Aupa. Hasta que titila la luz del techo yo pensaba que el ascenso era de trabajo y que ella se mudaba a otra ciudad. Me la has colado.
El ascenso
Le sirvió lo que quedaba en la tetera. Siempre tomaba una taza y media de té de frutos rojos, endulzada con miel. Ella miraba sonriendo cómo sacaba el saquito de té y le acercaba la taza; estas…
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Pensamiento
Aupa. Hasta que titila la luz del techo yo pensaba que el ascenso era de trabajo y que ella se mudaba a otra ciudad. Me la has colado.
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Le sirvió lo que quedaba en la tetera. Siempre tomaba una taza y media de té de frutos rojos, endulzada con miel. Ella miraba sonriendo cómo sacaba el saquito de té y le acercaba la taza; estas pequeñas cosas habían hecho que se enamorara de él. Le tendió la mano y él se la agarró, acariciándole el pulgar con su pulgar. Tomó un sorbo del té, frunciendo el ceño al decir:
—No me quiero ir…
Él se tiró para atrás mirando el reloj de pared, que marcaba las 23:40, y la volvió a mirar retomando el caricia en su mano:
—Tenés que hacerlo, amor. Va a ser bueno para vos. Es un ascenso importante. Yo te alcanzo en un tiempo. Prepará todo y, cuando menos lo esperes, voy a estar ahí. Tampoco es que voy a dejar de amarte porque estemos un tiempo separados. Te va a hacer bien extrañarme un tiempo…
23:45. Él empezaba a preocuparse.
Ella soltó su mano con brusquedad al tiempo que le reprochaba:
—Parece que querés que me vaya…
La luz del techo titiló un par de veces. Él la miró y miró el reloj otra vez:
—No seas así. Solo quiero lo mejor para vos y este ascenso lo es… —23:55—. Mirá, lo que vivimos juntos no se va a terminar ni mi amor por vos va a cambiar porque estemos distanciados un tiempo. Es fuerte y siempre lo fue… Te amo…
—Te amo —le dijo ella poniendo trompita para que él la besara. Él dudó un segundo y la besó. Al sentir su perfume, los ojos se le llenaron de lágrimas.
—Andá… yo te alcanzo ni bien pueda. —23:57.
—Está bien… me voy… ¡Te amo!
La luz del techo volvió a titilar. Se volvió un haz de luz, envolviéndola. Miró para arriba y se empezó a elevar. Atravesó el techo y la luz desapareció. Él la había seguido con la mirada; cuando la bajó, otra mujer estaba en la silla, con los ojos cerrados y un rictus de concentración… Luego de unos segundos, abrió los ojos y sonrió.
—Ya está en otro plano, salvamos su alma.
Él amagó a sacar su billetera.
—Perdone por el beso… no quería que se enojara, como el año pasado.
Pero la pitonisa, María Malverde, le hizo un gesto negativo:
—Deposítelo en la cuenta de la fundación que le pasé… Y estuvo bien. No era yo… era su mujer.
—23:59… Ya termina el Día de los Muertos.- dijo él autoconvenciendose .
—Sí, justo. Si no, era un año más para intentar su ascenso, y cuanto más tarde, más difícil hubiera sido.
Él la acompañó a la puerta; un auto negro la esperaba. Subió dedicándole una última mirada antes de que el auto arrancara. Luego él entró, cerrando la puerta y apoyando la espalda en ella.
Y lloró. Por primera vez desde la muerte de su mujer, hace tres años, nunca sintió su casa tan fría y vacía.
Thoughts
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PermalinkMe dolió que él le pida perdón a la señora por el beso. Tres años sin ella y todavía cuida que su mujer no se enoje.
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PermalinkUf. Qué final.
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PermalinkOye, qué bonito que ella ponga trompita para el beso y él dude un segundo. Ese segundo de duda ya lo cuenta todo.
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PermalinkEn la vuelta tengo una casa donde vive un viudo que cada noviembre pone dos tazas en la mesa del fondo, se ve desde el portón. Nunca le pregunté para quién es la segunda, y después de leer esto me parece que ya sé. ¿El té de frutos rojos con miel lo sacaste de alguien que conociste?
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PermalinkNo manches, las horas metidas entre la despedida me tenían más nervioso a mí que a él. Leí la última mitad casi sin respirar.
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PermalinkEl pulgar acariciando el pulgar la hace real justo hasta que deja de serlo. Apuesto a que era un gesto de la mujer de verdad y él lo reconoció en otra mano.
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PermalinkDepositar en la cuenta de la fundación. Hasta para subir al otro plano hay que pasar por caja, eh.
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PermalinkQue él le pida perdón a la pitonisa por el beso me hizo pensar en lo raro que es despedirse de alguien a través de otra persona, con otra cara delante y el perfume de siempre. Apuesto a que el año que viene él va a mirar el reloj a las 11:40 aunque ya no haya nadie en la silla. Gracias por subirlo!
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PermalinkAupa. Hasta que titila la luz del techo yo pensaba que el ascenso era de trabajo y que ella se mudaba a otra ciudad. Me la has colado.
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