Cuando los primeros rayos del sol comenzaban a calentar la tierra después del largo invierno, las flores despertaban de su sueño y los árboles cubrían nuevamente sus ramas de hojas. Se decía que, en un valle escondido entre las montañas de Grecia, vivía una ninfa llamada Calliope, hija de los espíritus de la tierra y guardiana de la primavera.
Calliope no era como las demás ninfas. Allí donde caminaba, pequeñas flores nacían entre la hierba y los brotes aparecían en las ramas desnudas. Su cabello castaño brillaba con reflejos dorados bajo el sol y pequeñas flores crecían entre sus mechones sin que ella las plantara. Sus ojos verdes parecían tener el color de los bosques cuando despertaban después del invierno.
Pero su mayor don era su voz.
Cuando Calliope cantaba junto al manantial de su valle, los pájaros dejaban de cantar para escucharla, los ciervos se acercaban sin miedo y hasta el viento parecía detenerse. Su canto no era poderoso como el de los dioses, pero tenía algo que ni siquiera los inmortales poseían: podía hacer sentir paz.
Un día, Apolo pasó cerca del valle. Había escuchado muchas canciones durante su existencia, pero ninguna como aquella. Intrigado, siguió la melodía hasta encontrar a Calliope sentada junto al agua.
Desde aquel día comenzó a visitarla.
Al principio, Calliope desconfiaba de él. Conocía las historias sobre los numerosos amores de Apolo y no quería convertirse en una más de sus aventuras.
Sin embargo, Apolo continuó regresando.
No llevaba coronas de oro ni prometía riquezas. Simplemente se sentaba junto al manantial y escuchaba.
Con el tiempo, Calliope comenzó a esperar sus visitas.
Y así nació su amor.
Durante un tiempo, los dos vivieron felices. Cuando Apolo estaba junto a ella, los días parecían más luminosos y las flores del valle florecían incluso fuera de temporada.
Pero los dioses no pueden escapar del destino.
Una tarde, mientras Calliope caminaba por el bosque, una criatura enviada por una divinidad celosa apareció entre los árboles. Al escuchar los gritos de Apolo a lo lejos, Calliope corrió para advertirle del peligro. Consiguió salvarlo, pero ella no sobrevivió.
Cuando Apolo la encontró, sostuvo su cuerpo entre sus brazos y, por primera vez, el dios de la luz comprendió que ni siquiera su poder podía vencer a la muerte.
Desesperado, descendió al Inframundo.
Allí suplicó a Hades y Perséfone que le devolvieran a Calliope. Su música llenó las oscuras tierras de los muertos y hasta las almas dejaron de caminar para escucharlo.
Perséfone, conmovida, pidió a Hades que aceptara.
Finalmente, el dios del Inframundo permitió que Calliope regresara con una condición: Apolo podía caminar junto a ella, pero no podía tocarla hasta que ambos hubieran abandonado completamente el reino de los muertos.
Apolo aceptó.
Caminaron durante largo tiempo. Calliope avanzaba detrás de él, y Apolo escuchaba sus pasos.
Entonces ella tropezó.
Sin pensar, Apolo extendió la mano y tomó la suya.
En aquel instante, Calliope desapareció.
Apolo cayó de rodillas y volvió a suplicar.
—Dame otra prueba. Haré cualquier cosa.
Pero Hades negó con la cabeza.
—Ya te concedí una oportunidad. El destino no puede cambiarse dos veces.
Apolo insistió, pero Hades permaneció firme.
Entonces Perséfone se acercó.
—No puedo devolvértela para siempre —dijo—, pero puedo concederte una visita.
Desde aquel día, cada primavera Apolo puede descender a los Campos Elíseos para encontrarse con Calliope. Solo durante esa estación puede verla, hablar con ella y escuchar nuevamente su canto.
Por eso, cuando llega la primavera, las flores despiertan, los árboles recuperan sus hojas y los pájaros vuelven a cantar.
Los antiguos griegos decían que Apolo había descendido una vez más al reino de los muertos.
Y mientras él permanecía junto a Calliope, la tierra florecía para celebrar su amor.
Cuando llegaba el verano, Apolo debía marcharse.
Y cuando llegaba el invierno, el mundo volvía a dormir.
Pero cada primavera, sin importar cuántos siglos pasaran, Calliope volvía a cantar.
Y Apolo siempre regresaba para escucharla.