Un día me di cuenta de que mis seres queridos lloraban frente a un féretro. Al ver su dolor, intenté tocar sus hombros para consolarlos, pero mi mano atravesaba sus cuerpos como si fuesen espejismos. Les hablaba, les gritaba con desesperación, pero nadie podía escucharme.
Curiosamente, no sentía dolor físico; todo a mi alrededor tenía una cualidad etérea, envuelto en una penumbra de claroscuro. Al acercarme a la urna, retrocedí aterrorizado: el cadáver que descansaba allí era el mío. Era yo. No podía tocar a nadie ni nadie me escuchaba, pero la verdadera angustia no venía de la muerte misma, sino de la desesperación por no poder permanecer en la realidad que siempre había vivido.
Aceptar esa verdad me costó un esfuerzo inmenso; mi alma continuaba profundamente apegada a los afectos y a mis recuerdos: mis hermanos, mi esposa, mis hijos, mis amigos y las cosas cotidianas que dieron forma a mi existencia. Durante muchos días rondé mi hogar y los lugares que solía frecuentar. Finalmente me resigné: estaba muerto, pero no en un sentido de extinción total, sino en otra dimensión.
Al cabo de un mes, dejé de visitar los rincones que había apreciado en vida. Fue en ese vagar silencioso cuando me encontré con mi madre y mi padre. Al verme, me estrecharon en un abrazo y sentí en ese gesto una corriente de amor infinito. Los acompañaban otros espíritus que transmitían la presencia serena de verdaderos guías.
Uno de ellos se acercó y me dijo:
«Ya te has desprendido del cordón que te ataba a la Tierra. Ahora comienza tu enfrentamiento contigo mismo: tu vida entera volverá a recorrerse, paso a paso. Cada acto que realizaste, cada gesto, lo sentirás en carne propia. Será una prueba crítica: llorarás al enfrentarte a la huella de tus acciones, sentirás la pesadez de la conciencia por el dolor causado y lamentarás cada oportunidad perdida en la que pudiste haber hecho el bien. Estarás volcado en este trabajo durante varios días, pues no habrá más tribunal que tú mismo: tu propia conciencia desnudada frente a la totalidad de tus actos.
Solo después de haber contemplado tu vida sin velos, serás tú quien decida si deseas reencarnar para corregir y evolucionar, o si asciendes al nivel de maestro para guiar y reconfortar a aquellos que recién cruzan el umbral de la muerte».