Donde Comienza el Amor
La primavera había transformado la Universidad Westbridge.
Los árboles estaban cubiertos de hojas nuevas, los jardines se llenaban de flores y las tardes parecían prolongarse deliberadamente, como si el sol tampoco quisiera marcharse. Desde las ventanas de la biblioteca se podía contemplar a los estudiantes caminando por los senderos, sentados sobre el césped o compartiendo conversaciones que, para algunos, seguramente se convertirían en recuerdos muchos años después.
Emily Carter ya no necesitaba consultar el mapa del campus.
Conocía los edificios, los atajos entre las facultades, la cafetería donde preparaban el mejor chocolate caliente y aquel pequeño jardín en el que había conocido a Daniel.
Sin embargo, todavía existía algo a lo que no terminaba de acostumbrarse.
Daniel era su novio.
A veces, mientras caminaba sola hacia una clase, sonreía al recordarlo. Le parecía increíble que el muchacho que se había ofrecido a ayudarla cuando estaba perdida se hubiera convertido en la persona a la que buscaba cuando tenía buenas noticias, cuando algo le preocupaba o, simplemente, cuando necesitaba que el día fuera un poco mejor.
No habían hecho grandes promesas.
Tampoco habían hablado demasiado sobre el futuro.
Pero habían comenzado a construir algo que Emily no sabía cómo nombrar sin sentir un pequeño vértigo en el pecho.
Algo que quería conservar.
Y que, precisamente por eso, empezaba a darle miedo perder.
Aquella mañana, Emily llegó a la cafetería veinte minutos antes de su primera clase.
Compró dos cafés y se sentó junto a una de las grandes ventanas. Dejó el suyo sobre la mesa y colocó el otro en el lado opuesto, junto a una servilleta en la que había escrito una pequeña nota.
Después sacó un libro e intentó concentrarse.
No lo consiguió.
Miró la hora.
Volvió a mirar la puerta.
Finalmente, alguien se colocó detrás de ella y le cubrió los ojos con las manos.
—Adivina quién.
Emily sonrió sin necesidad de pensarlo.
—El chico que cree que sorprenderme consiste en llegar tarde.
Daniel retiró las manos.
—Buenos días para ti también.
Se sentó frente a ella, fingiendo estar ofendido.
Emily le acercó el café.
—Te lo he comprado para compensarte por mis palabras.
Daniel observó el vaso.
—¿Has comprado mi café favorito?
—No. He comprado uno para el muchacho encantador que conocí el primer día. Si has cambiado de personalidad desde entonces, puedes devolvérmelo.
Daniel soltó una carcajada.
—Estás empezando a ser peligrosa.
—Y tú estás empezando a conocerme.
Él tomó un sorbo y cerró los ojos con exagerada satisfacción.
—Perfecto. Así sabe el amor.
Emily se echó a reír.
—¡Es café, Daniel!
—Un café que has comprado para mí.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Emily negó con la cabeza, aunque no pudo ocultar su sonrisa.
Entonces Daniel descubrió la nota que ella había dejado junto a su vaso.
La desplegó.
En letras pequeñas, Emily había escrito:
«Gracias por encontrarme cuando todavía no sabía adónde iba».
Daniel dejó de sonreír durante un instante.
Volvió a leerla.
—¿Qué significa esto?
Emily se encogió de hombros, intentando disimular la vergüenza.
—Nada. Solo quería que supieras que estoy feliz de haberte conocido.
Daniel levantó la mirada.
Por una vez, no encontró una broma con la que responder.
Extendió la mano sobre la mesa y entrelazó sus dedos con los de ella.
—Yo también estoy feliz, Emily.
Hubo algo en su voz que la hizo mirarlo con más atención.
No era tristeza exactamente.
Era una especie de nostalgia, como si aquella felicidad le recordara algo que temía que algún día pudiera desaparecer.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
Daniel parpadeó.
—Nada.
—Daniel.
—De verdad. Solo estaba pensando.
—¿En qué?
Él acarició suavemente sus dedos.
—En lo extraño que es encontrar algo que no sabías que estabas buscando.
Emily sonrió.
—Eso ha sido muy romántico.
—No se lo digas a nadie. Tengo una reputación que mantener.
Ella volvió a reír.
Y Daniel se prometió que haría todo lo posible para seguir escuchando aquella risa.
Aunque todavía no sabía cuánto tendría que enfrentarse a sí mismo para conseguirlo.
Las semanas siguientes estuvieron llenas de pequeños momentos.
No necesitaban grandes acontecimientos para sentirse felices.
A veces, Emily y Daniel pasaban horas estudiando en la biblioteca, sentados uno junto al otro, compartiendo apuntes y discutiendo por cosas insignificantes.
Otras veces caminaban sin rumbo después de clases, inventando historias sobre las personas que encontraban en el campus.
Daniel aseguraba que el profesor de Historia estaba enamorado de la bibliotecaria.
Emily sostenía que aquello era imposible porque el profesor apenas levantaba la vista de sus libros.
—Precisamente —respondía Daniel—. El amor verdadero puede expresarse de muchas maneras.
—¿Como esconderse detrás de una enciclopedia?
—Cada persona tiene su estilo.
Emily terminaba riendo tanto que olvidaba por completo el cansancio de las clases.
Con el tiempo, comenzaron a reconocer los pequeños detalles del otro.
Daniel descubrió que Emily mordía ligeramente el extremo del lápiz cuando estaba concentrada y que se recogía el cabello cuando necesitaba resolver un problema difícil.
