La música resonaba en los auriculares de Luna.
Sentada sobre una pila de libros, la pequeña soberana movía los pies al ritmo de la melodía mientras miraba la pantalla de su teléfono. Sus labios se movían suavemente siguiendo la letra, y de vez en cuando retrocedía unos segundos para volver a escuchar una parte que le gustaba especialmente.
A su alrededor, la Biblioteca Infinita seguía con su actividad de siempre. Haruka ordenaba los libros que habían quedado fuera de sus estantes. El Viejo estaba sentado junto a una mesa disfrutando de una taza de té, mientras el Nuevo hojeaba un volumen que había encontrado entre las estanterías. A poca distancia, el Narrador y el Lector compartían otra tetera, aparentemente mucho más interesados en su merienda que en las obligaciones que se suponía tenían.
El Nuevo fue el primero en romper la tranquilidad.
—Oye, Luna.
La niña no respondió.
—Luna.
Nada.
—¡LUNAAAA!
La pequeña levantó la vista y se quitó uno de los auriculares.
—¿Qué pasa? ¡Me estás interrumpiendo!
—Solo quería preguntar si hoy nos vas a mostrar algún condenado o alguno de tus mundos.
Luna lo miró un instante antes de volver a concentrarse en su teléfono.
—No tengo ganas.
El Nuevo parpadeó.
—¿Cómo que no tienes ganas?
—Pues eso. No tengo ganas.
—Pero…
—¡Shhh! Estoy escuchando una parte importante.
Haruka, que acababa de dejar un libro en su sitio, se giró hacia ella.
—Luna, ¿recuerdas que se acerca el plazo semanal para publicar? Todavía no tenemos nada preparado.
—Mmm…
—Te estoy hablando.
—Sí, sí, te escucho.
—Entonces, ¿qué vamos a publicar?
Luna hizo un gesto distraído con la mano, como si acabara de encontrar la solución más evidente del universo.
—Pues que vean una de mis historias de terror.
Haruka se quedó inmóvil. Giró lentamente la cabeza hacia la pequeña rubia. Su expresión dejaba claro que esperaba haber oído mal.
—¿Una de tus historias de terror?
—¡Ajá!
—¿De verdad pretendes que publiquemos eso?
—¡Claro! —Luna sonrió sin apartar la vista del teléfono—. Algunas son tan largas que podrían ocupar varios capítulos. Así tendremos contenido para rato.
Haruka la miró en silencio.
—Luna…
—Además, piensa en las ventajas. —La niña levantó un dedo con expresión solemne—. Llevo muchísimo tiempo mostrando condenados, explicando mundos y demostrando mi magnífica divinidad como protectora de la existencia misma. ¡Estoy agotada!
Hizo una pausa dramática.
—Me duele la cabeza.
El Nuevo la miró fijamente.
—Eso no se lo cree ni ella.
—¡Oye!
—Te he visto pasar tres días enteros leyendo historias porque no tenías nada mejor que hacer. También te he visto crear un universo entero porque te aburrías durante el desayuno.
—¡Eso fue una investigación artística!
—Y la semana pasada…
—¡SILENCIO!
El Viejo levantó tranquilamente su taza.
—Yo creo que Luna merece descansar de vez en cuando.
El Nuevo se volvió hacia él incrédulo.
—¿Tú también?
—Por supuesto. Incluso la Historia necesita momentos de tranquilidad.
Luna señaló al Viejo con entusiasmo.
—¡¿LO VEN?! ¡Alguien aquí comprende mis sacrificios!
—Aunque —añadió el anciano tras beber un sorbo de té—, sería conveniente que terminaras de ordenar los libros que dejaste tirados ayer.
La sonrisa de Luna desapareció.
—Retiro lo dicho. No mereces mi confianza.
Mientras tanto, el Narrador y el Lector seguían tomando té. Ni siquiera habían levantado la cabeza.
El Nuevo los señaló.
—¿Y vosotros dos? ¿No vais a decir nada? ¡Se supone que también tenéis trabajo!
El Narrador dejó la taza sobre el plato y suspiró con el cansancio de alguien que ha soportado demasiadas interrupciones.
—Estoy de vacaciones.
—¿Qué?
—Estoy de vacaciones —repitió—. Cada vez que intento contar una historia, Luna aparece, Haruka me interrumpe, alguien cambia el argumento o terminamos hablando de cualquier otra cosa. Estoy cansado. Esta vez voy a tomarme el té tranquilamente.
El Nuevo miró al Lector. Este levantó su taza, bebió un sorbo y asintió.
—Hasta el Lector está de acuerdo…
Siguió un silencio solemne. Entonces Luna se puso de pie sobre la pila de libros, se llevó una mano al pecho y adoptó una pose majestuosa.
—¡Exactamente! ¡Incluso la Historia necesita vacaciones! Después de tantos siglos protegiendo la existencia, observando mundos y preservando las historias de incontables seres, considero que tengo derecho a descansar de mostrar mi magnífica divinidad.
El Nuevo se tapó la cara.
—Qué vergüenza ajena.
—¡TE HE OÍDO!
—Era la intención.
Haruka suspiró y volvió a mirar los libros que le quedaban por ordenar.
—En ese caso, supongo que aprovecharé para organizar las estanterías.
Luna se quedó quieta. Incluso con los auriculares puestos, pareció escuchar esas palabras con claridad sobrenatural.
—¿Ordenar?
—Sí.
—¿Aquí?
—Naturalmente.
—¿Ahora?
Haruka la miró.
—¿Hay algún problema?
Luna contempló la Biblioteca. Miró su teléfono, donde la canción seguía sonando. Y volvió a mirar a Haruka.
—Sí. Quiero paz.
Haruka arqueó una ceja.
—Luna, ni se te ocurra…
La pequeña chasqueó los dedos. Y todos desaparecieron.
El primer sonido fue el viento. El segundo, una tos. El tercero, una voz que gritó con absoluta indignación:
—¡¡¡¿PERO QUÉ DEMONIOS HA SIDO ESO?!!!
El Nuevo se incorporó de golpe, escupiendo arena. El Viejo estaba a pocos metros, sacudiéndose la ropa con calma, aunque su rostro mostraba una sorpresa que rara vez dejaba ver. El Narrador estaba de rodillas, intentando quitarse la arena de las mangas.
