Mis pasos resonaban en aquel pasillo secreto de la vieja mansión, la luz de la luna visible al final, al cruzar el umbral, una escena que hizo estremecer mi corazón; aquel jardín, antaño hermoso y tan lleno de vida, ahora marchito, despojado de sus colores.
Imágenes resurgieron en mi mente, y fue como echar sal a la herida; dos figuras caminando en aquel lugar tan verde, eran felices, tomados de la mano.
Me acerque al estanque, sus aguas tranquilas dejando ver mi reflejo, como un espejo roto, pero el roto era yo.
Aquel nombre prohibido, y su hermosa voz, con la que me manipuló como su marioneta: “Prometeme que nos volveremos a ver en este lugar, algún día”.
¿Cual fue mi respuesta?
“En la próxima luna de sangre será, yo estaré aquí”
Esa misma tarde, el ultimo tren partió, fui a despedirla, y cual fue mi sorpresa, dentro del tren, aquella mujer reía, en brazos de otro hombre, se me helaron los huesos. Sus risas, sonaban como, burlas.
Al regresar a la realidad, miré mi reloj de bolsillo, ya era media noche, la luna se tornó roja y el eclipse comenzó, mi ojo derecho, brillando tan rojo como la sangre.
—Amada mía, yo cumplí mi promesa, pero tu deshonraste la tuya— Una rosa, roja como la sangre dejé sobre aquella banca, una carta que quizá, nadie nunca leería.
Caminé hacia el pasillo, mis pasos resonando, mi corazón en calma, ya había despedido a los muertos y enterrado el pasado.