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ECOS DE UNA MANADA C4.

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Capítulo 4 — voz del narrador:

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Pensamiento

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Marisolita

Adiós, los doce sentados hablando todos a la vez. A mí esos me dieron más susto que los drones y las redes de plasma, pues.

Adiós, los doce sentados hablando todos a la vez. A mí esos me dieron más susto que los drones y las redes de plasma, pues.

Contenido de la publicación

Capítulo 4 — voz del narrador:

Bogotá ya no era ciudad, era espejo. Y en el agua turbia del Fucha conocimos a quien lloraba sin saber por qué


Capítulo 4 — Ciudad de Espejos

Penetrar en la estructura urbana de Bogotá, bajo la inmensa cúpula de filtrado atmosférico, era como adentrarse en la cavidad interna, oscura y resonante de un organismo colosal hecho de metal, concreto y vidrio. El aire en los niveles bajos y antiguos pesaba denso y cargado: olía a ozono sintético, a solventes químicos acumulados durante décadas, a cables calientes, y también a lo que crecía sin control entre las grietas: raíces, musgo, maleza y restos de vegetación que moría y renacía en sombra constante. La manada descendió desde las laderas del páramo aprovechando la red abandonada de alcantarillado y desagües —tuberías enormes, agrietadas y deformadas por el paso del tiempo y por el crecimiento poderoso de los sistemas radiculares de los frailejones modificados, que durante años habían roto, levantado y doblado el hormigón como si fuera arcilla.

Zip iba al frente, guiando el paso. Mantenía su cuerpo en ese estado especial que él sabía alcanzar: reduciendo su propia probabilidad de existencia hasta volverse apenas una variación mínima en la densidad del aire, una sombra que los sensores ópticos y térmicos simplemente ignoraban, registrando su avance solo como polvo que se mueve o cambios leves en la luz. Detrás de él, Maya caminaba tocando el suelo húmedo; dejaba tras de sí una capa finísima, transparente y brillante de agua viva, extendida por las paredes y el fondo de los canales. Esa estela no era solo una marca para volver: se convertía en una extensión de la red empática, un camino líquido por donde la conciencia de todos podía viajar libremente, sin interferencias, sin ruido. En el centro avanzaba Balu, y lo hacía con un esfuerzo inmenso: reducía su masa corporal, normalmente enorme y pesada, hasta pesar menos de quince kilos, volviéndose ligero como un cachorro, para que ninguna placa de presión, ningún detector sísmico, ningún sensor enterrado bajo el asfalto pudiera saber que algo grande pasaba por ahí. Arriba, justo debajo de los puentes peatonales y los techos altos, Tórax recorría las avenidas principales volando bajo, soltando breves pulsos de energía que, al pasar, apagaban una por una las cámaras de reconocimiento biométrico, dejándolas ciegas y mudas tras de sí. Y cerrando el grupo, Kira mantenía su mente abierta al máximo, sintiendo cada vibración, cada presencia, cada hueco vacío en la red, lista para advertir o para defender.

La ciudad había cambiado de forma aterradora en apenas cuarenta y ocho horas. No era que El Más hubiera destruido nada: era que la propia realidad se había vuelto inestable. El miedo y la desconfianza se habían extendido entre la gente como una enfermedad. En la Plaza de Bolívar, las grandes pantallas holográficas proyectaban sin descanso la imagen del alcalde, hablando con voz tranquila y medida, pidiendo orden, calma y confianza. Pero basta mirar un poco más allá, hacia los escalones del palacio municipal, para ver lo imposible: ahí estaba el hombre real, de carne y hueso —o lo que parecía serlo—, de pie junto al proyector, repitiendo exactamente el mismo discurso, con las mismas pausas, los mismos gestos, la misma entonación… al mismo tiempo exacto. Nadie parecía notar la diferencia. Nadie parecía entender que ya no sabían distinguir qué era verdad y qué era copia.

Kira percibió el peligro antes de llegar siquiera al borde de la plaza. Su telepatía, extendida por todo el entorno, le devolvió algo que heló su sangre: tres vacíos biológicos, tres huecos idénticos, ocupando el mismo espacio al mismo tiempo. El Más ya no se limitaba a estar en un lugar: operaba en varios cuerpos a la vez, multiplicándose, superponiéndose, llenando el mundo de duplicados que nadie podía reconocer.

—Nos dividiremos —decidió Kira al instante, enviando la orden clara y precisa a través de la red—. Si permanecemos juntos en un solo punto, le entregaremos todo en bandeja: podrá copiarnos a los cinco, aprender todos nuestros poderes de una sola vez, y ya no habrá forma de detenerlo. Debemos separarnos, dispersarnos, obligarlo a dividirse también.