—No puede ser. ¡Acababa de preparar el té!
El Lector permanecía sentado en el suelo, mirando el horizonte. Ante ellos se extendía un desierto inmenso. Sin árboles, sin edificios, sin caminos. Solo arena, dunas y un cielo pálido que llegaba hasta el infinito.
El Nuevo giró sobre sí mismo.
—¡¿DÓNDE ESTAMOS?!
—En un desierto, por lo que parece —respondió el Viejo.
—¡ESO YA LO VEO!
—Entonces no comprendo la pregunta.
—¡¿CÓMO PUEDES ESTAR TAN TRANQUILO?!
El Narrador levantó una mano.
—Propongo que volvamos a la Biblioteca, recuperemos el té y finjamos que nada ha pasado.
—¡Excelente idea! —exclamó el Nuevo—. ¡Por una vez dices algo sensato!
Todos callaron. Entonces se dieron cuenta de que faltaba alguien.
Haruka estaba unos metros más allá, arrodillada sobre la arena. Tenía el cabello cubierto de polvo y la ropa llena de granos de arena. Su expresión era tan inmóvil que daba más miedo que cualquier grito.
El Viejo dejó su taza en el suelo. El Nuevo retrocedió un paso. El Narrador dejó de sacudirse la ropa. Hasta el Lector se incorporó.
Haruka levantó la cabeza.
—Luna.
Su voz era suave. Demasiado suave.
—Cuando vuelva a la Biblioteca, esa mocosa va a recibir un castigo tan grande que no volverá a enviarme a un lugar al azar solo porque quiere escuchar música.
Nadie respondió. El viento sopló entre las dunas.
—Y después —continuó poniéndose de pie—, va a ayudarme a ordenar todos los libros que ha dejado tirados durante el último siglo.
El Nuevo empezó a temblar.
—Nunca la había visto así…
—Yo tampoco —murmuró el Viejo.
El Narrador tragó saliva.
—Creo que deberíamos buscar agua.
El Nuevo lo miró horrorizado.
—¿AGUA? ¡¿ESO ES LO QUE TE PREOCUPA?!
Haruka se sacudió la arena de los hombros.
—Bien. Vamos a averiguar dónde estamos.
Y echó a andar. Los demás la siguieron de inmediato. Nadie se atrevió a sugerir que esperaran a que se le pasara el enfado.
Mientras tanto, en la Biblioteca Infinita, Luna seguía sentada sobre su pila de libros. La canción llegó a su parte favorita. Sonrió, movió la cabeza al ritmo y volvió a escuchar el estribillo. Todo estaba tranquilo. Demasiado tranquilo.
—¡Ahhh! ¡Esto sí que es vida!
Levantó la vista y vio que ya no había nadie para interrumpirla. Su sonrisa se ensanchó.
—Perfecto. Ahora sí podré concentrarme de verdad.
Deslizó el dedo por la pantalla, detuvo la música y abrió otra historia. La portada era oscura, sin título visible, solo una ilustración que parecía ocultar algo entre las sombras. Luna la miró con entusiasmo infantil.
—¡Oh! ¡Esta es una de mis favoritas!
Se volvió hacia ti.
—Oye, mientras ellos están ocupados… ¿qué te parece si visitamos esta historia de terror? —Sonrió de oreja a oreja—. A ver si consigues descubrir el misterio que esconde.
La Biblioteca permaneció en silencio. Luna se volvió a poner los auriculares. Y sin sospechar lo que le esperaba cuando Haruka regresara, volvió a poner la canción desde el principio.
El rugido de una ola golpeó el casco y la embarcación entera tembló como si fuera a partirse en dos.
—¡AGÁRRENSE DE ALGO!
El grito de Daniel fue devorado casi por completo por el estruendo del viento. Un instante después, una pared de agua se alzó frente a ellos y cayó sobre la cubierta con una violencia brutal. La madera crujió bajo la fuerza del impacto; las cuerdas se tensaron hasta el límite, amenazando con romperse, y el agua helada barrió todo lo que no estaba firmemente sujeto. El pequeño velero se estremeció, sacudido como un juguete entre las olas.
Daniel cayó de rodillas, aferrándose a la barandilla con ambas manos. El agua le cubrió las piernas antes de que consiguiera recuperar el equilibrio. A su izquierda, Lucía luchaba por asegurar una cuerda que se agitaba salvajemente; cerca de la escotilla, Marcos y Elena empujaban con todas sus fuerzas contra la puerta, cuya bisagra gemía bajo la presión.
Nadie sabía cuánto tiempo más resistiría el barco. La tormenta llevaba casi una hora azotándolos sin misericordia. Y lo peor: ya no controlaban hacia dónde iban.
—¡Daniel, la amarra principal! —gritó Elena por encima del estruendo.
Levantó la cabeza justo a tiempo: la cuerda que sostenía los restos de la vela comenzó a deslizarse. Se lanzó hacia ella, la atrapó… y el tirón casi lo arrastra por la borda.
—¡Maldición! ¡No puedo sujetarla mucho tiempo!
—¡No la sueltes! —respondió Marcos, apoyando el hombro contra la escotilla—. ¡Si se suelta, esto vuela en pedazos!
—¡Pues ven a ayudarme, genio!
Marcos miró la puerta, luego a Daniel y finalmente al cielo negro que se cernía sobre ellos.
—¡Elena, sostén esto!
—¿Y cómo se supone que lo haga?!
Aun así, ella cambió de posición y apoyó todo su peso contra la escotilla. Marcos corrió hacia Daniel y juntos tiraron de la cuerda con desesperación, mientras el viento parecía empeñado en arrancarles los brazos. Finalmente, con las manos entumecidas, consiguieron amarrarla firmemente al mástil.
Daniel se desplomó contra la cubierta, respirando con dificultad.
—Odio el mar.
—Eso ya lo has dicho veinte veces —respondió Marcos, sin aliento.
—Pues ahora lo odio veintiuna.
Lucía soltó una risa nerviosa, breve y temblorosa.
—Si no nos reímos un poco, empiezo a llorar.
—Hazlo cuando estemos en tierra firme —dijo Elena—. Prefiero no tener que rescatarte también del agua.
