Esa tarde en la terraza de la cafetería, el tiempo pareció perder toda su prisa. Entre el humo sutil de las tazas de café y el crujido suave de las pastas recién horneadas, la conversación fluyó sin los tropiezos ni los silencios incómodos de los primeros encuentros.
Le expliqué, tal como le había prometido, que cara mia no era más que un arranque de romanticismo antiguo para decirle "mía cara" o "querida mía", un desliz de mi abuelo italiano que a veces se me escapaba sin pensar. Charlotte soltó una carcajada limpia, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, y los destellos del sol poniente hicieron que sus ojos cobrizos brillaran con una intensidad casi dorada.
—Así que un poeta del autobús... —bromeó ella, apoyando la barbilla en su mano mientras me miraba con una curiosidad transparente—. Debo admitir que la mermelada en los labios el primer día no encajaba del todo con el caballero italiano, pero la combinación funciona.
Esa capacidad suya para desarmarme con un comentario agudo me fascinó. Descubrí que detrás de su impecable elegancia había una mujer apasionada por los bocetos a lápiz, los libros con olor a viejo y la fotografía callejera; alguien que observaba el mundo con la misma atención al detalle con la que me miraba a mí. Por mi parte, le hablé de mis proyectos, de mi afición por la escritura en cuadernos de tapas duras y de cómo la rutina matutina se había transformado por completo desde la mañana en que la vi subir al vagón.
Cuando cayo la noche y las luces cálidas del café se encendieron, la brisa de la tarde comenzó a enfriarse. Charlotte envolvió la taza entre sus manos para calentarse los dedos.
—¿Sabes qué es lo más extraño? —dijo ella de pronto, con un tono más suave, casi confidencial.
—¿Qué cosa?
—Que yo nunca tomo ese autobús a esa hora. Ese lunes perdí mi transporte habitual porque no encontraba las llaves de casa. Estaba furiosa cuando subí... hasta que vi a alguien comiendo una tostada con tanta devoción que parecía que el resto del mundo no existía.
Nos quedamos en silencio un par de segundos, un silencio cómodo y denso, cargado de esa complicidad que solo existe entre dos personas que saben que están al borde de algo importante.
Caminamos juntos de regreso a la estación. Las calles de la ciudad ya lucían desiertas, y nuestras sombras se estiraban sobre el asfalto iluminado por los faroles. Al llegar a su esquina, nos detuvimos. No hizo falta un adió formal ni la prisa de una despedida torpe. Charlotte se acercó lo suficiente para dejar un beso fugaz en mi mejilla, dejando tras de sí una ráfaga inconfundible de jazmín.
—Nos vemos el lunes en la parada de siempre, Alonso—susurró con una sonrisa enigmática antes de darse la vuelta.
La vi alejarse con su paso firme y elegante hasta que se perdió tras la puerta de su edificio. Me quedé allí parado un instante, respirando el aire frío de la noche, con la certeza absoluta de que los lunes por la mañana jamás volverían a ser ordinarios.