Emily descubrió que Daniel dibujaba en los márgenes de sus apuntes cuando estaba aburrido y que, cuando algo le preocupaba, hacía girar el anillo de plata que llevaba en el dedo índice.
Nunca le había preguntado de dónde había salido aquel anillo.
Todavía no.
Había aprendido que algunas preguntas necesitaban encontrar su momento.
Una tarde, mientras estudiaban en la biblioteca, Emily descubrió uno de los dibujos de Daniel.
Era un pequeño árbol.
Debajo había un banco y, sobre él, dos figuras sentadas una junto a la otra.
—¿Qué es esto?
Daniel intentó recuperar el cuaderno.
—Nada.
Emily lo apartó de su alcance.
—¡Déjame verlo!
—Es un dibujo horrible.
—No es verdad.
Ella observó la página con una sonrisa.
—Somos nosotros.
Daniel dejó de intentar quitarle el cuaderno.
—Quizá.
Emily examinó el dibujo con más atención.
El árbol tenía las ramas ligeramente torcidas. El banco estaba dibujado con pocos trazos, y las dos figuras eran apenas unas líneas.
Sin embargo, había algo en aquella imagen que le pareció hermoso.
Tomó el lápiz y escribió debajo:
«Aquí comenzó todo».
Daniel leyó la frase.
—¿Sabes qué me gusta de ti?
—¿Mi inteligencia?
—Tu modestia es admirable.
Emily le dio un pequeño golpe en el brazo.
—Estoy esperando.
Daniel la miró.
—Me gusta que encuentres algo especial en las cosas que los demás consideran normales.
Ella bajó la vista hacia el dibujo.
—Quizá porque las cosas importantes no siempre parecen importantes al principio.
Daniel guardó silencio.
Después cerró el cuaderno y lo colocó cuidadosamente en su mochila.
—Voy a conservarlo.
—¿El dibujo?
—Sí.
Emily sonrió.
—¿Por qué?
Daniel se inclinó ligeramente hacia ella.
—Porque algún día quiero recordar cómo empezó todo.
Emily sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco.
No sabía por qué aquellas palabras la emocionaban tanto.
Quizá porque, por primera vez, alguien hablaba del futuro como si ella tuviera un lugar en él.
Sin embargo, la universidad no era solamente tardes soleadas, bromas y cafés compartidos.
Los exámenes finales se acercaban y la presión comenzó a hacerse sentir.
Emily había llegado a Westbridge con una beca que le permitía estudiar en aquella universidad, pero mantenerla exigía buenas calificaciones. No podía permitirse descuidar sus responsabilidades, por mucho que quisiera pasar cada minuto libre con Daniel.
Durante varios días durmió poco.
Las lecturas se acumularon sobre su escritorio y las fechas de entrega comenzaron a mezclarse en su cabeza.
Una noche, después de casi tres horas estudiando en la biblioteca, cerró el libro con más fuerza de la necesaria.
—No puedo más.
Daniel levantó la vista de su portátil.
—Entonces paramos.
—No podemos parar. Tengo un examen el jueves y todavía me faltan dos capítulos.
—Los capítulos seguirán ahí mañana.
—Mi profesor no va a aceptar eso como excusa.
Daniel cerró el portátil.
—Emily, mírame.
Ella continuó observando sus apuntes.
—Emily.
Finalmente, levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Respira.
—Estoy respirando.
—Estás intentando respirar como si también fuera un examen.
Emily quiso responder, pero acabó soltando una risa cansada.
Daniel recogió sus cosas.
—Vamos a caminar.
—Está lloviendo.
—Tengo paraguas.
—No quiero caminar.
—Entonces caminaremos lentamente.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Es una de mis especialidades.
Emily lo miró durante unos segundos.
Después cerró los libros.
—Te odio un poco.
Daniel le ofreció la mano.
—Me conformo con que vengas conmigo.
Salieron de la biblioteca.
La lluvia había cubierto los senderos del campus con una fina capa de agua. Las luces de los edificios se reflejaban sobre el pavimento y el aire olía a tierra mojada.
Caminaron bajo el paraguas de Daniel, tan cerca que sus hombros se rozaban a cada paso.
Durante unos minutos no hablaron.
Emily observó cómo las gotas resbalaban por los bordes del paraguas.
—¿Sabes? —dijo finalmente—. Cuando llegué aquí, pensaba que nunca conseguiría sentirme en casa.
Daniel la miró.
—¿Y ahora?
Emily levantó la vista hacia él.
—Ahora hay días en los que me cuesta imaginar mi vida sin este lugar.
Daniel sonrió.
—¿Por la universidad?
Emily negó suavemente con la cabeza.
Él entendió.
No necesitó que ella dijera su nombre.
Daniel se detuvo junto a uno de los bancos del jardín y la atrajo delicadamente hacia él.
—Entonces espero que este lugar siga dándote motivos para sonreír.
Emily apoyó la frente contra su pecho.
—No es el lugar lo que me hace sonreír.
Daniel la abrazó.
Y, mientras la lluvia caía a su alrededor, Emily se permitió creer que algunas cosas podían ser tan sencillas como parecían.
Un abrazo.
Una mano entrelazada con la suya.
Una persona que decidía quedarse un rato más, aunque tuviera otras cosas que hacer.
No sabía que Daniel estaba pensando precisamente en lo contrario.
En todas las cosas que algún día podría tener que dejar atrás.