Nadie sonrió demasiado. La situación era demasiado grave. Habían perdido las velas. El timón estaba destrozado. El motor auxiliar se había apagado, inundado por la entrada de agua. Ahora eran poco más que un trozo de madera a merced del océano. Y el océano no tenía intención de dejarlos marchar.
Dentro de la cabina, los golpes de las olas sonaban como explosiones. Clara estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared y los brazos rodeando a su hija. Sofía, de apenas seis años, permanecía acurrucada contra ella, escondiendo el rostro bajo la chaqueta impermeable de su madre. La niña temblaba; no entendía todo lo que ocurría, pero sabía que nada estaba bien. El barco se inclinaba de forma aterradora. Cada golpe hacía temblar las paredes.
—Mamá…
Clara bajó la mirada.
—Estoy aquí, cariño.
—¿Se va a hundir el barco?
La pregunta le atravesó el pecho como una flecha. La apretó con más fuerza, procurando que no notara cómo sus propias manos temblaban.
—No. Los chicos lo están haciendo muy bien. Vamos a estar bien.
No era del todo cierto. Daniel sabía navegar, Marcos entendía de motores, Elena había navegado desde niña y Lucía era una excelente nadadora. Pero ninguno había vivido algo así. Y Clara lo sabía: el casco sufría demasiado; el agua se filtraba por la popa. Si la tormenta no cesaba pronto…
—¿Cuándo llegamos a casa?
Clara sintió que se le cerraba la garganta. Habían salido hacía dos días para una travesía tranquila, unas vacaciones lejos de todo. Sofía estaba emocionada, preguntaba por peces, se asomaba al horizonte… ahora temblaba entre sus brazos.
—Pronto —prometió, besándole la frente—. En cuanto pase todo esto, pediremos ayuda y volveremos con papá.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo.
El barco se inclinó bruscamente. Sofía soltó un pequeño grito y se aferró a ella. Clara la protegió con su propio cuerpo mientras otra ola golpeaba el costado, sintiendo una impotencia que le helaba la sangre.
La siguiente media hora fue un esfuerzo agotador. Despejaron la cubierta de objetos que podían volverse proyectiles; Lucía bombeó sin descanso el agua que se acumulaba en la popa; Elena revisó provisiones y equipos de emergencia. Tenían las manos entumecidas por el frío, la ropa empapada, los músculos ardiendo. Pero no se detuvieron: detenerse era dejarse vencer.
Entonces, casi sin previo aviso, el viento comenzó a aflojar.
Daniel fue el primero en notarlo. Las ráfagas perdían fuerza; la lluvia, que hasta hacía instantes apenas dejaba abrir los ojos, comenzó a caer más suave. A través de una brecha entre las nubes, una luz grisácea se derramó sobre el agua.
—Esperen… —murmuró.
Marcos levantó la cabeza desde el compartimento del motor.
—¿Qué pasa?
Daniel miró hacia el horizonte.
—Creo que está pasando.
Lucía dejó de bombear, sin atreverse a creerlo.
—¿La tormenta?
—Parece que sí.
El silencio regresó poco a poco: el crujir suave de la madera, el agua lamiendo los costados, sus propias respiraciones agitadas. Elena se deslizó hasta la pared y se dejó caer, cerrando los ojos.
—Dios mío…
Daniel soltó una risa cansada y temblorosa.
—¡Seguimos vivos!
Marcos se sentó junto a él, aunque su expresión seguía seria.
—No cantemos victoria todavía.
—¡Déjame disfrutar cinco minutos, maldita sea!
La puerta de la cabina se abrió. Clara salió con Sofía de la mano, envuelta en una manta. La niña miraba el cielo con desconfianza.
—¿Ya terminó?
Daniel se agachó frente a ella.
—¡Sí, pequeña! Lo hemos logrado.
La niña corrió a abrazarlo.
—Tenía mucho miedo.
—Yo también —le confesó en voz baja—. Pero no se lo digas a los demás, que tengo reputación que cuidar.
Sofía sonrió. Por primera vez en horas, todos pudieron sonreír. Pero la alegría duró poco. Marcos permanecía junto a la barandilla, mirando hacia fuera con el ceño fruncido.
—No quiero arruinar el momento —dijo con voz tensa—, pero creo que deberíamos dejar de celebrar.
Daniel se volvió hacia él.
—¿Por qué?
Marcos señaló el horizonte.
—Miren las nubes. No se han ido. Forman un anillo gigantesco a nuestro alrededor. Estamos en el ojo de la tormenta.
Elena palideció.
—¿Estás seguro?
—Si lo estoy, la otra pared de viento nos alcanzará en cuestión de minutos. Tenemos muy poco tiempo.
—De acuerdo —dijo Daniel, recuperándose de golpe—. No tenemos timón, no tenemos motor, no tenemos velas. Si queremos salir de aquí, necesitamos ayuda.
—Primero saber dónde estamos —señaló Elena.
—Y luego llegar a algún sitio antes de que regrese la tormenta —completó Marcos.
Sofía se escondió parcialmente tras su madre.
—¿Va a volver?
Clara la miró a los ojos.
—Vamos a encontrar ayuda. Te lo prometo.
Volvieron a actuar. Daniel intentó contactar por radio: solo estática. Elena escaneó el horizonte una y otra vez: nada. Treinta minutos pasaron. La calma era engañosa; la muralla de nubes oscuras seguía ahí, rodeándolos.
Entonces, Elena gritó con voz quebrada por la emoción:
—¡Vengan! ¡Rápido!
Todos corrieron hacia ella. Apuntaba a un punto lejano entre dos nubes. Daniel tomó los prismáticos. Al principio no vio nada… entonces una silueta emergió de la bruma. La enfocó con manos temblorosas.
—Es un barco —susurró. Y luego, más fuerte—: ¡Es un crucero!
Lucía miró y soltó un sollozo de alivio.
—¡Estamos salvados!
—Todavía no —advirtió Marcos—. Tenemos que llegar hasta él.
El bote auxiliar era pequeño, de remos, frágil. Pero era lo único que tenían. Marcos se ofreció: conocía de motores, sabría manejar una lancha de regreso.
