El asfalto tiene la propiedad de convertirse en un confesionario cuando se viaja en soledad.
Los fines de semana, Jano caminaba rumbo al terminal de buses. Dos horas de ida —a veces más— y el mismo tiempo de regreso cruzando la franja gris de la carretera. Doscientos kilómetros de franja gris donde el ruido del motor del bus a velocidad constante se volvía el único acompañamiento. Era su viaje sagrado, un compromiso que no se saltaba por nada del mundo.
El destino era la casa paterna, ese viejo inmueble que olía a madera antigua y a recuerdos acumulados. Desde que su madre no estaba, su padre habitaba las habitaciones como un fantasma cansado, aferrándose a las rutinas para no dejarse vencer por el luto.
Cuando Jano llegaba, no había grandes discursos ni sentimentalismos desbordados. La relación entre ambos se construía en los detalles pequeños: tomar juntos un té, compartir un helado, ver un partido de fútbol, reparar una llave que goteaba en el patio, o simplemente sentarse en los sillones a jugar en el celular en un silencio que ya no resultaba incómodo para ninguno de los dos.
—Te ves cansado, hijo —le dijo su padre en uno de esos almuerzos silenciosos, sirviendo un poco más de agua en su vaso.
—Es el trabajo, viejo. Ya sabes —mintió Jano con una sonrisa breve.
Su padre lo miró a los ojos con la sabiduría de quien ha vivido el doble de batallas. No hizo más preguntas sobre Alejandra ni sobre el departamento vacío. Sabía que hay dolores que solo se curan cuando el propio dueño decide sacarlos a la luz.
* * *
Durante la estadía en casa de su padre, ambos iban sagradamente a visitar a la esposa y madre que ya no estaba físicamente con ellos, pero sí permanecía intacta en el corazón.
El cementerio estaba ubicado en la parte céntrica de la comuna, en un lugar donde el viento soplaba fuerte. Don Juan estacionaba el auto, mientras Jano caminaba por el sendero de piedra y se detenía ante la placa de mármol que llevaba el nombre de su madre.
Se subía a la pequeña escalera de madera que había fabricado su padre, sin importar si ensuciaba el pantalón y pasaba los dedos por las letras grabadas en la piedra.
Ahí, frente al silencio de la tumba, Jano se despojaba de todas sus defensas. Le hablaba en voz baja, como si ella pudiera escucharlo desde algún lugar entre las nubes:
Le pedía perdón por la culpa que lo había perseguido desde el día de su partida.
Le contaba del cuaderno cuadriculado y de los trazos sin pintar.
Le confesaba el miedo terrible que sentía a quedarse solo para siempre y a no ser capaz de sanar las marcas de su pasado.
No había respuestas milagrosas ni señales en el cielo. Solo el murmullo del viento entre los árboles lejanos. Sin embargo, al bajarse de la escalera y limpiarse el polvo de las manos, Jano sentía que una parte del peso en su pecho se quedaba allí, velado por la memoria de quien lo había amado sin condiciones.
Subían de nuevo al auto, Don Juan encendía el motor y tomaban la carretera de vuelta a casa. Al día siguiente, antes de que Jano retornara a su casa en Santiago, pasaba nuevamente al cementerio a ver a su madre. Luego de eso, las dos horas de regreso se sentían distintas. No más ligeras, pero sí más claras. Aún le quedaba un camino largo por recorrer, pero ya no estaba manejando su vida a ciegas.
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En el mármol frío encontré el calor que me faltaba para seguir, sabiendo que el viaje de vuelta no borraba el dolor, pero sí me devolvía la luz.
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