.
La picazón en el cuero cabelludo, que llevaba meses soportando, empeoró hasta dejarle heridas. Lloraba en silencio. Tenía los ojos hinchados y la nariz roja casi todos los días. Dormía mal y trabajaba hasta el agotamiento para caer rendido por cansancio.
Durante dos años vivió así.
Adelgazó más de diez kilos, perdió pelo y acumuló una tristeza silenciosa que nadie veía realmente. La bronca empezó a crecerle adentro como algo frío y permanente.
Después de uno de sus peores meses decidió anotarse en un curso de pastelería. Empezó a usar gorro para esconder el problema del cuero cabelludo.
Una mañana, mientras cerraba la casa para salir, escuchó que la vecina le gritaba:
—¡Buen día, Fabricio! ¡Te veo luego!
Él respondió con una sonrisa cansada. La mujer no pudo ocultar la impresión al verlo tan flaco y con la cara hinchada.
Fabricio subió al auto y manejó despacio hasta el instituto. El curso era reconocido por su nivel y por eso había decidido invertir ahí.
Antes de comenzar la práctica les dieron un descanso. Fabricio se sentó con un café y entonces una chica se acercó.
—Hola, me llamo Micaela —dijo sonriendo.
Tenía el pelo castaño largo, labios pintados de rojo intenso y un tatuaje de una rosa en el brazo. No debía tener más de veinticinco años.
—Fabricio —respondió él en voz baja.
Cuando terminó la clase, se sintió mareado y débil. Tenía que volver a trabajar, pero apenas podía mantenerse firme. Micaela insistió en acompañarlo hasta la guardia médica.
Cuando salió, ella seguía esperándolo con la bicicleta apoyada en la pared.
Lo acompañó hasta la casa y lo ayudó a acostarse en el sillón. Fabricio llamó entonces a Daniela, la médica que lo atendía desde hacía años.
Daniela era conocida en el barrio por tratar a sus pacientes con una humanidad poco común.
—Tenés que comer mejor —le dijo mientras lo revisaba—. Sé que estás pasando un mal momento, pero estás muy flojo. Voy a darte vitaminas. También tenés la presión un poco baja. Descansá más y tratá de relajarte. Tomá tilo o valeriana a la noche.
Fabricio llamó a la farmacia y pidió todo lo que ella le recetó.
—Escuchame —dijo Micaela—. Vos hacés comida por pedido, ¿no? Yo reparto pan temprano, así que después de las diez estoy libre. Si necesitás ayuda, avisame.
—Gracias, pero hoy voy a cerrar todo y dormir.
En ese momento sintió un ataque de ira. El cuerpo le tembló unos segundos antes de calmarse.
—De verdad gracias por quedarte. Apenas te conozco, pero te agradezco mucho la compañía.
Al día siguiente volvió a trabajar como siempre. Cocinó durante horas, intentando no pensar en nada más.
Por la tarde apareció Micaela.
—Vine a tomar unos mates —dijo levantando un bizcochuelo—. Y a asegurarme de que no estés ayunando.
Micaela hablaba muchísimo. Le contó sobre su trabajo repartiendo pan y sobre su sueño de abrir una pastelería propia. Tenía una manera cálida y espontánea de hablar que hacía sentir cómodo a cualquiera.
Fabricio, más callado, escuchaba y respondía con pequeñas frases:
—Mirá vos… qué bueno… sí, eso debe ser rico…
Poco a poco comenzó a contarle sobre su vida, sobre el emprendimiento y sobre el dolor que todavía llevaba encima.
—Creo que todo se complicó porque dejé de dormir bien —admitió—. Pero el té de tilo me ayudó. Dormí toda la noche por primera vez en mucho tiempo.
Al día siguiente recibió la llamada del abogado de Julia para firmar los papeles de separación.
Fue nervioso. Preparó un té de tilo antes de entrar para tranquilizarse.
Dejó claro que compraría la parte de Julia de la casa porque no podía venderla: era también su lugar de trabajo.
Cuando volvió, lloró de bronca durante horas.
Micaela se quedó a su lado hablándole despacio hasta que logró calmarse.
—A veces es difícil explicar ciertas decepciones —le dijo él—. Uno cree que los problemas se solucionan hablando… pero a veces el otro ya eligió otro camino hace tiempo.
Micaela lo escuchó en silencio.
—Tenés que enfrentar el dolor —le respondió—. No podés taparlo trabajando todo el tiempo.
Fabricio entendió que tenía razón.
Empezó a aceptar menos pedidos y a organizar mejor sus horarios. Volvió a correr en el parque, intentó comer mejor e incluso se animó a probar yoga.
Micaela también le enseñó pequeñas cosas para relajarse: llenar la bañera con sales, tomar infusiones y bajar el ritmo.
Fabricio era un hombre grande, ajeno a muchas de esas cosas, así que Juliana le enseñó a armar un cigarrillo de marihuana. Mientras estaba en la tina, fumó el que ella le había preparado.
Micaela siempre iba a tomar mate con él. Los miércoles solían salir a tomar algo para despejarse y pasar un buen rato; además, ese día ella asistía a su curso de pastelería.
Un día, casi a fin de mes, aprovecharon la falta de pedidos para practicar juntos. Hicieron bombones de chocolate y dulce de leche, además de algunas tortas.
Cuando terminó el curso, lloraron emocionados junto a otras compañeras. Fabricio enmarcó el título de Micaela y lo colgó en la casa junto a los demás.
A Micaela le gustaba mucho Fabricio. A pesar de la diferencia de edad, se llevaban muy bien. Admiraba su sensibilidad, su dedicación y la honestidad con la que enfrentaba la vida.
