La familia Rotonil se había recién conformado: Don Ratón (el padre), Doña Ratona y sus tres hijitos. Después de tanto andar, se acomodaron en una casa muy calentita. La estufa andaba bien, había un perro al que poco le importaba su presencia y la dueña casi ni estaba; volvía cada tres días.
Cuando la humana se encontraba en la casa, ellos no hacían ni un solo ruido; se quedaban bien guardados en un agujero de madera en el techo. Pero en cuanto ella se iba, bajaban a buscar comida -que encima era fácil de conseguir- e iban y venían a gusto, conectándose con otros roedores del barrio.
Pero un día, la paz se acabó. La dueña, ya sea porque estaba de vacaciones o porque había cambiado de laburo, se puso a revisar todo. En medio de su limpieza, descubrió el escondite y espió. Al ver a uno de los ratoncitos, pegó un grito ensordecedor.
El pánico se apoderó de Don Ratón:
-¡Nos va a tirar veneno, algo hay que hacer, hay que huir! -desesperó.
Trataron de salir corriendo, pero en ese momento apareció la humana con un palo dispuesta a darles con todo. Tiró un golpe certero y le pegó de lleno a Doña Ratona. Un hilo de sangre comenzó a correr por su cabecita. Don Ratón, totalmente acongojado y con el corazón en la boca, vio a la humana completamente sacada, fuera de sí. Sin dudarlo, corrió hacia los suyos y se puso adelante para protegerlos, poniendo el cuerpo para que el palo no tocara a sus hijos.
Cuando todo parecía perdido, una rata bastante fea y asquerosa asomó. Su cara de pilla la delataba: estaba en su salsa. Al ver la situación, se plantó decidida a hacerle piruetas a la humana para distraerla.
-¡Salgan, salgan! ¡Yo la entretengo! -les gritó la rata, ofreciéndoles una vía de escape por otro costado.
De inmediato, la rata empezó a bailar salsa y merengue ahí mismo. La humana, al ver a semejante bicho bailándole en frente, empezó a gritar de puro pavor hasta que, de la impresión y el asco, se desmayó en el piso.
-¡Ja! -dijo la rata-. ¡Soy buenísima bailando!
Mientras tanto, Don Ratón corría con los suyos, enloquecido por la adrenalina del momento:
-¡Esto es re loco, re loco, re looooco! -repetía, todavía impresionado por esa salsa caliente que los había salvado.
Mientras se alejaban, Don Ratón reflexionó con el corazón en la mano:
"Nunca está definido el camino del hogar, porque al final, un hogar no es cualquier lugar".
Caminaron hasta que encontraron un nuevo hueco, bastante cálido y limpio. Allí, Don Ratón le curó las heridas a su mujer, la abrazó fuerte y se acomodaron todos juntos en ese espacio abandonado. Quizás ese sí era su verdadero lugar, donde nadie los iba a echar.
¿Y la rata? Ella plantó bandera en la casa. Mientras se acomodaba en la camita de la humana, tiró un último comentario:
-¡Ja! ¡A mí no me va a sacar nadie!
Y ahí se quedó, dueña y señora del lugar. Si la humana se rescata, quizás convivan... y si no, le tocará llamar a un exterminador. Pero a la rata salsera, de ahí, no la saca nadie tan fácil.