¿Por qué tengo cerebro? ¿Por qué amo?
¿Por qué enlacé mi pulso a un frío inmenso
que hoy me mira de lejos, ignorante?
¿Fue para hacerme grande este quebranto?
Quizás en otro tiempo lo lea y me ría,
como hojeo el pasado y me extraño:
aprendí que el afecto no vigila,
que lo mío fue tierno, suave, hondo.
Robó mi paz, sí, pero se regenera
porque habita en mi alma; no se apaga,
es real, no se agota.
Ojalá el sexo te sacie lo que te falta dentro.
La traición me aterra y me estremece,
saca el lado feroz de mi ternura.
Jamás volveré a llamar a tu puerta,
ángel sin alas, sediento de cultura,
que nunca me conociste —ni yo a ti—
y a la vez fuimos tanto:
un espejo, el agua del cielo
reflejándonos crecer, amándonos (supuestamente)
en este suelo lleno de sed y de lujuria.
Aun así, siento que te amé,
porque entregué demasiado,
y se forjó en mí algo firme y duro
que terminó de hacerme mujer.
No sé... creo que fue amor.
Para mí el sexo es nada:
una hormiga congelada en Urano,
segundos de vuelo en un espasmo
para volver a nacer desde el abismo,
gusano esclavo de su propia mente.
Amar, en cambio, es volar.
Voy a arrancar lo roto de mis manos
y girar hacia el más allá,
hacia el siguiente horizonte.
Disfruta de tus órdenes y tus segundos,
de los años y los rostros que caminan.
Yo te querré igual,
porque me abriste los ojos a la dura realidad.
Gracias, amada mía.
Recuerdo cuando te escribí: ¿serás mía para siempre?
Pero el siempre es nunca,
el frío es solo aire,
los abrazos se esfuman
y queda la mente, las letras, la inteligencia
en este planeta.
Quizás me ames en otra vida.
Te enviaré una carta que huela a primavera;
recordarás mis ojos aunque no lo quieras.
Yo intento olvidarte y me quema,
siento algo mordiendo mis venas.
Sal ya de mi ser...
nos veremos después.