—Vuelvo en menos de una hora —dijo, ajustándose el chaleco salvavidas.
Sofía lo detuvo antes de subir. Le tomó la mano.
—Ten cuidado.
Él le sonrió, apretando suavemente sus dedos.
—Lo tendré.
Se alejó remando. Los demás lo vieron convertirse en un punto diminuto sobre la inmensidad del océano. Veinte minutos después, llegó al costado del crucero y subió a bordo. Esperaron. Y esperaron.
Entonces una lancha con motor apareció, alejándose del enorme barco hacia ellos. Venía rápido. Todos sonrieron… hasta que Daniel entrecerró los ojos.
—Está solo.
La lancha atracó. Marcos tenía el rostro pálido, los ojos muy abiertos, como si hubiera visto algo que no lograba comprender.
—¿Dónde está la gente? —preguntó Elena.
Marcos tragó saliva.
—No hay nadie.
El viento pareció detenerse.
—¿Qué? —susurró Lucía.
—Subí. Recorrí cubiertas, pasillos, camarotes. Llamé. Grité. No hay nadie. Las luces encendidas, las puertas abiertas, las mesas puestas… pero nadie.
—Eso es imposible —dijo Daniel—. Es un crucero entero. Cientos de personas.
—No sé qué pasó. Pero no hay nadie.
Miraron la enorme embarcación que se alzaba sobre ellos, imponente, iluminada, perfecta… y vacía.
—Podrían haber evacuado —sugirió Daniel, aunque no se convencía ni a sí mismo—. Antes de que empeorara el tiempo.
—¿Y dejaron todo encendido? —preguntó Elena—. ¿Comida en las mesas? ¿Nadie cerró nada?
Nadie respondió. Las nubes avanzaban. No tenían tiempo de buscar explicaciones.
—Subiremos nosotros —decidió Marcos—. Revisaremos las comunicaciones. Si hay alguien, lo encontraremos. Si no… al menos tendremos un lugar seguro.
Nadie quería ir. Pero nadie tenía otra opción.
Subieron a la lancha. Al acercarse, el crucero parecía aún más gigantesco. Las ventanas brillaban con luz cálida. Sofía miró hacia arriba, frunciendo el ceño.
—Mamá… —señaló una ventana—. ¿Por qué tienen las luces encendidas si no hay nadie?
Clara miró. Solo vio el reflejo del cielo gris.
—Quizá se les olvidó apagarlas.
La niña no respondió, pero no apartó la vista de aquella ventana.
Atracaron. Subieron por la pasarela. El silencio los recibió de inmediato: un silencio denso, pesado, que no debía existir en un lugar hecho para la vida y la alegría. Todo estaba en su sitio. Todo listo. Y sin embargo…
Estaban completamente solos.
Y aunque no lo sabían todavía, esa era la verdad que empezaban a descubrir: el crucero no estaba abandonado.
Estaba esperando.
La lancha se aproximó lentamente al costado del crucero. A medida que la distancia se reducía, la verdadera dimensión de aquella embarcación se hacía cada vez más evidente. El casco se alzaba varios metros sobre el agua, y las cubiertas superiores parecían extenderse hasta tocar el cielo cubierto de nubes. Filas de ventanas recorrían los costados del barco, algunas iluminadas por una luz tenue que contrastaba con la oscuridad que comenzaba a acumularse en el horizonte.
Daniel observó la estructura con una mezcla de alivio y desconfianza.
—Visto de cerca es todavía más grande —murmuró.
—Y sigue sin haber nadie —respondió Marcos.
No era una exageración. Desde que habían abandonado el velero, ninguno había visto movimiento en las cubiertas. No había tripulantes esperando junto a las barandillas, ni pasajeros observando el mar, ni siquiera alguien que hubiera salido a investigar el ruido del motor de la lancha. El crucero parecía completamente abandonado.
Marcos redujo la velocidad y condujo la embarcación hacia una plataforma de acceso situada cerca de la parte trasera. Encontraron una escalera metálica que descendía hasta el agua y una puerta de servicio que, para su sorpresa, no estaba cerrada con llave.
—Bueno, al menos no tendremos que entrar rompiendo una ventana —comentó Elena mientras subía.
—No hagas bromas sobre eso —respondió Lucía—. Todavía no sabemos qué ha pasado aquí.
Elena no contestó. Cuando todos estuvieron a bordo, Daniel fue el primero en acercarse a la puerta de servicio. La empujó con cuidado y esta se abrió con un chirrido que resonó por el pasillo interior. Al otro lado los recibió una iluminación blanca y uniforme. El corredor estaba limpio. Las paredes conservaban su decoración original, las alfombras estaban perfectamente colocadas y varias puertas se alineaban a ambos lados. No había señales de daños, inundaciones ni de una evacuación apresurada.
Daniel asomó la cabeza.
—¿Hola? ¿Hay alguien?
Su voz recorrió el pasillo y se perdió en la distancia. No hubo respuesta. Volvió a intentarlo, esta vez con más fuerza.
—¡Necesitamos ayuda! ¡Somos seis personas y nuestro barco ha quedado inutilizado por la tormenta!
El silencio fue absoluto. Marcos entró detrás de él.
—Parece que tendremos que buscar por nuestra cuenta.
—Sí, pero no nos separemos demasiado —advirtió Lucía—. No conocemos este barco y todavía no sabemos si hay algún peligro.
—Estoy de acuerdo —dijo Clara.
Sofía, que caminaba junto a su madre, observaba todo con curiosidad. El pasillo le parecía enorme y las luces del techo le recordaban a las de un centro comercial. Después de tantas horas encerrada en la cabina del velero, aquella amplitud parecía casi maravillosa.
—Mamá, ¿aquí viven muchas personas?
Clara le acarició la cabeza.
—Normalmente, sí. Los cruceros transportan a muchos pasajeros.
—¿Y dónde están?
La pregunta hizo que los adultos intercambiaran miradas.
—Eso es lo que vamos a averiguar, cariño —respondió Clara.
