Es bueno que te hayas decidido a escribir este libro, desde el capítulo de la parafina en #unmalditointentandocambiar quedé con las ganas de saber qué había sucedido con eso. Gracias.
Capítulo I: Parafina con hielo
Pensamiento
Es bueno que te hayas decidido a escribir este libro, desde el capítulo de la parafina en #unmalditointentandocambiar quedé con las ganas de saber qué había sucedido con eso. Gracias.
Contenido de la publicación
Dicen que los niños tienen un ángel de la guarda con reflejos de felino. El mío, evidentemente, ese día estaba de vacaciones. O peor aún: estaba mirando para otro lado. Por suerte, mi instinto de supervivencia decidió hacer horas extras.
Tenía apenas cuatro años. Jugaba en el patio con dos de mis primas, un par de años mayores, en esa maravillosa etapa de la vida en la que uno todavía no sabe leer, no sabe medir el peligro y, sobre todo, cree que cualquier cosa que esté dentro de una botella merece ser investigada.
A los cuatro años existe una regla universal: Si parece agua, probablemente se bebe.
Y yo, obediente como pocos, procedí a cumplirla.
La verdad es que nadie sabe de dónde salió aquella botella. Nadie sabe quién la dejó ahí ni por qué demonios estaba al alcance de tres niños. Era transparente. El líquido también. Grave error.
Tomé varios sorbos largos antes de que mi cerebro, que hasta ese momento estaba de vacaciones junto con mi ángel de la guarda, decidiera mandar un comunicado urgente: “Compañero, eso no es agua.”
Tampoco era jugo. Era parafina. Y acababa de beberla como si me hubieran servido un refresco.
El ardor llegó casi inmediatamente. Mi cuerpo entendió el problema antes que mi cabeza. Algo estaba terriblemente mal. El combustible comenzaba a hacer estragos y yo, con cuatro años, no tenía la menor idea de qué hacer.
Mis primas sí tuvieron una idea. Correr. Y corrieron. No las culpo. A esa edad, cuando ves que tu primo empieza a ponerse mal después de beber algo que claramente no debía beber, existen dos posibilidades:
Buscar a un adulto.
Desaparecer de la escena y esperar que nadie pregunte nada.
Ellas eligieron la segunda. Y así, mientras mis primas se convertían en atletas olímpicas del pánico, yo me quedé solo en el patio intentando descubrir cómo seguir respirando.
Mi cuerpo comenzó a fallar. La vista se me nublaba. El aire parecía no querer entrar. Las piernas dejaron de responder como antes. Pero algo dentro de mí se negó a rendirse. No había razonamiento. No había valentía. No había una voz heroica diciendo: “Vamos, pequeño, tú puedes.”
Había algo mucho más básico: “No quiero morirme.”
Y entonces caminé cerca de treinta y seis metros. O, siendo generosos, arrastré los pies. No sabía hacia dónde iba. Solo sabía que necesitaba encontrar a alguien. Y encontré a mi padre. Alcancé sus piernas. Sentí el contacto. Y me apagué.
Lo que ocurrió después fue una carrera contra el reloj. Mi padre, sin entender qué estaba sucediendo, pensó inicialmente que me había atragantado con comida o con alguna fruta. Intentó ayudarme como pudo. Pero mi cuerpo seguía deteriorándose.
Entonces hizo lo único que podía hacer un padre viendo a su hijo desaparecer delante de sus ojos: entró en modo supervivencia. Me cargó. Hizo parar un taxi. Y salió disparado hacia el hospital.
No sé cuánto tardó. Probablemente fueron minutos. Para él debieron parecer horas.
Cuando llegamos a urgencias, apareció otro enemigo inesperado: la burocracia. Ese maravilloso invento de la humanidad que, en circunstancias normales, sirve para mantener el mundo organizado. En una emergencia, sin embargo, puede convertirse en una tortuga con formulario.
