Después de Caos...
algo comenzó a tomar forma.
No fue un sonido.
No fue una luz.
Fue algo mucho más antiguo.
**La Tierra.**
Gea.
No apareció sobre la Tierra.
**Ella era la Tierra.**
Su existencia no necesitaba raíces, porque todas las raíces algún día crecerían desde ella.
No necesitaba un hogar, porque todo hogar sería construido sobre su cuerpo.
No necesitaba un reino.
Porque ella era el reino
Gea era firme donde antes todo era vacío.
Profunda donde antes no existía profundidad.
Y silenciosa...
pero no un silencio vacío.
Era el silencio de algo que estaba comenzando.
Bajo su existencia todavía no había bosques.
No había ciudades.
No había animales corriendo entre las montañas.
No había seres humanos levantando los ojos hacia las estrellas.
Todo aquello pertenecía a un futuro que todavía no conocía su propio nombre.
Pero Gea estaba allí.
Y poco a poco, de ella surgieron las formas del mundo.
Las **montañas** se elevaron desde su inmensidad.
Grandes y antiguas, como si la Tierra hubiera levantado sus propios huesos hacia el vacío.
Después apareció **Ponto**, el mar primordial.
Sus aguas se extendieron sobre ella, profundas y misteriosas.
Todavía no había barcos que las atravesaran.
Ni costas llenas de ciudades.
Ni criaturas que conocieran sus profundidades.
Solo estaba el mar...
moviéndose por primera vez.
Gea contempló todo aquello.
La tierra.
Las montañas.
El mar.
Y por primera vez, aquel universo comenzaba a parecerse a un lugar.
Pero Gea era más que aquello que podía verse.
Era **vida**.
Era **fecundidad**.
Era la fuerza que permite que algo permanezca, crezca y vuelva a surgir.
Por eso, para los antiguos griegos, la Tierra no era simplemente el suelo que pisaban.
Era una presencia sagrada.
Cuando sembraban una semilla, confiaban en Gea.
Cuando una cosecha nacía de la tierra, Gea estaba allí.
Cuando alguien moría y su cuerpo regresaba al suelo...
también regresaba a ella.
Porque todo lo que nacía de la Tierra...
algún día volvía a la Tierra.
Gea podía alimentar.
Podía sostener.
Podía dar vida.
Pero también podía ser terrible.
La misma tierra que produce trigo puede abrirse bajo los pies.
La misma montaña que permanece inmóvil durante siglos puede despertar.
Y el mismo suelo que sostiene una casa puede convertirse en su tumba.
Gea no era buena ni malvada.
Era **primordial**.
Antigua.
Poderosa.
Indiferente a las pequeñas categorías de los mortales.
Ella existía mucho antes de que los humanos inventaran palabras para llamar bueno o malo a aquello que no podían comprender.
Y quizá por eso los griegos la contemplaban con una mezcla de respeto y temor.
Porque cuando miraban el mundo...
no estaban mirando simplemente un paisaje.
Estaban mirando a **Gea**.
La antigua.
La que estuvo allí cuando el universo apenas comenzaba.
La que sostuvo sobre sí generaciones enteras de dioses.
La que recibió a los vivos...
y algún día recibiría también a los muertos.
Antes de los templos.
Antes de las ciudades.
Antes de los héroes.
Antes de que alguien pronunciara el nombre de Zeus...
**Gea ya estaba allí.**
Y mientras el universo continuaba creciendo a su alrededor, la Tierra permaneció silenciosa.
Firme.
Inmensa.
Eterna.
Como si d
ebajo de cada montaña, de cada bosque y de cada océano existiera todavía el recuerdo de aquel primer momento...
cuando, después de Caos,
**la Tierra abrió los ojos.**