La primera vez solo fue curiosidad,
una piedrita que brillaba en la mesa,
y Cristina me sonrió por primera vez.
Me prometió que el mundo dejaría de doler,
que con ella sería fuerte, invencible,
que el vacío se llenaría de luz y calor.
Ahora vivo pendiente de su llamada,
mis manos tiemblan si no la tengo cerca,
mi cabeza grita su nombre en silencio.
Cristina me abraza cuando nadie más lo hace,
me sube tan alto que toco el cielo roto,
y luego me deja caer desde más lejos.
Me robó las noches, me robó los días,
me cambió la cara, me adelgazó el alma,
y convirtió mis venas en caminos suyos.
Ya no recuerdo quién era antes de ella,
solo sé que sin Cristina el cuerpo duele,
y con ella me odio más profundo todavía.
Sirena de cristal, dulce y destructora,
me besas con fuego mientras me deshaces,
y yo, idiota, sigo corriendo hacia ti.
Cristina, mi amor que mata lento,
mi salvación que me entierra vivo,
¿hasta cuándo voy a seguirte ciegamente?