Desde el principio de los tiempos, la oscuridad fue el reino del miedo y la luz el refugio de la calma. Cada una ocupó su lugar entre los hombres y forjó sus propios ejércitos: la noche, sus demonios; el día, sus ángeles guardianes.
Pero en la siesta norteña, algo escapó de la oscuridad para vivir rondando bajo la luz.
Al mediodía santiagueño el sol cae como un castigo. Empuja el aire contra la tierra, lo espesa, lo vuelve casi irrespirable. Los pulmones arden. La sombra se convierte en un lujo y las copas de los árboles cobijan a las aves rendidas.
En los ranchos, el almuerzo transcurre despacio. Alguien riega el patio para arrancarle a la tierra un poco de frescura. El olor del suelo mojado se mezcla con el de la carne asada, la tortilla al rescoldo o el pancacho. Después de comer, llega el silencio.
Los mayores se echan a dormir. Los niños juegan en el patio. Y las madres repiten lo de siempre:
—No vayan a andar por el monte, changos.
La siesta en Santiago no es descanso. Es supervivencia.
Aquella tarde, antes de acostarse, la madre de Paulo y Lucas les advirtió una vez más que no salieran.
Paulo no hizo caso.
Apenas sintió que en la casa ya dormían, llamó a Lucas con un gesto y los dos se mandaron al monte con las hondas escondidas entre la ropa. Tomaron una picada angosta, de tierra blanquecina, rodeada de itines y mistoles con ramas secas. Iban buscando pájaros para hondear.
Los cardenales saltaban de rama en rama. Lucas se reía bajito cada vez que Paulo erraba un tiro.
Fue entonces cuando el monte cambió.
No de golpe. Apenas un detalle. Las ramas de un itín se movieron solas.
Paulo miró.
No había viento.
Siguieron caminando.
Un poco más adelante, volvió a sentirlo. No era un ruido claro. Era una presencia. Algo que los iba siguiendo por entre la maleza, guardando distancia, mirando. A cada paso de los changos, aquello parecía acercarse un poco más pero siempre invisible.
Paulo apretó la honda en la mano y apuntó hacia donde creyó sentir la presencia.
—¿Has oído?
Lucas no respondió. También había sentido que no estaban solos.
Entonces pasó.
Algo le raspó la pierna a Paulo, un tajo rápido, filoso. El chango dio media vuelta, sobresaltado, y en ese mismo instante un remolino se levantó de la nada en mitad de la picada. Tierra seca, hojas, polvillo y ramitas les azotaron la cara.
El remolino les entró en los ojos.
Los cegó.
Paulo sintió el ardor, soltó la honda, cerró los párpados, levantó el brazo para cubrirse y trastabilló. Todo giró a su alrededor. El zumbido del viento le llenó la cabeza.
Y en medio de esa polvareda escuchó el grito.
Un grito corto, desgarrador.
Era Lucas.
Después, nada.
Cuando el remolino aflojó, Paulo cayó de rodillas y abrió los ojos como pudo. Le ardían, le lloraban, casi no veía. Miró a un lado. Miró al otro.
—¡Lucas!
Nadie contestó.
—¡Lucas!
El monte entero se había quedado quieto.
No había remolino. No había ramas moviéndose. No había pájaros. No había nadie.
Solo esa sensación.
Esa mirada.
Algo seguía ahí, oculto entre los árboles.
Paulo se puso de pie y salió corriendo hacia su casa.
Y desde lo profundo de la espesura, eso lo miró huir.
Lo vio correr por la picada bajo el sol pesado de la siesta, cada vez más lejos, cada vez más chico, hasta que al fin desapareció.
Allí quedaron las dos hondas tiradas.
Los itines inmóviles.
El calor aplastándolo todo.
Y dos minutos después, un grito de mujer rajó la siesta en dos.
Era la madre, de cara al monte, suplicándole al Pomberito que le devolviera a su hijo.