Licencia para el ausente
Cinco veces —porque el remordimiento exige repetición— revisé la carta. Me dolió ese desgarro seco al arrancar la hoja del Rivadavia; ya sabés cómo es la traición de los cuadernos cosidos: para liberar una página hay que condenar a su pareja del otro lado, un sacrificio simétrico para que el resto no se desarme. Después, el ritual de los dedos doblando rectángulos, inventando un sobre que era casi un origami del desamparo. No me convencía esa letra de imprenta, mayúsculas corridas, la «Q» remarcada con una insistencia que me pareció de pronto una falta de delicadeza, un insulto a la prolijidad del dolor.
La guardé igual. Me dije que Papá Noel —ese otro gran ausente— sabría leer entre líneas, que para un tipo que lo sabe todo, una caligrafía torpe no es más que otro idioma de la carencia. Además, el mensaje era de una desnudez absoluta, una cosita de nada.
Le pedía —casi le ordenaba— que no trajera nada. Que mis hermanos todavía jugaban a no entender, pero que yo ya me había jubilado de la infancia. Le pedía que ese año se tomara licencia, que dejara los Tickets Canasta ahí, quietos sobre la mesa de luz, para que se transformaran por milagro en leche chocolatada, en bifes de hígado, en arroz, en cualquier cosa que se pudiera masticar. Que esos billetes de dos pesos —pálidos, de tanto pasar de mano en mano— bajaran a la cómoda para ir borrando, uno a uno, los trazos negros de la libreta del fiado. Porque uno es chico pero aprende pronto la matemática del hambre: esas cuentas cerraban menos que el hospital del centro, que es como decir que no cerraban nunca.
A Papá Noel le pedía, en esa carta huérfana del lunes veinticuatro del dos mil uno, una sola cortesía: que tuviera la piedad de olvidarse de visitar mi árbol.