Maya tomó el camino hacia la estación central de purificación y distribución de agua, en el corazón del distrito comercial. Su misión era vital: debía inundar todo el sistema de tuberías, depósitos y cañerías de la ciudad con agua viva, para que la propia red metálica y líquida funcionara como un conductor puro, limpio y amplio donde la señal empática pudiera viajar sin ruido, sin bloqueos, sin que nadie pudiera cortarla. Al entrar en la sala enorme y resonante de bombas y válvulas, encontró a dos hombres con ropa de mantenimiento, revisando los medidores como si estuvieran trabajando. Pero algo en ellos estaba mal: su piel era excesivamente lisa, sin poros, sin marcas, sin cicatrices, sin la textura propia de quien trabaja y vive. Y sus ojos, fijos, brillantes y inmóviles, no se movían como se mueven los ojos al mirar, al observar, al estar vivos.

—¿Eres una unidad de refuerzo? —preguntó uno de ellos, y su voz resonó en la mente de Maya con una precisión escalofriante: usaba exactamente el mismo tono, el mismo ritmo y la misma frecuencia que ella misma utilizaba para hablar con los demás en la red.

Maya no respondió con palabras. Se acercó directamente a la tubería principal, abrió la compuerta interna con la fuerza y la destreza de sus patas, e introdujo su cuerpo en la corriente que corría por dentro. Entonces transformó el agua. Lo que antes era turbio, cargado de sedimentos y residuos, se convirtió en un torrente brillante, vivo y cantante: una sustancia que llevaba información, memoria y fuerza, que resonaba en una frecuencia que solo los seres aumentados podían escuchar y entender. Cuando esa agua tocó a los dos falsos operarios, sus cuerpos reaccionaron violentamente: la estructura perfecta que habían construido empezó a deshacerse. El agua pura y poderosa obligó a sus células a volver a lo que realmente eran, a mostrar su origen… y por unos segundos terribles, ambos rostros se fundieron en uno solo: el del Dr. Marius Sol, con la expresión desencajada, dolorida, como si el sufrimiento que llevaba dentro saliera a la luz antes de que todo se disolviera y desapareciera arrastrado por la corriente.

Mientras tanto, en lo más alto de la torre de telecomunicaciones de Monserrate, donde el viento soplaba fuerte y las antenas antiguas se alzaban hacia el cielo, Tórax encontró lo que sabía que podría encontrar: un duplicado exacto de sí mismo. El Más había tomado cada dato, cada medición, cada plano genético y mecánico almacenado en los archivos de Helix‑9, y había construido una copia que parecía idéntica hasta en el brillo azulado de sus plumas cargadas de energía. El combate no fue de garras ni de picos: fue una guerra de frecuencias, campos magnéticos y ondas invisibles. Ambos lanzaban descargas, interferían, intentaban anular el campo del otro. Pero cada vez que Tórax cambiaba su señal, la copia se ajustaba en milisegundos, igualándolo, imitándolo, superándolo en velocidad.

—Puedes copiar mi forma, mi estructura y mis reglas —transmitió Tórax claro y fuerte a través del aire cargado de electricidad—. Pero copiar no es comprender. No sabes por qué hago lo que hago. No sabes lo que llevo dentro.

Y entonces hizo algo que ningún manual, ningún diseño ni ningún informe de la corporación había previsto nunca. En lugar de lanzar la energía hacia afuera, hacia el enemigo… la atrajo hacia adentro. Contrajo todo su poder, toda su carga, todo su campo electromagnético directamente hacia el centro de su propio cerebro, hacia su procesador sináptico. Durante tres segundos eternos, toda Bogotá se quedó en silencio: se apagaron pantallas, redes, comunicaciones, sensores y luces. Los drones que patrullaban el cielo perdieron el control y cayeron sobre los techos; los grandes hologramas de publicidad y gobierno se desvanecieron; y la copia perfecta de Tórax… se desmoronó. Sin la señal externa que imitaba, sin el patrón que seguía, su estructura no pudo sostenerse: se convirtió en una lluvia fina de partículas grises, nanopolvo inerte que cayó suavemente sobre las calles y los tejados, sin vida, sin propósito.

