Homero no tenía un sitio web. Tampoco tenía un libro, en el sentido en que hoy lo entendemos. Sus versos vivían en el único lugar donde podían vivir, allí donde la gente ya se juntaba a escuchar. El poema no era una posesión. Era algo que ocurría en presencia de otros, o no ocurría.
Pienso en eso cada vez que alguien me cuenta que se armó una página propia para subir sus cuentos. Es una decisión noble y casi siempre un entierro. El cuento queda ahí, impecable, con su tipografía elegida y su dominio pagado, y no lo lee nadie. No porque sea malo. Porque un cuento que nadie encuentra todavía no llegó a ser un cuento; es un manuscrito con aires de publicación.
Un cuento se termina cuando alguien lo lee. Hasta entonces está a mitad de camino, como la tragedia que se ensaya pero no se estrena. Vos podés cuidar cada palabra, y hacés bien, pero esa parte del trabajo es tuya y ya la controlás. La otra mitad, la que decide si el cuento vive, depende de que alguien te lea, y eso pasa donde la gente ya está reunida, no donde vos plantaste tu bandera.
Ahí está el problema del sitio propio. Ofrece lo que suena mejor, que es la posesión: tu nombre en el dominio, tu diseño, tus reglas. Y te cobra lo único que importa, que son los lectores. Levantar audiencia desde cero, en tu isla, es un trabajo de años que no tiene nada que ver con escribir. Publicar donde ya hay lectores te ahorra esa década a cambio de renunciar a la ilusión de que el texto es tuyo como una casa.
No digo que la propiedad no valga nada. Digo que hoy, para la ficción breve, llega tarde. Primero conseguí que te lean; la casa propia la construís después, cuando ya hay alguien que te busca por tu nombre. Al revés no funciona: nadie cruza el océano hasta tu isla por un cuento que no sabe que existe.
El rapsoda no era dueño de nada y su historia sobrevivió tres mil años. El que hoy publica en su propio sitio es dueño de todo y su cuento se muere el mismo día en que lo sube. Entre esas dos formas de publicar, sé cuál elijo, y no es la que da la sensación de ser el más serio.