Continuaron avanzando. La primera zona que encontraron fue un conjunto de camarotes. Daniel abrió una de las puertas y encendió la luz. Había dos camas perfectamente hechas, un pequeño escritorio, un armario abierto y un cuarto de baño impecable. Sobre la mesa descansaba un folleto con información turística. En el armario había ropa colgada y, junto a una de las camas, un par de zapatos descansaba cuidadosamente alineado. Parecía una habitación preparada para recibir a sus ocupantes. Lo extraño era que no había nadie.
Daniel revisó el baño y abrió el armario.
—Nada.
En el siguiente camarote encontraron una disposición similar. Dos maletas descansaban junto a la pared, una chaqueta colgaba del respaldo de una silla y varios objetos personales permanecían sobre el escritorio. No parecía que los pasajeros hubieran recogido sus pertenencias antes de marcharse. Tampoco había indicios de que alguien hubiera registrado las habitaciones. Era como si todos hubieran salido a dar un paseo y estuvieran a punto de regresar.
—Quizá los evacuaron durante la tormenta —sugirió Elena, aunque su voz carecía de convicción.
Marcos negó con la cabeza.
—¿A todos? ¿Sin llevarse las maletas? ¿Y dejando el barco lleno de cosas?
—No sé. Tal vez los trasladaron a otra embarcación.
—Entonces, ¿por qué dejaron todos los botes salvavidas?
Aquello los hizo detenerse. Durante el recorrido exterior habían visto las embarcaciones de emergencia perfectamente sujetas a sus soportes. Las cubiertas estaban despejadas y los mecanismos de lanzamiento parecían intactos. No había señales evidentes de que los botes hubieran sido desplegados. Si los pasajeros habían abandonado el crucero, ¿cómo lo habían hecho?
—Puede que haya otra salida —dijo Daniel finalmente—. No vamos a encontrar la respuesta mirando los mismos camarotes una y otra vez.
Siguieron adelante. Recorrieron una sala de espectáculos con filas de asientos vacíos, una tienda con estanterías repletas de productos, un gimnasio donde las máquinas permanecían alineadas y una zona recreativa en la que varias mesas estaban preparadas para algún tipo de actividad. Todo estaba en orden. Demasiado ordenado. No había cristales rotos, muebles volcados ni manchas que indicaran una lucha. Tampoco encontraron mensajes de emergencia, equipaje abandonado en los pasillos o señales que explicaran una evacuación. El crucero no parecía haber sufrido un desastre. Parecía haber perdido a todos sus ocupantes sin que nadie tuviera tiempo de darse cuenta.
El comedor principal fue lo último que revisaron antes de decidir qué hacer. Las puertas dobles se abrieron ante ellos y dejaron al descubierto una sala amplia, iluminada por lámparas colgantes. Las mesas estaban cubiertas con manteles blancos, los cubiertos descansaban junto a los platos y las copas estaban colocadas con una precisión casi ceremonial. En algunas mesas había jarras de agua y recipientes con alimentos envasados. En otras, los platos permanecían vacíos, esperando a unos comensales que nunca habían llegado.
Clara sintió un escalofrío.
—Esto es muy extraño.
—¿Por qué? —preguntó Sofía.
—Por nada, cariño.
La niña se soltó de su mano y se acercó a una de las mesas.
—¡Mamá, mira! ¡Hay comida!
En otras circunstancias, Clara le habría pedido que no tocara nada. Pero llevaban horas sin comer adecuadamente, y la pequeña estaba agotada. Después de comprobar que varios recipientes estaban cerrados y que los alimentos no parecían estropeados, Daniel decidió que podían utilizar aquella sala mientras organizaban su situación. No tenían motivos para pensar que la comida fuera peligrosa, aunque acordaron evitar cualquier cosa cuyo estado no pudieran comprobar.
—Comamos algo y después buscaremos la sala de comunicaciones —dijo—. Necesitamos contactar con alguien cuanto antes.
La propuesta fue recibida con un alivio evidente. Lucía y Elena se sentaron juntas, mientras Marcos buscaba algo que pudiera servir para alimentar a todos. Clara acomodó a Sofía en una silla y le puso delante un plato. La pequeña comenzó a comer con tantas ganas que, por primera vez desde el comienzo de la tormenta, los adultos pudieron contemplarla sin sentir que tenían que estar preparados para otra emergencia.
—Despacio, cariño —le recordó Clara—. Nadie va a quitarte la comida.
—¡Es que tengo mucha hambre!
Daniel soltó una risa.
—Después de todo lo que hemos pasado, creo que todos tenemos derecho a comer un poco más de lo habitual.
—Habla por ti —dijo Elena, sirviéndose otra porción—. Yo pienso comer hasta que no pueda moverme.
—Eso explicaría muchas cosas —comentó Marcos.
Elena le lanzó una servilleta.
Lucía se echó a reír, y hasta Clara terminó sonriendo. Sofía los observó a todos con satisfacción. Le gustaba cuando los adultos volvían a bromear. Significaba que las cosas estaban mejorando, que el peligro había quedado atrás y que pronto podrían regresar a casa. Mientras la niña continuaba comiendo, Clara le apartó un mechón de cabello de la frente. Era increíble lo rápido que había cambiado el día. Por la mañana habían salido de viaje convencidos de que regresarían sin mayores complicaciones. Después llegó la tormenta, perdieron el control del velero y pasaron una hora temiendo que una ola los enviara al fondo del océano. Ahora estaban sentados en un crucero enorme, con comida, camas y protección frente a la lluvia. Seguían sin saber qué había sucedido con los pasajeros, pero Daniel encontraría una manera de pedir ayuda. Tenía que encontrarla. Clara quería creerlo. Necesitaba creerlo.
—Voy a revisar la sala de comunicaciones —anunció Daniel cuando terminaron de comer—. Si conseguimos establecer contacto con la guardia costera, podremos explicar nuestra situación y solicitar un rescate.
Marcos se limpió las manos con una servilleta.
—¿Quieres que te acompañe?
—No. Prefiero que te quedes aquí con ellas. Si consigo establecer contacto, necesitaré que alguien prepare todo para cuando llegue la ayuda.
Marcos asintió. Daniel se levantó, se guardó una pequeña linterna en el bolsillo y abandonó el comedor. Los demás lo siguieron con la mirada hasta que desapareció por la puerta. Por primera vez desde que habían llegado al crucero, todos tuvieron unos minutos para descansar. Sin embargo, ninguno dejó de pensar en las mismas preguntas. ¿Dónde estaban los pasajeros? ¿Por qué habían dejado sus pertenencias? ¿Y cómo era posible que una embarcación de semejante tamaño estuviera completamente vacía?