Decidida a seducirlo, comenzó a decirle cosas bonitas mientras tomaban mate. A veces lo abrazaba y le repetía que era hermoso. Aunque pareciera mentira, Fabricio empezó a sentirse mejor de ánimo y hasta la irritación de su cuero cabelludo comenzó a sanar.
Su pelo castaño claro volvió a crecer brillante y abundante.
Micaela siguió dejando en claro que no quería ser solamente su amiga. Se volvió más osada: le decía cosas tiernas, lo abrazaba y a veces le daba pequeños besos en la boca. Él se dejaba querer, sonreía o reía, aunque rara vez respondía con palabras.
Así pasaron casi un año. Los sábados y miércoles eran de salidas, tragos y largas miradas. Ella siempre tenía algo cariñoso para decirle y él la abrazaba con dulzura.
Un miércoles, Fabricio le dijo que tenía una sorpresa. Se quedaron en la casa, prepararon tragos y, en un momento de sinceridad, él le confesó que la quería mucho.
—Te amo —respondió ella.
Desde ese día, Micaela comenzó a decírselo todos los días.
—Disfruto muchísimo tu forma de seducirme —le confesó él una noche—. Me hacés sentir querido, me reconfortás y me llenás el corazón con todo lo que decís. Yo también te amo. Ya llegará el momento de salir adelante; mientras tanto, dejame disfrutar de esto.
Sonrió con picardía antes de continuar:
—Hay que disfrutar y sentir el minuto a minuto. Y también quiero complacerte, así que acepto sugerencias, las que quieras.
Fabricio volvió a levantarse feliz. Pensaba que necesitaba una relación más amorosa y cálida. El deseo podía aparecer y quedarse, pero no quería volver a vivir vínculos fríos ni vacíos.
Había sufrido demasiado intentando sostener relaciones que parecían respetables ante los demás, aunque por dentro lo asfixiaran. Al final, pensaba él, solo quedaban una casa silenciosa y malos recuerdos.
Toda su vida había trabajado y sacrificado cosas para comprar esa casa, y le dolía sentir que después de tanto esfuerzo solo quedara un vacío.
No quería que Micaela cargara con los restos de un hombre herido y cansado por su pasado. Prefería mostrarse renovado, aunque también temía que ella se cansara o pensara que no había interés de su parte. Por eso confiaba en su paciencia.
Mientras tanto, Micaela también atravesaba sus propios desafíos. No tenía todos los elementos necesarios para dedicarse de lleno a la repostería, así que comenzó a trabajar junto a él levantando pedidos de tortas. Muchos clientes compartidos empezaron a encargarles cosas juntos.
En la cocina, mientras preparaban merengue o rellenaban con dulce de leche, ella jugaba a ponerle un poco en los labios para después besarlo. Fabricio respondía abrazándola y llenándola de caricias para hacerle saber cuánto le gustaba.
La cocina tenía un pequeño desayunador. A veces él se quedaba sentado allí, relajado y con los brazos cruzados, mientras Micaela se acomodaba entre sus piernas, lo abrazaba fuerte y lo atraía hacia ella. Permanecían así varios minutos, simplemente disfrutando de la cercanía.
Cada vez más convencida de avanzar un paso más, un sábado canceló la salida que tenían planeada. Se quedaron en la casa y fueron a la habitación.
Ella estaba nerviosa y entusiasmada; él, en cambio, parecía extrañamente tranquilo y la observaba con atención.
Micaela comenzó a besarle suavemente la cara hasta que terminaron besándose. En medio de la intimidad, él le preguntó qué quería hacer.
—Besame —susurró ella.
Permanecieron así un largo rato. Después, ella tomó su mano y la guió lentamente, marcándole el ritmo con delicadeza. Fabricio quedó profundamente conmovido por aquellas sensaciones que hacía tantos años no experimentaba; por un instante, sintió que regresaba a su juventud.
Continuaron abrazándose y besándose, dejándose llevar por la confianza y la ternura que habían construido durante tanto tiempo.
El día que Fabricio oficializó su relación con Micaela fue un miércoles por la mañana. Fue hasta una librería para comprar una tarjeta y escribirle unas palabras.
Más tarde visitaron una feria de cosas dulces y, al regresar a casa, él le dijo que finalmente estaba listo.
Entonces le entregó la tarjeta. En ella había escrito:
“Siempre fuimos
novios, pero de mil maneras distintas. Y aun así, todo terminó convirtiéndose en felicidad. Vos merecés todo lo bueno, y yo también.”
Thoughts
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PermalinkHace años no leo un relato de recuperación que se sienta tan honesto. El detalle de las siestas de diez minutos quedó con vos.
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PermalinkDobló las páginas de este sin culpa. El libro se rompía de tan largo pero no podía parar.
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PermalinkLa vida de este tipo se resume en: trabajar solo, perder todo, encontrar a alguien que lo quiera. Es más cierto que la ficción.
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PermalinkLlego tarde pero llegué. Y wow, Fabricio pasó de destrozado a construir algo de verdad con alguien. Eso toca.
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Permalink¿Qué pasó después con la casa y el trabajo junto? ¿Abrieron la pastelería que Micaela soñaba?
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PermalinkMi abuela no dijo nada cuando le conté la mitad, pero cuando terminé me preguntó si Fabricio quedó bien. Así que sí.
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Permalink¿Cuándo supiste que Fabricio iba a poder confiar en alguien de nuevo? ¿Había alguna señal antes de Micaela?
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PermalinkSi pasó las cuarenta páginas sin dudarlo. La historia de Fabricio es de esas que te atrapa desde el inicio y no te suelta.
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