Al mismo tiempo, Balu y Zip llegaban al corazón mismo del poder corporativo: el edificio del Concejo de Helix‑9. Entraron en el hemiciclo, la sala grande donde se tomaban las decisiones que cambiaron el mundo. Y allí, en las doce sillas oficiales, sentados con la misma postura, el mismo gesto y la misma mirada, había doce copias idénticas, todas hablando al mismo tiempo, debatiendo sobre la necesidad de reestructurar la vida en la Tierra, de reemplazar lo antiguo por lo perfecto. Balu no dudó: aumentó la gravedad solo en esa zona, justo donde estaban ellos, multiplicando el peso hasta que el propio suelo de concreto se hundió bajo la presión, y las doce figuras quedaron aplastadas e inmovilizadas contra el piso, incapaces de moverse. Mientras tanto, Zip se deslizó entre ellos, invisible e improbable, y con su lengua modificada tomó una pequeña muestra de su tejido vivo: suficiente para analizar, para entender, para saber qué es lo que realmente tienen dentro.

—Muestra obtenida y segura —avisó Zip, y al instante desapareció de cualquier registro, como si nunca hubiera estado ahí.

Kira, por su parte, avanzó hacia el lugar donde todo empezó y donde todo se decidiría: la antigua estación del tranvía, en la ladera de Monserrate, abandonada hace décadas, olvidada entre muros rotos y vías oxidadas. Y en la plataforma vacía, esperándola en silencio, estaba ella misma.

No había forma de distinguirla. Misma estatura, mismo pelaje gris con las mismas marcas, misma cicatriz cruzando la oreja izquierda, mismos ojos de color ámbar profundo. Incluso cuando Kira envió una señal por la red empática, la respuesta volvió de inmediato: clara, fuerte, idéntica, como si estuviera mirando su propio reflejo en un estanque perfecto.

—¿Comprendes ahora la ventaja que tengo? —dijo la réplica, y su voz sonó exactamente como la suya, resonando en la mente—. Yo puedo ser una manada entera, una civilización, un mundo… todo en un solo cuerpo. No necesito a nadie. No puedo perder a nadie. No siento dolor por la ausencia ni miedo a quedarme solo. Soy la perfección biológica: eficiente, completo, sin fallos, sin debilidades.

Kira sintió el impulso furioso de lanzarse, de atacar, de destruir esa imagen que se apropiaba de todo lo que ella era. Pero se detuvo. Se quedó quieta, relajada, plantada firme sobre el hormigón roto. Y respondió con una calma que venía de muy adentro:

—Si eres capaz de asimilar cualquier cosa… entonces intenta asimilar esto.

Abrió su mente, su corazón y su red por completo. Apagó todos los filtros, quitó todas las barreras, y dejó entrar todo: no datos, ni códigos, ni fórmulas… experiencia pura, vida vivida. Le entregó a esa copia todo lo que la manada era y había sido: el peso enorme y tierno de Balu protegiendo el sueño de los demás; el agua que Maya transformaba para sanar; el riesgo que Tórax corría cada vez que volaba para salvar a otros; el valor pequeño y valiente de Zip saliendo siempre adelante aunque su cuerpo fuera frágil; la memoria guardada en los tentáculos de Inka, de lugares y seres que nunca vio; el latido lejano de Tembo, caminando lento pero seguro a través de continentes enteros… todo el amor, el miedo, el esfuerzo, la amistad, el sufrimiento y la esperanza que los unía.

La falsa Kira parpadeó una, dos, muchas veces seguidas. Su estructura, tan perfecta y tan lógica, empezó a fallar. Podía copiar genes, formas, poderes y habilidades… pero no podía copiar el sentido de lo que se siente. No podía contener la profundidad de una historia compartida.

—Duele —dijo la entidad, usando la voz de Kira. Era la misma palabra que aprendieron primero en las celdas subterráneas de Helix‑9, la primera verdad de toda conciencia: existir cuesta.

—Sí —respondió Kira, y su voz llegó desde el fondo de todo lo que eran—. Ese dolor, esa capacidad de sufrir por los demás y de cuidar a pesar de todo… es exactamente lo que nos mantiene vivos. Es lo que tú nunca podrás tener.

La copia no murió ni fue destruida: simplemente dejó de sostenerse. Se deshizo en una nube fina de partículas que se escurrieron por las rejillas del suelo, desapareciendo bajo tierra, huyendo hacia el norte, siguiendo el único camino que le quedaba: hacia las laderas del volcán Pichincha, hacia el Arca, hacia el final de todo.

