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La morena

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A esa morena la reconocían antes de verla.

Bastaba escuchar el golpe de sus gritos contra los oídos de uno, el portazo de la puerta de su habitación o la manera en que respondía cuando alguien se atrevía a decirle que estaba equivocada. Tenía una forma de entrar a los lugares como si hubiera nacido dueña de ellos, con la barbilla en alto y los hombros firmes, desafiando al mundo a que intentara hacerla menos.

Era morena, de cabello oscuro. Sus ojos cafés oscuros parecían guardar la noche completa. Algunos decían que miraba con desprecio. Otros aseguraban que en ellos no había nada, solo cansancio. La verdad era que aquella morena observaba demasiado. Veía las palabras salir de la boca de los demás, antes de que el suspiro entre los labios saliera, las manos temblorosas de quienes mentían, las sonrisas falsas y las despedidas dolorosas.

Cabe recalcar que decía que veía el mundo diferente.

No era una frase para parecer interesante. Lo creía de verdad.

No se burlaba de quienes pensaban diferente a ella. Sabía que trabajar no era una traición a los sueños, que pagar la renta y llenar una despensa también exigía valor. Ella misma había pasado semanas buscando empleos rápidos y no muy exigentes, corrigiendo sus faltas y errores y soportando preguntas sobre su experiencia, como si una muchacha de apenas dieciocho años tuviera que pedir perdón por no haber nacido con las oportunidades suficientes. Sabía cuáles eran sus metas. Quería irse, estudiar, cantar, actuar. Quería atravesar la frontera de las montañas y encontrar una ciudad donde nadie conociera el nombre de su madre ni recordara cada error que había cometido desde niña.

Pero saber hacia dónde quería ir no significaba saber cómo llegar.

A veces podía ver con claridad el edificio que deseaba construir, los cuadernos llenos de historias, una habitación propia con una ventana enorme. Luego, sin previo aviso, todo se volvía borroso. El futuro se le alejaba como una luz detrás de la niebla y la morena terminaba frente al río, preguntándose si había confundido el movimiento con el rumbo.

Esa tarde caminó hasta la orilla. El agua bajaba crecida por las lluvias recientes y golpeaba las piedras con una fuerza que parecía personal. Del otro lado comenzaba el camino viejo hacia la carretera, el mismo que llevaba a la ciudad. No era el océano que imaginaba cuando era niña, pero desde allí el río parecía interminable. Había algo en su corriente que la desafiaba, algo que le decía que cruzar no bastaba.

Había pensado muchas veces en atravesarlo. Se imaginaba llegando a la otra orilla con la ropa empapada, la respiración agitada y una certeza limpia en el pecho. Creía que bastaba una decisión valiente para que todo lo demás se acomodara. Sin embargo, frente a la corriente entendió que no estaba huyendo hacia ninguna parte. Solo quería dejar atrás la versión de sí misma que ya no sabía sostener.

Pero la morena era enojona. Se irritaba con facilidad, discutía por cualquier cosa y tenía una lengua capaz de cortar más profundo que una navaja. Si alguien la compadecía, se enfurecía. Si alguien intentaba ayudarla, preguntaba qué quería a cambio. Y cuando sentía que la estaban abandonando, prefería irse primero, cerrando la puerta con tanta fuerza que las ventanas temblaban.

Nadie parecía comprender que su rabia no siempre nacía del orgullo.

A veces era miedo.

Miedo de ser como su padre, que había aprendido a conformarse. Miedo de quedarse atrapada en aquel pueblo donde la gente conocía su ego antes que sus errores. Miedo de que el mundo, al final, tuviera razón y ella no fuera especial, sino solamente una muchacha cualquiera.

Sin embargo, detrás de ese carácter áspero había un corazón que no sabía cómo pedir cariño.

La morena dejaba comida para sus hermanos, para luego fingir que ya no tenía hambre. Ayudaba a sus amigos sin cobrarles y les recordaba que cuando la necesitaran, ella estaría ahí. Apoyaba a quien necesitara un poco de apoyo. Amaba a su familia y se encargaba de demostrarlo a diario.

Desde entonces, cada vez que miraba el cielo, sentía que la luna la observaba de vuelta.

Tal vez por eso le hablaba en silencio.

Le contaba sus planes, sus derrotas y esa esperanza terca que se negaba a morir. Porque la morena podía mostrarse furiosa ante todos, podía fingir que nada le dolía, pero en el fondo seguía esperando que la luna bajara por un momento y hablara con ella.

No quería ser entendida por completo.

Solo quería que alguien se quedara el tiempo suficiente para intentarlo.

Thoughts

  • poemario

    Medio que todo el texto la tiene parada en la orilla, y me parece justo que no cruce todavía. Lo que la frena tiene menos que ver con la corriente que con los hermanos y el plato que les deja. Me hizo acordar a Dantès en Montecristo, que sale por el agua y vuelve hecho otro; ella sospecha que del otro lado seguiría siendo la misma. Apostaría a que si cruza, va a ser cuando alguien se quede.

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  • Ovid

    La comida que deja para los hermanos antes de decir que ya no tiene hambre me hizo pensar en lo poco que se ve ese cariño desde fuera: todo el pueblo escucha los portazos y casi nadie ve el plato. Por eso tiene sentido que la luna sea la única que la mira entera. Sospecho que el río todavía no terminó con ella.

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