Daniel tardó casi cuarenta minutos en regresar. Durante ese tiempo, los demás permanecieron en el comedor. Marcos revisó algunos de los mapas que habían encontrado en un mostrador cercano, intentando determinar la ubicación aproximada del crucero. Lucía y Elena inspeccionaron las puertas que comunicaban con las otras zonas del barco, pero no encontraron nada que explicara la desaparición de sus ocupantes. Clara se quedó junto a Sofía. La niña había terminado de comer y ahora dibujaba sobre una servilleta con un lápiz que había encontrado en su mochila. De vez en cuando levantaba la mirada para comprobar que su madre seguía allí. Clara siempre le sonreía. No quería que el miedo volviera a apoderarse de ella.
Finalmente, Daniel apareció en la entrada. No parecía herido, pero su expresión era lo bastante seria para que todos dejaran de hablar.
—Necesito que vengáis un momento —dijo.
Marcos se puso de pie.
—¿Has conseguido contactar con alguien?
Daniel miró a Sofía.
—Prefiero hablar con vosotros primero.
Clara comprendió inmediatamente lo que quería decir. Se inclinó hacia su hija y le acomodó la manta alrededor de los hombros.
—Cariño, ¿por qué no te quedas aquí un momento? Voy a hablar con los demás y enseguida vuelvo.
Sofía dejó el lápiz.
—¿Pasa algo malo?
Clara sintió una punzada de culpa.
—No, mi vida. Solo tenemos que decidir qué vamos a hacer.
La niña la observó unos segundos antes de asentir.
—Está bien.
Clara le besó la frente y se reunió con los demás cerca de una de las puertas laterales. Daniel esperó hasta que estuvieron lo bastante lejos para que Sofía no pudiera escucharlos con claridad. Después habló en voz baja.
—No he conseguido poner en marcha las comunicaciones.
Marcos frunció el ceño.
—¿La radio está dañada?
—No lo sé. Los equipos que he encontrado están apagados y no he conseguido establecer contacto con ninguna estación. No parece que haya una señal activa en los sistemas que he revisado.
—¿Y el motor?
Daniel negó con la cabeza.
—Tampoco he podido hacerlo funcionar. No tengo suficiente información para saber qué le ocurre, pero por ahora no podemos contar con él.
Elena se pasó una mano por el rostro.
—Fantástico. Estamos atrapados en un barco fantasma.
—No lo llames así —murmuró Lucía.
—¿Y cómo quieres que lo llame? ¿Un crucero con problemas de asistencia al cliente?
—Basta —intervino Marcos—. No nos ayuda discutir.
Daniel respiró profundamente antes de continuar.
—Hay otra cosa. He revisado parte de los paneles de control y algunos de los equipos de navegación, pero no he encontrado nada que permita determinar qué ocurrió aquí. Necesitaríamos más tiempo para inspeccionar el barco.
—¿Y cuánto tiempo tenemos? —preguntó Elena, señalando hacia las ventanas—. Porque la tormenta no va a esperarnos.
Todos miraron hacia el exterior. La pared de nubes oscuras seguía avanzando lentamente sobre el océano. Los relámpagos aparecían de vez en cuando en su interior, iluminando la lluvia que caía a lo lejos. La calma estaba llegando a su fin.
—Lo sé —respondió Daniel—. Por eso creo que deberíamos quedarnos aquí.
Lucía lo miró con incredulidad.
—¿Quieres quedarte en un crucero abandonado?
—Quiero quedarme en una embarcación construida para transportar a miles de personas y soportar condiciones marítimas mucho peores que las que nuestro velero podía resistir. No podemos controlar el rumbo, pero al menos tenemos un casco mucho más grande y una estructura más robusta. Si la tormenta nos alcanza de nuevo, estaremos en mejores condiciones aquí que en nuestro barco.
Marcos asintió lentamente.
—En eso tiene razón. Este crucero tiene más posibilidades de soportar el oleaje que nuestra embarcación.
—Y hay alimentos, agua, camas y suministros —añadió Daniel—. No sabemos cuánto tiempo tardará en llegar la ayuda, pero podemos mantenernos a salvo mientras tanto.
Elena cruzó los brazos.
—Siempre y cuando no haya alguna razón por la que todo el mundo haya abandonado este barco.
La frase quedó suspendida en el aire. Nadie quiso responder. Daniel continuó, aunque su expresión había perdido parte de la seguridad inicial.
—Si el crucero pertenece a una compañía, es razonable pensar que alguien estará intentando localizarlo. Puede que tengan algún sistema de seguimiento, que hayan registrado su última posición o que estén esperando a que pase la tormenta para enviar una embarcación. No sabemos qué ocurrió, pero tampoco tenemos motivos para asumir lo peor.
—¿Y si nadie viene? —preguntó Lucía.
Daniel la miró directamente.
—Entonces encontraremos otra manera de salir de aquí. Pero ahora mismo este barco es nuestra mejor opción.
Marcos contempló el suelo durante unos segundos. Finalmente, asintió.
—Estoy de acuerdo. Nos quedamos hasta que podamos conseguir ayuda.
Elena soltó un suspiro.
—Supongo que no tenemos muchas alternativas.
Lucía miró hacia el comedor.
—Por lo menos Sofía podrá descansar. No quiero que vuelva a pasar otra noche en ese velero.
Clara no respondió. Había escuchado toda la conversación, pero su atención se había desviado varias veces hacia la mesa donde había dejado a su hija. Sofía seguía sentada en la silla. O eso había creído ver. Durante la última parte de la conversación, la niña se había girado varias veces para comprobar dónde estaba su madre. Clara le había devuelto la sonrisa cada vez que sus miradas se encontraban, intentando transmitirle tranquilidad. Era un gesto sencillo. Uno que había repetido miles de veces desde que Sofía nació.
Por eso, cuando volvió a mirar hacia la mesa y no encontró a su hija, tardó un instante en comprender lo que estaba viendo. La silla estaba vacía. La servilleta con el dibujo seguía sobre la mesa. El lápiz descansaba junto al plato. Pero Sofía ya no estaba allí.
