El manuscrito de las tres y cuarto
El aire en el sótano de la biblioteca municipal olía a papel oxidado, humedad y a un silencio denso, casi sólido. Julián acomodó la lámpara de flexo sobre el escritorio de roble, dejando que el haz de luz dorada cortara las penumbras. Su trabajo como restaurador de documentos antiguos exigía paciencia de cirujano y la frialdad de quien convive a diario con el pasado, pero esa noche algo en la atmósfera rechazaba la lógica.
Afuera, la lluvia golpeaba los ventanales altos con una persistencia rítmica, como nudillos impacientes contra el cristal.
Sobre el fieltro verde descansaba un cuaderno del siglo XIX, con cubiertas de cuero agrietado por los siglos. Carecía de nombre de autor y de fecha en la portada. Al abrirlo, el crujido de la encuadernación sonó inesperadamente alto en la solitaria estancia.
Julián deslizó la lupa sobre las primeras líneas. La caligrafía era pulcra, trazada con tinta ferrogalica, pero las palabras escritas no pertenecían al pasado.
“Él enciende la lámpara. El haz de luz corta la penumbra mientras la lluvia insiste al otro lado del cristal. Sabe que no debería estar aquí a estas horas, pero la curiosidad es un veneno lento.”
Un escalofrío involuntario recorrió la nuca de Julián. Se detuvo. Miró a su alrededor: las estanterías infinitas se perdiéndose en la oscuridad, las sombras proyectadas por las vigas de madera, el eco lejano de las tuberías. Nadie más tenía acceso a la planta subterránea a las tres de la mañana.
Volvió a la página, tratando de convencerse de que se trataba de una coincidencia macabra o un juego mental fruto del cansancio. Continuó leyendo.
“Siente el aire frío en la nuca. Ajusta el cuello de su chaqueta gris y mira hacia el fondo del pasillo central, temiendo que la sombra que acecha tras la tercera columna deje de ser solo una sombra.”
Julián se congeló. Llevaba puesta, efectivamente, su chaqueta de lana gris.
Lentamente, sin hacer ruido, levantó la vista del cuaderno. A unos diez metros de distancia, la tercera columna del pasillo central permanecía envuelta en la negrura. Por un segundo, creyó distinguir una silueta sutil, un contorno humano apenas más oscuro que la propia penumbra.
El pulso se le disparó en las sienes. Desplazó la mano hacia el margen inferior del texto para leer la última línea de la página.
“Escucha el sonido de unos pasos lentos que no son los suyos. Deja caer la lupa sobre la mesa.”
En ese preciso instante, un chasquido metálico resonó al fondo del pasillo, seguido por el rasgar ahogado de una suela de cuero contra el suelo de piedra.
Tacon. Tacon. Tacon.
Aterrorizado, los dedos de Julián temblaron y la lupa de aumento se le resbaló de las manos, golpeando la madera con un golpe seco que retumbó en todo el sótano.
Paralizado, dirigió la mirada hacia la página siguiente del diario. Estaba completamente en blanco, salvo por dos palabras escritas al final, con la tinta aún fresca y brillante bajo la luz de la lámpara:
“No te gires.”