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Capítulo II: Galletas, sangre y hospital

AEJOVENICH

Contenido de la publicación

Si a los cuatro años descubrí a qué sabía la parafina, a los cinco decidí comprobar qué tan resistente era mi cabeza contra un piso de cerámica. Mi cabeza perdió. La cerámica ganó por nocaut.

Mi debut en el jardín infantil no pudo ser más espectacular. Era el día de la presentación de maquetas. Esos maravillosos proyectos escolares en los que, misteriosamente, los padres terminan trabajando más que los niños.

Yo estaba sentado al fondo del salón esperando mi turno. Cuando me llamaron, me levanté orgulloso, agarré mi maqueta y caminé por el pasillo central con la delicadeza y solemnidad con la que un rey transportaría sus joyas. El problema fue que yo no era rey. Y tampoco estaba preparado para la traición.

No había alcanzado a caminar ni diez pasos cuando un compañero decidió demostrar que la diplomacia infantil tiene límites. Me puso una zancadilla. Limpia. Precisa. Profesional.

Mis pies dejaron de estar donde deberían y mi cuerpo emprendió un vuelo corto, pero muy educativo. Caí de frente contra el piso de cerámica. En un acto reflejo que todavía considero digno de admiración, protegí la maqueta. La abracé contra mi pecho. La salvé. Mi cabeza, en cambio, recibió el golpe como si hubiera firmado un contrato para hacerlo.

El impacto me abrió un corte de aproximadamente cuatro centímetros en el lado derecho de la frente. Y entonces ocurrió algo que, a los cinco años, uno jamás olvida: sangre.

La sangre comenzó a bajar por mi cara y la sala se convirtió en una escena que probablemente ningún profesor de educación infantil incluye en su planificación anual. Mis compañeros miraban. Alguien gritó. Alguien llamó a un adulto. Y yo probablemente estaba tratando de entender por qué mi cara parecía haber decidido convertirse en una llave de agua.

El esposo de mi profesora, que por casualidad estaba allí, me tomó en brazos y corrió conmigo al baño. Mientras avisaban a mis padres, intentaba contener la hemorragia con un pañuelo mojado en agua fría. Y aquí viene una de esas casualidades extrañas que tiene la vida. Años después, ese mismo hombre terminaría siendo mi profesor en octavo básico. Y todavía recordaría perfectamente el día en que me lavó la cabeza mientras yo parecía haber participado en una pelea clandestina.

Aunque, siendo honestos, en mi defensa tenía cinco años. Y mi oponente había sido el piso.

Me subieron a un auto. Y adivinen dónde terminamos. Exacto. En el mismo hospital del año anterior. Ya no era paciente. Estaba desarrollando una relación comercial con el establecimiento. Un año antes habían tenido que lidiar con mi afición por beber parafina. Ahora les llevaba mi frente.

Si esto continuaba así, probablemente me iban a entregar una tarjeta de cliente frecuente.

Los médicos determinaron que necesitaba puntos. Y ahí descubrí que existen frases que ningún niño quiere escuchar: —Te vamos a coser.

Excelente. Nada tranquilizador. Para un niño de cinco años, la palabra sutura suena como algo que le hacen a Frankenstein. Yo estaba aterrorizado. Mi padre permanecía a mi lado. Yo le apretaba la mano con toda la fuerza que podía. No quería soltarlo.

Por supuesto, llegó el momento en que las reglas del hospital hicieron su aparición. Mi padre tenía que salir. Yo lo miré con esa cara que probablemente decía: “Si te vas, abandono oficialmente este mundo.”

Él me miró. Me apretó la mano. Y entonces pronunció las palabras que, durante años, quedaron grabadas en mi memoria: —Hijo, voy a salir un momento a comprarte unas galletas y vuelvo.

Galletas. Eso sí era una promesa importante. No sabía qué iba a pasar con mi frente. No sabía cuántos puntos me iban a poner. No sabía si aquello iba a doler. Pero sabía algo: las galletas eran parte del trato.

Mi padre salió. Yo me quedé. Y llegaron las puntadas. Una. Otra. Otra más. Yo apretaba los dientes y esperaba el premio prometido. Las famosas galletas.

El pequeño detalle es que las galletas nunca llegaron. Años después entendí por qué. Mi padre no estaba comprándolas. Estaba afuera con mi madre, completamente colapsados por los nervios, tratando de asimilar lo que acababa de pasar.

En ese momento, sin embargo, yo solo tenía una conclusión: me habían estafado. Me habían cosido la frente. Me habían dejado solo. Y además habían incumplido el contrato de las galletas. Una infancia difícil.

La sutura terminó. Yo sobreviví. Otra vez. Y regresé a casa con una cicatriz nueva y una deuda pendiente con la industria de las galletas.

Hoy, cuando me miro al espejo, todavía puedo ver aquella marca en el lado derecho de mi frente. Una pequeña cicatriz que lleva más de cuatro décadas recordándome que, aparentemente, desde niño tenía una relación bastante cercana con el peligro.

Pero también me recuerda otra cosa. Que detrás de cada una de esas historias había personas que corrieron hacia mí cuando yo no podía hacerlo. Mi padre. Mi madre. Mi familia. Personas que quizás en ese momento estaban aterradas, pero que hicieron lo necesario para ayudarme.

Yo solo recuerdo las galletas. Ellos probablemente recuerdan el miedo. Y esa diferencia entre lo que recuerda un niño y lo que recuerda un adulto es una de las cosas más extrañas de crecer.

*  *  *

LA MIRADA DEL SOBREVIVIENTE

Cuando uno es niño, las tragedias duran exactamente hasta que aparece algo interesante. Un corte en la frente puede parecer el fin del mundo. Hasta que alguien menciona las galletas.

Con los años aprendí que la memoria funciona de una manera curiosa. Yo recuerdo el golpe. Recuerdo la sangre. Recuerdo las puntadas. Y, por supuesto, recuerdo las galletas que nunca aparecieron.

Pero hoy también puedo imaginar lo que ocurrió del otro lado de aquella puerta. Mi padre esperando. Mi madre preocupada. Los dos preguntándose si su hijo iba a estar bien.

Eso es algo que un niño de cinco años no puede comprender. A esa edad uno cree que los padres tienen todas las respuestas. Después crece. Y descubre que muchas veces ellos también estaban improvisando. La diferencia es que lo hacían mientras intentaban que nosotros no tuviéramos miedo.

*  *  *

VEREDICTO DEL SOBREVIVIENTE

  • Edad: 5 años

  • Cabeza contra cerámica: 0–1

  • Maqueta: intacta

  • Frente: ligeramente modificada

  • Puntos: varios

  • Visitas al hospital: demasiadas para mi edad

  • Galletas prometidas: 1

  • Galletas recibidas: 0

  • Confianza en las promesas paternas: temporalmente suspendida

Resultado final: Otra cicatriz. Otra historia. Y otra prueba de que, por alguna razón que todavía no logro comprender, la vida parecía empeñada en darme motivos para escribir este libro.

#aejovenich #unmalditoconsuerte

Thoughts

  • RicardoNaves

    Las galletas me parecen la mentira más considerada del capítulo. Su papá no tenía cómo decirle que salía a desarmarse afuera con su mamá, así que le dio algo que un niño de cinco años sí entiende.

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  • Lectoraficionado

    Me causó gracia lo de la tarjeta de cliente frecuente. Es increíble que en dos años hayas pasado por esas cosas.

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