Ocurrió durante un descanso al mediodía, bajo la sombra de un desfiladero de piedra roja.
Al buscar un trozo de sílex en el morral de piel endurecida que cargaba a la espalda, sus dedos rozaron un atado de cuero flexible. Era el manto con el que Saya solía cubrirse los hombros durante las madrugadas más frías.
Lo desplegó sin pensar. El aire que había permanecido preso entre los pliegues de la piel escapó lentamente y rozó su rostro.
El hombre se quedó inmóvil.
Cerró los ojos.
Durante un breve instante, el mundo retrocedió. Ella estaba allí. No como un recuerdo distante, sino respirando a la distancia de un aliento.
Entonces abrió los ojos.
Solo quedaban el cuero, el viento y el silencio.
Los Hijos del Miedo