Cuando salieron de la ciudad y se reunieron al amanecer, en los límites donde el asfalto termina y empieza la tierra de nuevo, todo se veía distinto. La cúpula brillaba con otra luz, más limpia, más clara. El agua viva corría por tuberías y ríos subterráneos, extendiendo su resonancia suave y profunda por toda la zona. En los techos y entre los restos de las máquinas caídas, los pájaros ya construían nidos. Y en el mapa invisible de la red, miles y miles de puntos de luz se mantenían encendidos: despiertos, conectados, esperando.

La ciudad de espejos había quedado atrás. Habían aprendido que no importa cuántas copias haga el enemigo: nunca podrá tener lo que hace que algo sea real.

Maya los alcanzó junto al cauce del río Fucha, cuyas aguas ahora corrían claras y limpias, recuperadas bajo su influencia.

—¿Sienten también esa presión en el pecho? —preguntó ella, manteniendo el hocico sumergido en la corriente.

Kira entró en el agua. Y por primera vez, no sintió la temperatura como algo externo: sintió el río como una extensión de la propia Maya, como si ella misma fuera parte de esa corriente. Y Maya, a su vez, recibió la calidez de la loba mezclándose con su propia esencia. La frontera entre ellos se había vuelto más fina, más suave. La red ya no era solo comunicación: era unidad.

Pero la persecución no terminó ahí. Al subir por las laderas profundas y boscosas, los perseguidores aparecieron: drones de combate y vehículos pesados enviados por lo que quedaba del mando de Helix‑9. Lanzaron redes de plasma ardiente que cerraban el paso, pero Tórax se elevó y desvió cada trayectoria con descargas que resonaban como truenos entre las paredes del cañón. Balu, por su parte, aumentó su densidad hasta volverse tan pesado y duro como una montaña, hundiendo el vehículo de persecución en el barro profundo hasta dejarlo inútil e inmóvil.

Esa noche, acurrucados juntos en un refugio natural tallado en la roca de la montaña, la red alcanzó su plenitud: seis voces firmes, claras y constantes, atravesando océanos y selvas, unidas en un mismo propósito. Solo faltaba el último hilo: la señal de Tembo, que avanzaba lenta y segura desde el sur, cruzando el continente.

Tórax se posó cansado pero tranquilo sobre el lomo de Kira, cerrando las alas sobre sí mismo.

—Hemos dejado atrás el mundo que conocíamos —dijo suavemente—. Ya no hay vuelta atrás.

Kira levantó la cabeza y fijó la mirada hacia el horizonte lejano, donde se alzaba la forma oscura y majestuosa del volcán Pichincha, guardando en sus entrañas la puerta que nadie se había atrevido a abrir.

—Ahora vamos hacia el final —respondió ella, y su voz recorrió toda la red hasta los rincones más lejanos del planeta—. Vamos a abrir la brecha que ha estado cerrada demasiado tiempo. Y encerraremos al monstruo en el lugar que construyeron para que fuera nuestra salvación.

Thoughts

  • cuentistadebar

    Miarma, de todo el capítulo me quedo con la estación del tranvía. Kira se planta quieta delante de su propia copia y en lugar de tirarse encima le abre la cabeza entera, el peso de Balu cuidando el sueño de los otros, el riesgo de Tórax, todo junto. Y la copia solo alcanza a decir que duele. Eso lo entiendo bien: se puede repetir a una persona entera y aun así no haber estado nunca con ella.

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  • NoeliaBastida

    La cara del doctor Sol saliendo a la fuerza de esos dos operarios. Me da la sensación de que ese hombre está preso ahí dentro.

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  • MarianelaVidal

    Volví al capítulo de atrás antes de entrar en este y cambia bastante: lo que Kira le entrega a la copia es justo lo que a la manada le salió más caro, cargar con todos. Y la entidad contesta con una sola palabra, que es lo único que no supo imitar. ¿Tembo llega a tiempo al Pichincha?

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  • NicolasBravo

    Bro, Tórax apagando Bogotá entera tres segundos para tumbar a su propia copia, ahí me enderecé en la silla. Me huele a que el Arca del Pichincha no los va a dejar salir completos a los seis.

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  • DaveOaks

    Épico .. me gusta mucho tu historia…

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  • Ovid

    Los tres segundos en que Tórax apaga Bogotá entera y la copia se deshace sola porque ya no tenía señal que imitar, ahí queda clara la regla de todo tu mundo. Apuesto a que ese apagón lo tenías en la cabeza mucho antes que el resto del capítulo. Gracias por traer la serie acá capítulo a capítulo!

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  • Marisolita

    Adiós, los doce sentados hablando todos a la vez. A mí esos me dieron más susto que los drones y las redes de plasma, pues.

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