Mi padre no estaba dispuesto a esperar. Rompió las reglas. Ignoró los gritos. Y, según la historia familiar, terminó reventando a patadas las puertas hasta llegar al corazón del pabellón.
Puso mi cuerpo casi inerte sobre la primera camilla que encontró y gritó: —¡Mi hijo se está muriendo!
Y ahí, finalmente, alguien entendió que aquello no era una consulta médica para sacar número y esperar sentado.
Los médicos reaccionaron. El olor a combustible en mi aliento reveló lo que había ocurrido. Comenzaron a intervenir. Sondas. Procedimientos de emergencia. Medicamentos. Y una carrera desesperada para sacar de mi cuerpo aquello que nunca debió haber llegado ahí.
Yo tenía cuatro años. No sabía lo que era un hospital. No sabía lo que era una intoxicación. No sabía lo que era la muerte. Pero, por alguna razón, mi cuerpo sí sabía una cosa: todavía no era el momento.
Sobreviví.
Cuarenta y cinco años después, sigo cargando las consecuencias de aquel accidente. Una cicatriz en el pulmón. Una marca que no se ve desde afuera, pero que aparece cada vez que respiro profundamente y recuerdo que la vida, incluso cuando apenas estás aprendiendo a pronunciar tu nombre, puede ponerse bastante creativa.
Con los años entendí algo que a los cuatro años era imposible comprender: No sobreviví solamente porque tuve suerte. También tuve un padre que no aceptó un “debe esperar su turno” cuando su hijo se estaba apagando. Tuve un cuerpo que se negó a rendirse. Y tuve, probablemente, una cantidad absurda de suerte.
Porque aquella fue solamente la primera vez. Y digo “primera” con una tranquilidad que probablemente no debería tener.
* * *
LA MIRADA DEL SOBREVIVIENTE
A los cuatro años no sabía que acababa de protagonizar mi primera gran historia de supervivencia. Para mí, probablemente, todo aquello terminó cuando desperté.
El problema es que la vida tenía otros planes. Muchos otros.
Con el tiempo entendí que sobrevivir no siempre significa estar al borde de la muerte. A veces significa salir de una situación de la que pensabas que no ibas a salir. A veces significa equivocarte y tener otra oportunidad. A veces significa perder. A veces significa caer. Y otras veces significa simplemente tener la suerte suficiente para llegar a casa después de tomar una decisión tan estúpida que, años después, todavía te preguntas cómo demonios sigues vivo.
Esta historia fue la primera. Y quizás por eso, mirando hacia atrás, me gusta pensar que aquel niño de cuatro años ya llevaba incorporado el espíritu que terminaría acompañándome toda la vida: meterse en problemas y, de alguna manera inexplicable, salir de ellos.
Aunque debo reconocer que habría sido mucho más sencillo si desde el principio hubiera aprendido una regla básica: No todo líquido transparente es agua.
* * *
VEREDICTO DEL SOBREVIVIENTE
Edad: 4 años
Sentido común: 0/10
Curiosidad: 10/10
Instinto de supervivencia: 10/10
Ángel de la guarda: probablemente despedido
Padre: 10/10
Suerte: sospechosamente alta
Resultado final: Sigo aquí. Y eso, considerando cómo empezó la historia, ya es bastante decir.
Thoughts
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PermalinkDe química no sé nada, parce, pero con lo de que no todo lo transparente es agua ya me dejaste revisando cada botella de la cocina.
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PermalinkEs bueno que te hayas decidido a escribir este libro, desde el capítulo de la parafina en #unmalditointentandocambiar quedé con las ganas de saber qué había sucedido con eso. Gracias.
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PermalinkMe quedo con tu padre. Primero piensa que te atragantaste con una fruta y al rato está pateando puertas de urgencias, y en la tabla del final le pones un diez sin una palabra más. A las primas las perdonas con un chiste y sigues. En mi familia las historias así se cuentan igual: el que rompió la regla queda de héroe y del formulario que hizo esperar a todos no se acuerda nadie.
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