El otoño acababa de empezar y la ciudad tenía esa melancolía suave de marzo, como si el verano todavía permaneciera escondido abajo de los árboles. En el encuentro por la memoria las voces se mezclaban con canciones, lecturas y nombres que regresaban desde lejos. Había algo extraño en el aire esa noche: una sensación de un pasado suspendido, de cosas que siguen respirando en el inconsciente colectivo.
Yo estaba distraído entre la gente cuando pasó cerca mío y me saludó apenas. Después siguió caminando. Pero unos pasos más adelante giró la cara y me miró.
Nada más.
Ni una conversación.
Ni una promesa.
Ni siquiera el presentimiento claro de que algo pudiera empezar ahí.
Y sin embargo, nunca volví a ser exactamente el mismo después de esa noche.
Durante días pensé en esa mirada de una manera absurda, como si hubiese dejado una pequeña luz encendida en algún lugar al que ya no podía dejar de volver. No era solamente ella. Era la sensación extraña de haber sido desplazado apenas unos centímetros de mí mismo.
A veces, el amor empieza así, No, como una certeza ni como un destino, sino como una mínima alteración del mundo. Algo tan pequeño que casi podría confundirse con el azar y que, sin embargo, cambia secretamente la dirección de una vida.
Pienso en eso cada vez que recuerdo aquella noche de marzo. Yo había ido hasta ahí siendo una persona y volví siendo otra. No porque algo hubiera ocurrido realmente, sino porque desde entonces el mundo empezó a respirar de otra manera.
Las calles vacías, ciertas canciones, las luces de la ciudad mientras volvía solo en la moto de madrugada; todo parecía guardar el eco de aquella mirada.
Como si una parte de mí hubiera quedado detenida exactamente ahí.
Por esos días pensé mucho en Aquiles y en la flecha viajando en el aire. No en la herida ni en la caída. Más bien en ese instante anterior al impacto donde todavía todo parece intacto y, sin embargo, algo ya cambió para siempre.
Supongo que enamorarse debe parecerse un poco a eso.
A descubrir, demasiado tarde, que alguien ha alterado para siempre la forma en que uno vuelve a mirar el mundo