Salí del dormitorio. No encontré a nadie en casa. Me dirijo hacia la cocina para preparar mi té. Había una nota pegada en la heladera. Lo leí. Mis padres fueron a comprar al supermercado. Mientras se calentaba el agua en la pava. Busqué mi libro favorito en el estante. No estaba allí. Si no lo encontré sobre la mesita de luz.
Tomé el libro. Y avancé hacia al sillón marrón. Está ubicado en la sala principal junto a una mesa rectangular. Antes había colocado mi tacita rosa con el líquido caliente, oscuro y dulce, y lo acompañaba un platito del mismo color con unas galletitas. Me senté cómodamente y el silencio me rodeaba.
Abrí el libro…
Agosto de 1888, en Inglaterra.
Una joven vestida de negro sostiene un pañuelo entre sus manos. Las lágrimas caen de su rostro, y dirige su mirada a la tumba. Allí se encontraba su madre.
Teresa se sentía dolida y furiosa. Solamente se calmaría cuando se vengara del terrateniente. Años atrás, éste echó a su madre embarazada y sin dinero de la hacienda donde trabajaba.
Su madre pasó penurias y sacrificios, para que no pasara hambre y frío su hijita. Pasaron tantos males hasta el día de su muerte. Dejó las flores con su promesa en la lápida y salió del cementerio.
A la mañana siguiente. Tess partió hacia la hacienda dónde vivía aquel hombre.
Su padre.
Percibí la oscuridad a través de la ventana. Miré el reloj colgado en la pared. Marcaban las ocho. Cerré el libro y me levanté del sillón.