El lugar no tenía tiempo.
No había relojes ni sombras que permitieran distinguir la mañana de la tarde. Solo paredes pálidas, una ventana pequeña por donde entraba un silbido del viento y la respiración quebrada de Cruz.
Llevaba media vida sentado, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos colgando entre las piernas. Tenía la cabeza gacha, el pelo revuelto y los pies desnudos.
No supo cuándo entró el visitante.
De pronto estaba allí, parado a unos pasos, observándolo con esa tranquilidad de los hombres que nunca tienen apuro.
Sacó del bolsillo un puro, le cortó la punta con una pequeña navaja y lo encendió utilizando un pesado encendedor metálico. Dio dos pitadas antes de hablar.
—Vengo de verla, Cruz.
Cruz levantó la cabeza.
—¿De verla?
—Sí. Me pidió que te trajera un mensaje.
El hombre aspiró lentamente el humo y lo dejó escapar entre los labios.
El humo llegó hasta Cruz, pero olía a pan recién horneado. Cruz reconoció ese olor y se incorporó de golpe. Caminó hasta la ventana y apoyó una mano sobre el marco. Del otro lado apenas se distinguía un pedazo de cielo y, más allá del paredón, las copas oscuras de unos árboles.
—¿Ande la ha visto? —preguntó sin darse vuelta.
—En Árbol Blanco.
Cruz apretó los dedos contra la madera.
—Me pidió que te diga que todavía te ama.
Cruz bajó lentamente la cabeza.
—Dice que te extraña mucho. Que se acuerda de todo. De las noches junto a la represa, cuando ustedes se sentaban a mirar la luna sobre el agua. De las caminatas por el monte en busca de miel. De aquella vez que los sorprendió la lluvia y se durmieron bajo un palo borracho.
Una sonrisa apenas perceptible apareció en los labios de Cruz.
—Nos mojamos enteritos aquella noche —murmuró—. Ella se reía. Amalaya pudiera escucharla reír otra vez.
—También me dijo que te espera.
Cruz se volvió.
—En el mismo lugar de siempre. Allí donde se cruza el camino viejo con la ruta. Me pidió que te dijera que va a llevar el vestido blanco, para que la reconozcas de lejos.
Cruz sintió que algo se le quebraba por dentro. Hacía tanto tiempo que no escuchaba hablar de ella de aquella manera.
Se dejó caer en la silla. Y entonces la recordó.
Recordó el olor a tierra mojada cuando ella regaba el patio para bajar el polvo. La vio inclinada sobre la mesa, amasando harina con las manos enharinadas hasta las muñecas. Recordó el roce de sus manos al alcanzarle el mate y aquella costumbre de probar primero el guiso para asegurarse de que no estuviera demasiado salado.
La recordó descalza, barriendo las hojas bajo la galería.
Recordó el calor de su cuerpo en las noches frías, cuando se arrimaba a él buscando abrigo. El olor de su cabello. El gusto de sus labios por la mañana.
Las lágrimas comenzaron a rodarle por las mejillas, abriendo surcos claros sobre la suciedad de su rostro.
—Era buena, ¿sabe? —dijo Cruz—. Buena como no he conocido otra mujer.
El visitante inclinó ligeramente la cabeza.
—Lo sé.
—Nunca me pidió nada. Ni una pilcha nueva, ni una alhaja, ni cosa alguna que yo no pudiera darle. Con tenerme cerca ya estaba contenta.
Hizo una pausa y se limpió la nariz con el dorso de la mano.
—Yo era medio bagual, ¿sabe? Siempre andando de un lao pal otro, buscando conchabo, y ella me esperaba. Nunca faltaba el mate cuando volvía.
El hombre siguió fumando. Cruz se quedó mirando el suelo.
—Una vez le dije que, si llegaba a juntar unos pesos, íbamos a levantar una casa más linda. Con ladrillos, techo de chapa y una galería grande. ¿Sabe qué me contestó?
—¿Qué te contestó, Cruz?
El hombre sonrió entre lágrimas.
