¿Vieron la mollera? Ese huequito que tienen los recién nacidos en la cabeza y que los médicos, que siempre encuentran una palabra difícil para las cosas sencillas, llaman fontanela. Bueno, uno crece, la mollera se cierra y se supone que el asunto queda terminado. Pero yo tengo mis dudas. Porque cuando el sol de Santiago te pega de lleno en la cabeza, hay un momento en que la mollera, exista o no exista, comienza a pedir auxilio. Y cuando eso pasa, más vale hacerle caso y buscar una sombra.
Era martes, me acuerdo clarito. Andaba haciendo las ventas de la semana en El Caburé, uno de esos pueblos del interior santiagueño donde todo parece transcurrir más despacio, salvo el calor, que siempre llega primero. Llevaba el Ford 350 cargado hasta donde permitían los elásticos: bolsas de harina, grasa, aceite, papas, cebollas, ajos, especias, cajones de vino, soda y cuanto artículo pudiera necesitar la gente de un pueblo que difícilmente superaba los mil habitantes.
Había comenzado temprano, pero cerca del mediodía el calor ya no se aguantaba. Las calles de tierra despedían ese vapor invisible que hace temblar el aire sobre el camino y te quema los pulmones. Los perros habían desaparecido de las veredas, las puertas estaban cerradas y de vez en cuando se escuchaba alguna radio encendida detrás de una ventana. Era la hora en que los pueblos santiagueños se entregan a la siesta, una costumbre que, más que tradición, considero una sabia medida de supervivencia.
Decidí suspender el reparto. La mercadería podía esperar. Mi mollera, no.
Encontré un quebracho colorado a un costado de la calle. Era un árbol enorme, de esos que parecen haber estado allí desde antes que alguien tuviera la ocurrencia de fundar un pueblo. Estacioné el forcito debajo de sus ramas, apagué el motor y bajé a buscar algo para comer.
Saqué una varilla de pan, corté una feta de queso y otra de mortadela, les agregué una buena cantidad de mayonesa y preparé un sándwich de esos que no necesitan mucha vuelta. Agarré una botella de agua, busqué dónde acomodarme y terminé sentado al pie del árbol, con la espalda apoyada contra su tronco.
El primer mordisco fue generoso. El segundo, también. Después vino un trago de agua y ese pequeño descanso que uno se da cuando el hambre comienza a retirarse.
Mientras comía, levanté la vista.
Entre las ramas había un movimiento constante de pajaritos. Algunos saltaban de una rama a otra, otros desaparecían entre las hojas y unos cuantos discutían vaya a saber por qué asunto. Uno particularmente inquieto se había instalado sobre una rama seca y parecía decidido a contarle sus problemas al mundo entero. Los demás, por lo visto, no le prestaban demasiada atención.
Me quedé mirándolos un rato. El tiempo pasaba.
Después miré el árbol.
Era un quebracho colorado, uno de los árboles más extraordinarios que tenemos en nuestros montes. Dicen que su nombre viene de quiebra hacha, porque su madera es tan dura que antiguamente desafiaba las herramientas de quienes intentaban cortarlo. Y no me cuesta creerlo. Su madera es pesada, compacta, de un color rojizo que le da su nombre, y está cargada de taninos, aquellas sustancias que durante tantos años sirvieron para curtir los cueros y alimentaron una industria que cambió para siempre la historia de nuestros montes.
El quebracho crece lentamente. No tiene apuro. Necesita muchos años para levantar ese tronco poderoso y extender sus ramas sobre la tierra. Soporta sequías, veranos interminables, vientos y tormentas. Hundiendo sus raíces en el suelo, aprende a sobrevivir donde otros árboles se rinden.
Tal vez por eso me gustan tanto.
Porque hay algo admirable en aquello que tarda una vida en construirse y, sin embargo, puede desaparecer en una mañana por obra de un hombre con un hacha.
Volví a observar el que tenía sobre mi cabeza.
¿Cuántos años tendría?
Cincuenta, ochenta, ciento cincuenta... Vaya uno a saber. Su tronco era tan grueso que difícilmente hubiera podido abrazarlo, y la corteza, oscura y profundamente agrietada, parecía la piel de un viejo que había pasado demasiados veranos trabajando bajo el sol.
Tenía historia. De eso estaba seguro.
Lo que no sabía era cuál.
Y entonces me dieron ganas de preguntarle.
Qué cosa, ¿no? Uno pasa la vida preguntando, buscando explicaciones, tratando de conocer el pasado de las personas y los lugares. Pero hay realidades que no responden. Están ahí, frente a nosotros, cargadas de acontecimientos, y lo único que podemos hacer es interrogarlas con la imaginación.
Aquel quebracho pertenecía a esa clase de seres.
Observé una cicatriz enorme sobre el tronco. Era la marca de un hachazo antiguo, casi cerrada por el crecimiento de la madera. Un poco más arriba había otras señales, menos profundas, como si alguien hubiera intentado derribarlo y después hubiera abandonado el trabajo.
¿Quién habrá sido?
¿Un hachero que descubrió demasiado tarde la dureza de su madera? ¿Algún vecino que quiso hacer espacio para una casa? ¿Un hombre que necesitaba leña para pasar el invierno?
Capaz alguien había intentado cortarlo cuando era joven y, por alguna razón, el árbol consiguió salvarse.
O tal vez fue el hombre el que se cansó primero.
Me gustó pensar eso último.
