Hoy la vi.
No sé si es ella. No sé si es la dueña de la caligrafía que me salvó la vida. Pero algo en su manera de estar en el mundo me obligó a frenar el paso.
Tiene pequeñas pecas dispersas sobre el rostro que parecen constelaciones breves. Ojos de un azul profundo que no miran hacia afuera, pero que se nota que sienten con fuerza. Un cabello rojo como el fuego tenue que me mantuvo escribiendo durante años, y una piel tan pálida que la luz del sol no parece tocarla, sino atravesarla, como si intentara proteger su delicadeza.