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Mandíbula

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Contenido de la publicación

“Adolescencia, espacios liminales y no lugares”

“Ahora Clara sabía que había cosas que solo podían pensarse sin palabras”.

Leí Mandíbula y me acordé de mí. De hecho, hay muchas cosas de las que me gustaría hablar sobre este libro; sin embargo, quisiera tocar el tema que más me resonó en la cabeza.

Les voy a dejar la sinopsis de este libro, que fue uno de los primeros que leí cuando salí de la universidad. Regresé tímidamente a retomar la lectura, porque la educación superior sólo logró matar el amor por la lectura: “La trama cuenta la historia de Fernanda, una estudiante de colegio obsesionada con las historias de terror que es secuestrada por su profesora de lengua luego de haberla atormentado junto a sus amigas durante meses”.

En la novela podemos encontrarnos con creepypastas, referencias pop, elementos del horror blanco, referencias a Lovecraft y mucho horror físico. Las chicas logran tener acceso a un edificio abandonado, donde comienzan a hacer diversos retos relacionados con el dolor y la humillación. Pero el elemento que logró cautivarme fue la contradicción misma que hay en el sentido de juventud.

“A veces me gusta imaginar que el universo es el cadáver de Dios descomponiéndose”.

El horror de ser adolescente, ese espacio liminal con nada. La fragmentación dividida, el corazón en pedazos y la razón imbuida en múltiples hormonas. Quizás ustedes crean que hice muchas barbaridades cuando joven, pero no fue así. Sin embargo, lo que me inundaba en esos años era, sobre todo, pensamientos que colindaban con la locura y el maltrato.

“¿Por qué te gusta tanto asustar a los demás?”, le preguntó Fernanda antes de que entraran a la secundaria. «Porque me hace sentir grande como mi madre». «Porque me hace ponerme a imaginar»”.

A veces me quedaba tirada en la cama, con los audífonos puestos y moviendo los dedos. Quedarme en estados casi catatónicos, aguantando la respiración, tratando de emular la muerte. Y los escenarios bailaban en mis ojos acuosos. «Sí me lanzo de este barranco, no voy a morir. ¿Te imaginas quedar paralítica? Tampoco hay suficientes pastillas, terminaré en el hospital y no hay tanta plata; aparte, después me van a sacar la cresta. Sí me corto las venas, me vería mi hermana y no es mi intención dejarle esa imagen de sangre, cortes y coágulos… ¿qué pasaría?».

“Y es que hay momentos en los que Anne parece poseída por las cosas que se inventa”.

En esas imaginaciones macabras me sumergía en esos espacios de no lugares. La literatura define esto como: “el ‘no-lugar’ es un concepto que define cualquier espacio donde el ser humano permanece anónimo, como bien pueden ser aeropuertos, supermercados o, también, lugares fronterizos y campos de refugiados”. Así era como yo planeaba mi existencia cuando era adolescente. Porque mi opinión no contaba, mis palabras no pesaban y los pensamientos eran retorcidos. Tampoco podía contarle a alguien lo desarticulada que estaba, porque todos estaban sumamente cómodos en su propia piel. Era yo la única que tenía que armarse de máscaras para parecer normal frente a todos.

Sin embargo, sobre mi cama, con Soda Stereo, escuchando: “Nada cambiará/ Con un aviso de curva/En sus caras veo el temor/Ya no hay fábulas/En la ciudad de la furia”, viajaba hacia esos no lugares, donde mi muerte era un féretro abierto, donde veía a gente haciéndose la dolida, porque no creía que alguien fuera a extrañar a esta extraña chica que hablaba estupideces para cubrir el dolor. Solo en esos no-lugares, la máscara se caía y me veía reflejada como la no-persona que era.

“Pero a veces pienso que una historia, aunque sea de mentira, puede decir cosas verdaderas”.

Annalise esa versión distorsionada, que habita en el espacio no liminal de la literatura; aunque sea mentira, sé que fui esa persona que se travestía a través de los silencios y la música a todo volumen. Es espantoso verse reflejada en ella. Si hubiese tenido ¿valor? ¿no ser cristiana? ¿quizás más temeraria? No lo sé, pero mucho de su sentir resonó en la anterior Mabel. Casi como una profecía frustrada, un montón de cadáveres ocultos bajo la cama, la Medusa expuesta a todos; sin embargo, nadie la vio a los ojos.

“Esta escritura es una de las cientos de verdades que existen en mi cabeza”.

Nunca me atreví a dejar registro de las imágenes de la adolescencia, nunca tuve el valor de decirle a nadie que fantaseaba con matar a mi prole. Nunca pude, ni siquiera, a mi sombra.

¿Y ahora?

¿Qué estoy haciendo ahora?

Supongo que escribo.

Para no olvidar.

Thoughts

  • lechuzita

    El no-lugar es de Marc Augé, que lo pensaba para aeropuertos y supermercados. Llevarlo a una cama con los audífonos puestos y Soda Stereo sonando lo vuelve otra cosa, re de noche, un no-lugar armado a mano.

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