Había ramas secas que permanecían aferradas al tronco, aunque seguramente llevaban años sin dar una sola hoja. Otras se extendían vigorosas hacia la calle, ofreciendo una sombra tan generosa que alcanzaba para cubrir buena parte del camión.
Pensé en todo lo que aquel árbol habrá visto.
Tal vez había nacido entre muchos otros, cuando el pueblo todavía no existía. Quizás aquel lugar había sido monte cerrado, con senderos abiertos por animales y hombres que caminaban de un paraje a otro. Después habrían llegado las primeras casas, los cercos, algún almacén, la escuela, la capilla. A lo mejor también el pueblo se había desplazado con los años y el árbol había quedado como testigo de calles que ya no existían.
¿Habría visto pasar carretas antes que automóviles?
¿Habría descansado algún arriero contra su tronco, agotado después de una jornada de trabajo?
¿Cuántos viajeros habrían encontrado refugio bajo sus ramas? ¿Cuántos habrían esperado allí que pasara una tormenta, mirando cómo el cielo se abría entre relámpagos?
Y pensé en los enamorados.
Porque si hay algo que un árbol viejo debe conocer son los secretos de los enamorados.
¿Cuántas parejas se habrían sentado allí, como estaba yo, pero con preocupaciones bastante más importantes que un sándwich de mortadela?
¿Cuántos primeros besos habría cobijado su sombra? ¿Cuántas promesas de amor eterno se habrían pronunciado junto a su tronco? Y de todas aquellas promesas, ¿cuántas se habrían cumplido?
Quizás algún muchacho había grabado dos iniciales sobre la corteza, convencido de que su amor duraría tanto como aquel quebracho.
Capaz la muchacha terminó casándose con otro.
Y él, muchos años después, habría pasado nuevamente por allí, con los cabellos blancos, buscando entre las cicatrices del árbol aquellas letras que alguna vez creyó eternas.
Sonreí con la ocurrencia.
¿Cuántos chicos habrían trepado por sus ramas? ¿Cuántas madres habrían gritado desde una casa cercana que se bajaran de una buena vez antes de partirse la cabeza? ¿Cuántos nidos habría sostenido? ¿Cuántos pichones habría visto aprender a volar y cuántos habría visto caer sin poder hacer nada?
Porque también debía conocer la tristeza.
¿Habría escuchado llorar a alguien que no quería ser visto? ¿Habría sido refugio de algún hombre que recibió una mala noticia y necesitaba quedarse solo? ¿Cuántas despedidas, cuántas ausencias, cuántas historias que jamás llegaron a contarse habrían ocurrido a su alrededor?
Tal vez algún viejo, mucho antes que yo, había descansado bajo aquellas mismas ramas y se había puesto a pensar exactamente las mismas tonterías.
Y capaz aquel viejo ya no estaba entre nosotros.
Pero el árbol sí.
Eso fue lo que más me impresionó.
Era un testigo formidable, pero mudo.
Apoyé una mano sobre la corteza. Estaba áspera, caliente en algunos sectores y fresca donde no llegaban los rayos del sol. Recorrí con los dedos una de sus grietas y me sorprendió pensar que aquella pequeña hendidura podía tener más años que yo.
Me habría gustado que pudiera hablarme. Aunque solo fuera un momento. Que me contara cómo era ese lugar cuando todavía no había calles, quién le dio el primer hachazo, qué muchacho hizo la primera promesa bajo sus ramas y qué fue de aquella mujer que quizás alguna vez se sentó a llorar contra su tronco.
Pero no podía.
El árbol pertenecía a los seres que no responden.
Y yo, a los que necesitan preguntar.
Me quedé un buen rato contemplándolo. Los pajaritos continuaban con sus asuntos, indiferentes a mis pensamientos. Uno bajó hasta el suelo, dio un par de saltitos cerca de mis zapatos y se llevó una miga de pan que se me había caído. Después desapareció entre las ramas.
Pensé entonces que el quebracho no necesitaba saber nada de aquello para seguir siendo importante.
No sabía qué pájaros anidaban en sus ramas, pero los protegía. No conocía el nombre de los viajeros, pero les ofrecía sombra. No distinguía al hombre bueno del malo, al rico del pobre, al que había nacido allí del que llegaba por primera vez.
Simplemente estaba.
Y daba lo que tenía.
El último bocado del sándwich pasó por mi garganta y bebí un trago de agua. Me limpié las manos, todavía grasosas por la mayonesa y la mortadela, contra el pantalón, como hacemos los hombres cuando no tenemos una servilleta cerca y ninguna mujer nos está mirando para retarnos.
Me quedé sentado unos segundos más.
Tenía que continuar el reparto. Todavía quedaban varias casas por visitar y la tarde no iba a esperarme.
Me levanté despacio, sacudí las migas de la camisa y recogí la botella.
Antes de subir al Ford, volví a mirar el quebracho.
Sentí que le debía algo.
Aquel viejo me había cobijado durante toda la siesta, me había regalado su frescura y, sin proponérselo, me había hecho compañía mientras almorzaba.
Y yo estaba por marcharme sin siquiera darle las gracias.
Miré la botella.
En el fondo quedaba un poco de agua.
Me acerqué al tronco, desenrosqué la tapa y dejé caer lentamente los últimos tragos sobre la tierra, junto a sus raíces, para que bebiera lo mismo que yo.
Quizás ustedes crean que soy un loco o un sentimental.
Pero yo pienso que, en este mundo, o somos todo, o no somos nada.