Desde lo alto de un campanario, un cuervo solitario observaba a una figura vieja caminar por las polvorientas calles de aquel lúgubre pueblo.
A lo lejos una luz naranja, aquel antiguo volcán había despertado.
—¿Por qué tan solo, Nikolas?
—¿Quién ha dicho eso?
—Todavía lo preguntas, ¿no se supone que ya llevas mucho tiempo esperando este encuentro?
—Muerte, así que finalmente viniste por mí— El anciano alzó la cabeza hacia donde escuchó la voz, sus ojos blancos, desprovistos de toda luz.
El cuervo bajó del campanario, su figura transformándose, pasó a ser una sombra alta, con una máscara de porcelana por rostro; la figura barajaba cartas con ambas manos.
—Has sufrido bastante, Nikolas; ven, caminemos un rato.
La figura avanzó por el pueblo vacío, el anciano caminando a su lado; la figura sacó una carta.
—Veamos que hay ahí.
En la carta, el dibujo se movía como por arte de magia, en él se veía una figura solitaria, nadie lo notaba, nadie lo quería cerca, a nadie le importaba.
—Qué vida tan miserable te ha tocado, Nikolas…
—¿Qué dice?
La figura guardó silencio. Por primera vez, dejó de barajar las cartas.
—Feliz cumpleaños, Nikolas.
El anciano se detuvo. Durante toda su vida, nadie había pronunciado aquellas palabras para él. Sintió que algo le apretaba la garganta y sus ojos se humedecian.
—Gracias… Yo… Nunca nadie…
—Lo sé —respondió la Muerte—. Nadie te había felicitado antes.
Ambos entraron a una escuela de arte, los habitantes del pueblo habían salido tan a prisa que no tuvieron tiempo de llevarse todos los lienzos.
—Este lugar huele a pintura, ¿estamos en la escuela de arte?
—Eso es correcto.
—Pero, yo no puedo ver…
—No te preocupes por eso, yo seré tus ojos esta vez.
Caminaron hacia un cuadro.
—Lo que hay frente a ti, es la pintura de un paisaje, un bosque exuberante, a lo lejos una cadena de montañas, la iluminación es cálida, y los pájaros vuelan en bandadas.
El anciano sonrió a la muerte. Anduvieron por todo el lugar, la parca describiendo cada pintura.
Pero a lo lejos una explosión, el volcán había hecho erupción.
—Tu tiempo aquí se ha acabado, vayámonos, tu tren te está esperando, un tren sin retorno hacia el paraíso.
Se dirigieron a la salida y al cruzar el umbral. El viento caliente del volcán desapareció y, bajo sus pies, las calles polvorientas dieron paso al suelo de piedra de una estación
Nikolas soltó su bastón. Su cuerpo temblaba. Ante él, sus manos eran visibles de nuevo.
Un hombre hacia sonar unas monedas de oro.
—¡Todos a bordo!—Gritaba
—Nikolas, recuerda qué día es hoy.
—Mi cumpleaños…
—Exacto, te esperan del otro lado para celebrar contigo.