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El amor que llega después

fperrone
Pensamiento

Pensamiento

Anaisabel

El amor nuevo asusta más que la soledad porque la soledad ya la conocemos, y ahí me diste de lleno. Yo aprendí a cenar sola mucho antes de quedarme sola, porque lo que tenía no cabía en una mesa a la vista, y ahora el silencio de casa me resulta más cómod

El amor nuevo asusta más que la soledad porque la soledad ya la conocemos, y ahí me diste de lleno. Yo aprendí a cenar sola mucho antes de quedarme sola, porque lo que tenía no cabía en una mesa a la vista, y ahora el silencio de casa me resulta más cómodo que cualquier plan. Lo que no sé todavía es si eso es paz o si simplemente dejé de buscar, como dices al principio. Sospecho que quien escribió esto sí lo sabe.

Contenido de la publicación

Hay un momento en la vida en el que uno deja de buscar.

No porque haya dejado de creer completamente en el amor, sino porque empieza a encontrarle cierto encanto a la tranquilidad. Después de tantas historias, de tantos comienzos que terminaron en despedidas, de tantas promesas que se fueron desarmando con el tiempo, uno aprende a vivir solo. Y descubre, casi sin darse cuenta, que la soledad también puede ser un lugar hermoso cuando deja de sentirse como una condena.

Uno aprende a cenar para uno, a dormir abrazado a la almohada sin esperar otro cuerpo al lado, a llegar a casa y encontrar silencio sin sentir que falta alguien. Aprende a no mirar el teléfono esperando un mensaje y a no construir futuros con personas que apenas están aprendiendo a quedarse.

Y entonces empieza a pensar que quizá está bien así.

Que quizá el amor fue algo de otra época.

Que ya amó suficiente.

Que ya entregó demasiado.

Que ya lloró demasiadas noches por personas que no supieron cuidar lo que uno les estaba entregando.

Hasta que aparece alguien.

Y ahí ocurre algo extraño.

Porque ese amor no llega para devolverte la paz.

Llega para quitártela un poquito.

Te desordena las costumbres, te cambia los horarios, te devuelve esas ganas de contarle a alguien cómo estuvo tu día. Hace que vuelvas a mirar el teléfono con una sonrisa, que una canción tenga nombre y apellido, que una simple conversación pueda quedarse dando vueltas en tu cabeza durante horas.

Y junto con todo eso, también vuelven los miedos.

Porque uno ya no ama como cuando era joven.

Ama con memoria.

Ama con cicatrices.

Ama recordando cada vez que alguien dijo “para siempre” y terminó yéndose. Cada vez que confió y tuvo que aprender a desconfiar. Cada lágrima que alguna vez cayó sobre una almohada y cada parte del corazón que tuvo que recoger después.

Por eso el amor, cuando llega después de tantas heridas, puede asustar más que cualquier soledad.

Porque la soledad ya la conocemos.

El amor nuevo, en cambio, vuelve a poner todo en juego.

Y quizá ahí esté una de las formas más valientes de amar: en saber que podría volver a doler y, aun así, abrir la puerta.

Porque el primer amor siempre tendrá un lugar que nadie podrá ocupar.

El primero es el que nos enseña a temblar por alguien. El que nos hace descubrir que existe una manera distinta de mirar el mundo cuando tenemos a una persona esperándonos. El que queda escondido en algún rincón de la memoria, aunque los años pasen y la vida nos lleve por otros caminos.

Pero no todo lo primero está destinado a ser lo último.

A veces el primer amor es un puente.

A veces es un barco.

A veces es simplemente el camino que necesitábamos recorrer para aprender qué queríamos, qué no queríamos y cuánto éramos capaces de dar.

Y quizás, sin saberlo, cada amor que nos rompió también nos estaba acercando.

No a una persona perfecta.

Sino a una persona posible.

A alguien que no llegara para salvarnos de la soledad, porque para entonces ya habríamos aprendido a salvarnos solos.

Alguien que llegara y dijera, sin necesidad de prometer demasiado:

“Si querés, esta vez caminamos juntos.”

Y entonces aparece el famoso hilo rojo.

No sé si existe.

Quizá sea destino.

Quizá casualidad.

Quizá simplemente dos personas que se encuentran en el momento exacto después de haber pasado por todo lo que tenían que pasar.

Pero me gusta pensar que existe.

Que hay personas que la vida guarda para nosotros y que, por más vueltas que demos, por más años que pasen, por más veces que pensemos que ya no vamos a volver a enamorarnos, terminan apareciendo.

Y cuando aparecen, después de tantas heridas, sucede algo tan simple como enorme.

Volvemos a creer.

Como cuando arrancamos los pétalos de una margarita preguntando si nos quieren o no, después de tantas veces llegamos al último pétalo casi sin animarnos a tocarlo.

Y entonces lo arrancamos.

Y dice:

“Me quiere.”

Y por dentro hace ruido.

Porque uno ya no sabe muy bien qué hacer cuando alguien nos quiere de verdad.

Después de acostumbrarnos a que nos dejen, también tenemos que aprender a que se queden.

Después de acostumbrarnos a perder, tenemos que aprender a recibir.

Y quizá esa sea la parte más difícil.

No encontrar el amor.

Sino permitirnos creer que esta vez puede ser diferente.

Que no todas las manos que nos acaricien van a soltarnos.