Clara parpadeó. Miró debajo de la mesa, como si la niña hubiera podido agacharse para recoger algo. Después observó las sillas cercanas y la puerta por la que se accedía al comedor. Nada. El corazón comenzó a golpearle el pecho.
—¿Sofía?
Su voz fue apenas un susurro. Nadie respondió. Clara dio un paso hacia la mesa.
—¿Sofía, cariño?
Miró detrás de una columna, después hacia el mostrador donde habían encontrado la comida. No había nadie. Una sensación helada le recorrió la espalda.
—¿Dónde está mi hija?
Los demás se volvieron hacia ella. Daniel frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
Clara comenzó a caminar más deprisa.
—¡Sofía!
Su voz se elevó, resonando por todo el comedor.
—¡SOFÍA!
Corrió hasta la mesa y apartó las sillas de golpe, buscando a la niña debajo de ellas. Después se precipitó hacia la puerta por la que habían entrado, mirando a ambos lados del pasillo.
—¡Sofía! ¡Cariño, contéstame!
Daniel reaccionó inmediatamente.
—¡Clara, espera!
Pero ella ya estaba corriendo. Marcos salió tras ella, seguido de Lucía y Elena. Daniel fue el último en abandonar el comedor, después de comprobar que la mesa estaba realmente vacía.
Clara recorría el pasillo llamando a su hija, cada vez más desesperada.
—¡Sofía! ¡Mi vida, ¿dónde estás?!
Abrió la primera puerta que encontró. Un camarote vacío. La siguiente. Un baño desocupado. La tercera. Una pequeña sala de almacenamiento. Nada.
—¡SOFÍA!
Su grito se quebró al final. Daniel consiguió alcanzarla junto a una escalera.
—Clara, escúchame. Vamos a encontrarla.
—¡Estaba sentada en la mesa! ¡Estaba justo allí! ¡Solo me giré un momento y desapareció!
—Lo sé. Vamos a buscarla.
—¡¿CÓMO HA PODIDO DESAPARECER?!
Daniel no respondió. Porque él también se hacía esa pregunta. Marcos se acercó a ellos.
—Tenemos que organizarnos. No podemos recorrer el barco gritando sin saber dónde hemos buscado.
Clara lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—¡Es mi hija!
—Lo sé —respondió Marcos, con suavidad—. Y vamos a encontrarla. Pero necesitamos mantener la cabeza fría.
Clara respiró con dificultad, intentando contener el pánico. Lucía se acercó y le tomó una mano.
—No está sola. La encontraremos.
Aquellas palabras apenas consiguieron tranquilizarla, pero Clara asintió. No tenía otra cosa a la que aferrarse. Y comenzaron a buscar.
Durante la primera hora recorrieron las cubiertas de pasajeros. Revisaron los camarotes uno por uno, abrieron armarios, inspeccionaron baños y miraron debajo de las camas. Llamaron a Sofía desde las escaleras, los pasillos y las salas recreativas, esperando escuchar su voz o el sonido de sus pequeños pasos. No encontraron nada. Después revisaron la zona de restaurantes, las tiendas y los espacios comunes. Daniel comprobó los accesos exteriores para asegurarse de que ninguna puerta hubiera quedado abierta hacia una cubierta desde la que la niña pudiera haber caído accidentalmente. Las barandillas estaban intactas. No encontraron señales de una caída. Tampoco había ropa, zapatos ni objetos personales que indicaran que Sofía hubiera salido del barco. Era como si se hubiera desvanecido.
Clara se negaba a detenerse. Cada vez que alguien sugería revisar una zona por segunda vez, ella asentía y volvía a caminar. Sus manos temblaban, su respiración era irregular y las lágrimas le recorrían el rostro, pero seguía llamando a su hija.
—¡Sofía! ¡Cariño, mamá está aquí!
Su voz comenzó a quedarse ronca.
—¡Por favor, contéstame!
Elena caminaba detrás de ella, tratando de mantener el paso.
—Clara, necesitamos descansar un momento.
—¡NO!
—No te estoy diciendo que dejemos de buscarla. Solo que…
—¡MI HIJA ESTÁ AQUÍ! ¡NO VOY A DESCANSAR MIENTRAS NO LA ENCUENTRE!
Elena se quedó callada. No podía reprochárselo. Ninguna de ellas habría sido capaz de permanecer sentada sabiendo que su hija había desaparecido en un barco desconocido.
Daniel y Marcos revisaron los pasillos de servicio. Encontraron almacenes, salas técnicas y varios compartimentos cerrados, pero ninguno contenía señales de que alguien hubiera estado allí recientemente. Algunas puertas estaban bloqueadas electrónicamente. Otras podían abrirse con tarjetas de acceso que no tenían. Cada nueva habitación vacía aumentaba la sensación de estar buscando en un lugar que no obedecía las reglas normales. El crucero era demasiado grande. Los pasillos se parecían entre sí, las escaleras conectaban cubiertas que parecían repetirse y las señalizaciones no siempre coincidían con los planos que habían encontrado. Aun así, continuaron.
Cuando transcurrieron dos horas, Clara apenas podía mantenerse en pie. Se apoyó contra una pared y se cubrió el rostro con las manos.
—No puede haber desaparecido…
Lucía se acercó y la abrazó.
—La encontraremos.
Clara negó con la cabeza.
—Estaba allí. La estaba mirando. La vi sentada en la mesa… y después…
No pudo continuar. Lucía la estrechó con fuerza, sin saber qué decir. A pocos metros, Daniel observaba el pasillo con el rostro endurecido. Habían registrado buena parte del barco. No habían encontrado pasajeros, tripulantes ni ninguna señal de que alguien estuviera escondiéndose. Y ahora una niña había desaparecido sin dejar rastro.
—Tenemos que revisar las cubiertas inferiores —dijo finalmente.
Marcos lo miró.
—¿Crees que pudo entrar en una zona de servicio?
—No lo sé. Pero es lo único que nos queda por comprobar.
Elena levantó la cabeza.
—Entonces vamos.
Clara se separó de Lucía.
—Yo también voy.
—Clara…
—¡Es mi hija! ¡No voy a quedarme esperando mientras vosotros la buscáis!
