Parte II de una noche.
Habían cambiado tantas cosas. Algunas heridas ya tenían nombre; otras se habían convertido en silencios. Pero había recuerdos que todavía encontraban la manera de doler.
Y, sin embargo, allí estaban.
Por unas horas, fue como si el tiempo hubiera cometido un error y los hubiera devuelto a aquel instante en que todo comenzó, antes de que la vida encontrara la manera de separarlos.
Después regresaron al departamento.
Compraron una botella de vino y continuaron conversando. Él debía regresar a medianoche, pero consiguió que unos amigos cubrieran su turno. Quería quedarse unas horas más. Ella, aunque intuía que cada instante añadido haría más difícil la despedida, tampoco deseaba que se marchara.
Sentados uno junto al otro, compartieron el vino y algunas historias. En un momento, sus ojos encontraron una cicatriz y, como era habitual en ella, quiso conocer su historia. Él comenzó a contarle cómo se la había hecho.
Siempre le habían intrigado esas pequeñas marcas que las personas llevan consigo. A veces, detrás de ellas, se escondían historias que nadie más conocía.
Y allí estaba nuevamente, después de tantos años, escuchando aquellas pequeñas historias de su vida.
Más tarde, durante un juego, ella le preguntó cuál era su nombre completo. Él respondió sin titubear, pronunciando sus nombre y sus apellidos.
La respuesta fue sencilla. Lo que ocurrió dentro de ella, no tanto.
Habían pasado demasiados años. Ambos habían conocido otras versiones de la vida, habían cambiado y acumulado historias. Sin embargo, él todavía recordaba aquel detalle.
Hay cosas que uno supone perdidas hasta que, inesperadamente, alguien las devuelve a la superficie.
La botella se terminó.