La desidia, indagación bíblica, el visceral desinterés espiritual amenazan a mis días.
Los templos sangrados se aprecian repletos de la raza humana arrepentida; me pregunto tan constante: ¿qué hago un domingo al amanecer escribiendo y no adorando?
Mañanas frías en que me levanto a gatas, al ambidiestro del catre sudo y sufro una locura y no prudente desmotivación.
Entro al tornado de recuerdos y lamentos nunca antes desahogados, y la música me abre secretos de la realidad que me rodea.
Mis pies se mueven uno detrás del otro como un muerto que aún vive, como cargando un bulto blanco y relleno de marmolina.
Un peso en mi espalda similar a cargar a toda mi familia junta; el mejor ejemplo quedó atrás sosteniéndose del legalismo, y el hombre con su falsa libertad esclavo del liberalismo.
Camino en la cuerda floja de la santidad, sin caer en ningún error que perjudique mi vida, amor y propósito; al menos trato.
La desidia espiritual y el visceral desinterés al estudio de las letras sangradas, santas y perfectas.
Carezco de todo, y gracias a lo que carezco aprecio de lo que soy propietario; disidente de nada, solo creo en la cruz y defiendo mi fe cristiana, aunque no soy el mejor ejemplo de un discípulo.
La condenante desidia que Dios quiere destruir, la visceral indisciplina y la milagrosa biblia.
— Jorge Guzmán