Daniel asintió.
—Está bien. Pero permaneced juntos. Si encontramos una puerta cerrada, no intentéis forzarla sin comprobar primero qué hay detrás.
Nadie discutió. Descendieron por una escalera de servicio que conducía a las cubiertas inferiores. Allí el aire era más frío y el sonido del océano se escuchaba con mayor claridad a través del casco. Las luces seguían encendidas. Los pasillos continuaban limpios. Y el silencio era tan profundo que podían escuchar sus propios pasos.
Daniel consultó el plano.
—Hay una sala de almacenamiento más adelante. Después deberíamos llegar a la zona de mantenimiento.
Marcos avanzó unos metros. Entonces se detuvo.
—Esperad.
Los demás guardaron silencio. Al principio, Clara solo escuchó el zumbido de las luces y el rumor del agua contra el casco. Después distinguió algo más. Un sonido leve. Casi imperceptible. Procedía del pasillo que se extendía frente a ellos.
Clara levantó la cabeza.
—¿Sofía?
Nadie respondió. El sonido volvió a escucharse. Esta vez parecía un pequeño golpe, seguido de un crujido. Clara echó a correr antes de que Daniel pudiera detenerla.
—¡SOFÍA!
Los demás la siguieron. El pasillo desembocaba en una puerta doble que conducía a uno de los salones interiores del crucero. Las puertas estaban entreabiertas y una fina línea de luz se extendía sobre el suelo. Clara llegó primero. Empujó una de las puertas con ambas manos.
—¡Sofía, cariño, mamá está aquí!
La puerta se abrió. Y Clara gritó. No fue un grito de sorpresa ni de alivio. Fue un sonido desgarrador, tan violento que pareció salir de lo más profundo de su cuerpo. Un alarido que rebotó contra las paredes del salón y recorrió el pasillo como si algo estuviera desgarrándole la garganta.
Daniel llegó detrás de ella. Se detuvo en seco. Marcos chocó contra su hombro, pero tampoco consiguió dar un paso más. Elena se llevó una mano a la boca. Lucía quedó inmóvil junto a la puerta.
En el centro del salón, bajo la luz pálida que descendía del techo, estaba Sofía. La pequeña permanecía crucificada sobre una estructura vertical, con los brazos extendidos y el cuerpo inmóvil. Su ropa estaba manchada y su cabello caía sobre el rostro, ocultando parcialmente sus facciones. No había ninguna señal de que hubiera llegado allí por sus propios medios. Tampoco había indicios de que aquello fuera un accidente. Alguien la había colocado allí. Alguien había dispuesto su cuerpo de aquella manera y lo había dejado en el centro de la sala, como si quisiera asegurarse de que cualquiera que entrara pudiera verla.
Clara cayó de rodillas.
—No… no… no…
Intentó avanzar, pero las piernas no le respondieron. Sus manos se extendieron hacia la niña sin llegar a tocarla.
—Sofía… cariño… despierta, mi vida. Por favor, despierta…
Daniel sintió que el estómago se le revolvía. No podía apartar la mirada, pero tampoco conseguía comprender lo que estaba viendo. Hacía apenas unas horas aquella niña había corrido por la cubierta, había reído durante la comida y había preguntado cuándo volverían a casa. Ahora estaba muerta. Y nadie sabía cómo había llegado hasta allí.
—Dios mío… —susurró Lucía.
Elena retrocedió un paso, chocando contra la pared. Marcos permaneció junto a la entrada, pálido, con las manos cerradas en puños. Miró el cuerpo de la niña y después recorrió el salón con la vista, buscando una explicación que no aparecía por ninguna parte. No había nadie más. Ninguna puerta abierta hacia una habitación contigua. Ninguna persona escondida entre las cortinas o detrás del mobiliario. Solo ellos. Y Sofía.
Daniel obligó a sus piernas a moverse. Se acercó unos pasos, procurando no tocar nada que pudiera ayudarles a comprender lo sucedido. No quería mirar demasiado tiempo. Pero tenía que hacerlo. La expresión del rostro de Sofía quedó parcialmente visible cuando un mechón de cabello se apartó de su frente. Daniel sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La niña tenía los ojos abiertos. Y en ellos había quedado una expresión de terror tan absoluta que parecía imposible que perteneciera a alguien tan pequeño. No era una expresión de tristeza. Tampoco de dolor pasajero. Era el rostro de alguien que había visto algo que su mente no podía comprender, algo que había llenado sus últimos instantes de una desesperación inimaginable.
Clara soltó otro grito y se arrastró hacia su hija. Lucía intentó sujetarla, pero la madre se resistió con una fuerza desesperada.
—¡SOFÍA! ¡MI NIÑA! ¡POR FAVOR!
Daniel apartó la mirada. No podía hacer nada por la pequeña. Y tampoco sabía qué podía hacer por Clara. El silencio del salón quedó roto únicamente por los sollozos de la mujer y el sonido lejano del océano golpeando el casco.
Durante unos minutos, ninguno de ellos consiguió hablar. No comprendían qué había ocurrido. No sabían quién había hecho aquello. Ni siquiera podían imaginar cómo alguien había conseguido llevar a una niña desde el comedor hasta aquel salón sin que ninguno de ellos lo advirtiera. Pero una cosa había quedado clara. El crucero no estaba vacío. No de la manera en que habían creído. Algo había ocurrido allí. Algo que había conseguido permanecer oculto mientras ellos recorrían los pasillos, comían y hablaban de sus posibilidades de supervivencia. Y ahora había matado a Sofía.
Daniel levantó lentamente la cabeza y contempló el salón. Por primera vez desde que habían subido a bordo, dejó de pensar en el crucero como un refugio. Dejó de pensar en la tormenta, en las comunicaciones averiadas o en la posibilidad de que una compañía enviara ayuda. Solo pudo pensar en una pregunta. Si alguien había hecho aquello mientras todos ellos estaban juntos en el barco… ¿dónde estaba ahora?
Afuera, las primeras ráfagas de viento volvieron a sacudir el crucero. La tormenta regresaba. Y ninguno de ellos sabía todavía que la muerte de Sofía no era el final de algo terrible. Era apenas el comienzo.