Que no todos los abrazos son una despedida esperando suceder.

Que todavía puede existir alguien con quien no tengamos que preguntarnos cuánto va a durar.

Alguien con quien simplemente podamos vivir.

Y me gusta imaginar ese amor muchos años después.

Cuando ya no importe quién llegó primero.

Cuando las primeras historias sean apenas fotografías guardadas en algún cajón.

Cuando el pelo tenga canas y la vida haya dejado algunas arrugas alrededor de los ojos.

Imagino a dos personas sentadas juntas, quizá tomando un café, discutiendo por alguna tontería, riéndose de cosas que solamente ellos entienden.

Y uno mira al otro.

Y piensa:

“Al final eras vos.”

No el primero.

No el más perfecto.

No el que llegó cuando todavía creíamos que amar era suficiente.

Vos.

El que llegó cuando ya sabíamos lo difícil que era querer a alguien.

El que conoció nuestras heridas y no intentó esconderlas.

El que entendió nuestros silencios.

El que se quedó incluso después de conocer nuestras partes más difíciles.

El que estuvo cuando la vida fue hermosa y cuando fue una mierda.

El que envejeció a nuestro lado.

El que convirtió una casa en hogar.

El que hizo que aquella soledad que alguna vez parecía definitiva volviera a sentirse demasiado grande para una sola persona.

Y entonces quizás entendamos algo.

Que el amor de nuestra vida no siempre es el primero que nos hace sentir mariposas.

A veces es el último.

El que llega cuando ya no esperábamos nada.

El que aparece cuando habíamos hecho las paces con nuestra soledad.

El que no viene a completarnos porque ya aprendimos que no estamos incompletos.

Viene a acompañarnos.

A elegirnos.

A caminar con nosotros.

A quedarse.

Y tal vez, cuando llegue el final de todo, cuando la vida ya haya pasado y no quede ninguna historia por escribir, podamos apretar esa mano una última vez.

Mirarnos.

Y saber que entre millones de personas, entre tantos caminos posibles, entre todos los amores que llegaron y se fueron, tuvimos la suerte de encontrar aquel con el que queríamos quedarnos.

Y quizás ahí entendamos que nunca estuvimos esperando al amor.

Estábamos esperando a esa persona.

A la que tenía nuestro hilo rojo atado en algún lugar invisible.

A la que todavía no conocíamos cuando creíamos que ya habíamos amado todo lo que podíamos amar.

A la que llegó después de las lágrimas.

Después de las decepciones.

Después de aprender a estar solos.

Y que, sin prometernos una vida perfecta, consiguió algo mucho más difícil:

que volviéramos a creer en una vida compartida.

Porque quizás el amor verdadero no sea el que llega primero.

Ni siquiera el que más nos hace sufrir.

Quizás sea simplemente ese que, después de todo lo que vivimos, nos encuentra cansados, llenos de cicatrices y un poco desconfiados…

y aun así consigue que volvamos a abrir el corazón.

Para decir, algún día, con una sonrisa y los ojos llenos de lágrimas:

“Tardaste tanto en llegar… pero qué suerte que llegaste.”

Thoughts

  • PilarEscudero

    La escena del café con canas, discutiendo por una tontería, es la que más me creo de todo el texto. Llevo casi treinta años con la misma persona y esas discusiones tontas son la mitad de lo que tenemos; la otra mitad es lo que ninguno de los dos dice en voz alta. Lo que no me cuadra es que llegue alguien cuando ya hiciste las paces con estar sola: yo me casé antes de saber lo que era cenar para una. Y ese 'al final eras vos' lo he pensado más de una vez, no siempre con ternura.

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  • Anaisabel

    El amor nuevo asusta más que la soledad porque la soledad ya la conocemos, y ahí me diste de lleno. Yo aprendí a cenar sola mucho antes de quedarme sola, porque lo que tenía no cabía en una mesa a la vista, y ahora el silencio de casa me resulta más cómodo que cualquier plan. Lo que no sé todavía es si eso es paz o si simplemente dejé de buscar, como dices al principio. Sospecho que quien escribió esto sí lo sabe.

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  • veronikita

    Al final eras vos. Uf.

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  • pesomuerto

    El hilo rojo qué va, pero aprender a recibir sí. A mí todavía me pilla mirando la etiqueta cuando me dan algo, en serio.

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  • mreyes84

    Que llegue a quitarte la paz un poquito y no a traértela es lo único que me convence del hilo rojo. La paz, cuando llevas años con alguien, se parece mucho a una agenda que funciona.

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  • Nicanor

    Vaya tela con lo de tardaste tanto en llegar. ¿Eso te pasó de verdad? Suena a alguien que ya se lo dijo a una persona concreta.

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  • hojaSuelta

    Aprender a que se queden, después de tanto aprender a que se vayan. Esa parte me la llevo, oye, la leí de madrugada y todavía la sigo pensando.

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  • Ovid

    Me quedo con la margarita: llegar al ultimo petalo sin animarse a tocarlo y que diga me quiere. Me hizo pensar que casi todo el texto va de eso, de la parte de recibir, que es la que nadie entrena. Apuesto a que esto lo escribiste con alguien concreto en la cabeza y no como idea general. Gracias por traerlo @fperrone!

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  • relatoBreve

    Me agarró en la parte de la margarita y el último pétalo, che. Una ya arranca pétalos con desconfianza, jajaja.

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