Te borré de las pantallas y del mapa,
juré ante el espejo que estabas muerto,
pero este amor es una fiera que escapa
y te busca en la sombra del desierto.
Tengo pánico de ver mis manos vacías,
de que tu boca aprenda a besar a otra;
pero más me aterra que tus viejas espinas
me dejen otra vez la cordura rota.
Volvemos, como adictos, a nuestro veneno,
sin derecho a reclamos, sin un «te amo»,
mordiéndonos la boca en un lecho ajeno,
sabiendo que en el fondo nos devoramos.
Es una obsesión que me quema las venas,
un vicio maldito de piel y de herida;
prefiero el infierno de tus cadenas
que la puta calma de una noche fría.
Nos odiamos libres, nos buscamos presos,
olfateando el peligro de la recaída.
Matándonos despacio entre los besos,
sabiendo que eres la cura y la herida.