—Que pa qué quería una casa más grande si los dos dormíamos en la mesma cama.
Se le escapó una risa pequeña, apenas un resuello.
Después volvió a llorar. El visitante no se movió.
Pasó un largo rato.
El viento siguió silbando por la rendija. Afuera, en alguna parte, se oyó el golpe seco de una puerta.
Cruz se restregó la cara.
—Dígale que yo también la extraño. Dígale que no pasa una noche sin que me acuerde. Que si pudiera volver a verla...
No terminó la frase. El visitante dejó que el silencio se acomodara entre ambos.
Luego miró la brasa de su puro. La ceniza había crecido varios centímetros sin desprenderse.
—Sin embargo, me pidió que te hiciera otra pregunta.
Cruz quedó inmóvil.
—¿Qué?
El visitante se llevó el cigarro a la boca, aspiró profundamente y dejó escapar el humo por la nariz. Esta vez el humo no olía igual.
—Ella quiere saber una cosa. Si tanto la amabas...
El hombre hizo una pausa.
—¿Por qué la mataste?
Cruz no respondió.
Durante un instante pareció no haber comprendido las palabras. Después abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
El viento dejó de silbar. Cruz se llevó las manos a la cabeza. Lentamente empezó a sacudirla.
—¡Cállese!
—No... no... Yo no fui...
Cruz dio un grito y se abalanzó hacia el visitante.
No llegó a tocarlo. Algo en los ojos de aquel hombre lo detuvo. Habían dejado de parecer ojos humanos.
Ardían con una luz rojiza, profunda, semejante a las brasas que quedan debajo de la ceniza cuando parece que el fuego se ha apagado.
Cruz retrocedió horrorizado.
—¡Vos! —gritó, señalándolo con una mano temblorosa—. ¡Vos fuiste!
El visitante permaneció inmóvil.
—¡Maldito seas! ¡Vos me hablaste aquella noche! ¡Vos me metiste esas cosas en la cabeza! ¡Vos me dijiste que ella andaba con otro!
El hombre ladeó apenas la cabeza. Cruz quedó mudo.
—Yo no la toqué, Cruz. Ni siquiera estaba allí.
—¡Estabas adentro mío!
El hombre levantó las cejas, como si aquella respuesta lo divirtiera.
—¡Yo nunca le hubiera hecho daño! ¡Nunca! ¡Vos me obligaste!
El visitante negó despacio. Cruz comenzó a llorar a gritos.
—¡Zupay maldito! ¡Dejame tranquilo! ¡Andate de aquí!
El hombre miró hacia la ventana.
—¡Maldito! ¡Maldito seas!
Cruz se arrojó contra la pared y empezó a golpearla con los puños.
—¡Yo no fui! ¡Yo no la maté! ¡No fui yo!
El visitante lo observó unos instantes.
Después suspiró. Metió una mano en el bolsillo interior de su saco y extrajo una pequeña libreta. Anotó unas palabras. Volvió a guardarla. Se acomodó la ropa y, al hacerlo, dejó ver el guardapolvo blanco que llevaba debajo del saco.
Caminó hacia la única puerta de la habitación. Cruz continuaba gritando.
—¡Vos la mataste! ¡Vos me hiciste hacerlo! ¡Deciles la verdá! ¡Deciles quién sos!
El hombre apoyó la mano sobre el picaporte. Antes de salir volvió la cabeza.
—Hasta mañana, Cruz.
—¡No volvas! ¡No quiero verte nunca más!
El visitante esbozó una sonrisa. La puerta se cerró. Cruz corrió hacia ella y comenzó a golpearla desesperadamente.
—¡Abrime! ¡Abrime, hijo de puta! ¡Dejame salir!
Del otro lado se escuchó el giro de una llave pesada.
El hombre del guardapolvo caminó por el pasillo iluminado. Se detuvo junto a un escritorio, sacó la libreta y consultó sus anotaciones.
Después abrió la ficha clínica. Escribió con letra prolija:
“El paciente persiste en su delirio persecutorio.”