En cada capítulo anterior llega alguien que supone arreglarlo todo. Cuando viste bajar a Barroso con el perro, ¿ya sabías cómo iba a terminar?
Capitulo 10 La perdida de Ayax
Después de haber pasado por la toma de la Base Militar de Teteyé, el comandante de la Brigada Móvil tomó la decisión de enviar nuestra compañía hacia el departamento del Caquetá, con el propósito de…
In groups
Pensamiento
En cada capítulo anterior llega alguien que supone arreglarlo todo. Cuando viste bajar a Barroso con el perro, ¿ya sabías cómo iba a terminar?
Contenido de la publicación
Después de haber pasado por la toma de la Base Militar de Teteyé, el comandante de la Brigada Móvil tomó la decisión de enviar nuestra compañía hacia el departamento del Caquetá, con el propósito de integrarnos a la FURED y continuar con las operaciones asignadas.
El traslado temporal representaba un nuevo desafío para la compañía. Veníamos de enfrentar una situación difícil, marcada por la pérdida de nuestros compañeros y por las consecuencias de lo ocurrido en Teteyé. Sin embargo, debíamos continuar cumpliendo con nuestra misión y prepararnos para las nuevas responsabilidades que nos serían asignadas en el departamento del Caquetá.
La FURED estaba conformada por compañías provenientes de diferentes batallones del Caquetá y por nuestra compañía, perteneciente al Putumayo. En total, éramos seis pelotones reunidos bajo un mismo mando, al frente del cual se encontraba un oficial con el grado de teniente coronel.
Nuestra misión era clara: constituir una unidad de reacción y choque, preparada para intervenir de manera inmediata ante posibles tomas de poblaciones o ataques contra bases e instalaciones militares. Éramos una fuerza diseñada para responder con rapidez en situaciones de alto riesgo, cuando las circunstancias exigían la presencia inmediata de tropas capaces de llegar al lugar y enfrentar una situación crítica.
Para garantizar nuestra capacidad de movilización, contábamos con la disponibilidad de seis helicópteros. Esto nos permitía desplazarnos rápidamente hacia diferentes zonas, muchas de ellas de difícil acceso, donde la geografía y las condiciones del conflicto hacían que el transporte terrestre fuera lento o prácticamente imposible.
La FURED reunía soldados de distintas unidades, con experiencias y procedencias diferentes, pero con una misma misión. Éramos seis pelotones preparados para salir en cualquier momento, sin saber con certeza hacia dónde nos llevaría la siguiente orden ni qué situación encontraríamos al llegar. Éramos una fuerza de respuesta inmediata, siempre en alerta y lista para convertirnos en la primera línea de reacción cuando una población o una unidad militar estuviera bajo amenaza.
Quizás se pregunte por qué, en aquella época, casi siempre salíamos a las operaciones con más de cuatro pelotones. La respuesta estaba en la forma como se desarrollaba la guerra en aquellos años.
Era una guerra de masas. Los grupos guerrilleros tenían una capacidad de concentración de hombres mucho mayor que la que normalmente enfrentábamos en una operación. Los diferentes frentes podían reunir aproximadamente doscientos hombres, aunque no permanecían siempre juntos. Habitualmente se dividían en grupos más pequeños para desplazarse, permanecer ocultos y realizar sus actividades en diferentes sectores.
Sin embargo, cuando tenían previsto realizar una acción de mayor envergadura, esos grupos podían volver a concentrarse y actuar como una fuerza mucho más numerosa. Esa posibilidad obligaba a nuestras unidades a mantener un número considerable de hombres en las operaciones.
Por esa razón, salir con cuatro o más pelotones no era algo excepcional. Era una medida necesaria para contar con la suficiente capacidad de reacción y enfrentar una eventual concentración del enemigo.
En aquellos años, cada desplazamiento implicaba incertidumbre. Nunca sabíamos con certeza qué encontraríamos al llegar a nuestro objetivo ni cuántos hombres podía tener el enemigo en la zona.
Así era la guerra que nos tocó vivir: una guerra en la que el número de hombres, la capacidad de concentración y el factor sorpresa podían cambiar el rumbo de una operación en cuestión de minutos.
RUMBO A CARTAGENA DEL CHAIRÁ
Después de un reentrenamiento básico de quince días, en el que reforzamos nuestros conocimientos en maniobras, inteligencia, entrenamiento en polígono y reconocimiento de las características del enemigo, llegó el momento de volver a las operaciones.
Durante esos días nos preparamos física y mentalmente para lo que nos esperaba. Repasamos procedimientos, fortalecimos nuestra capacidad de reacción y recibimos información sobre el área donde probablemente desarrollaríamos nuestras próximas misiones.
Al finalizar el reentrenamiento, mi coronel nos reunió y nos dio la orden que marcaría el comienzo de una nueva etapa:
—Nos vamos para un municipio llamado Cartagena del Chairá.
La noticia significaba que nuevamente entraríamos en zona de operaciones.
En ese lugar se encontraba el comando de la Brigada Móvil No. 9, junto con unidades especializadas de inteligencia técnica. También había presencia de la Armada Nacional, debido a que la zona se encontraba a orillas del río Caguán, una vía de gran importancia para los desplazamientos y las operaciones en esa región.
Para nosotros, Cartagena del Chaira era un sitio muy conocido de mayor concentración de varios frentes de las FARC y también desconocido. Sabíamos que íbamos hacia una zona compleja, donde la presencia de grupos armados hacía parte de la realidad cotidiana.
Nuevamente comenzábamos un desplazamiento . Dejábamos atrás el lugar donde habíamos realizado nuestro reentrenamiento y nos preparábamos para enfrentar una nueva operación militar, sin imaginar todavía las experiencias que nos esperaban a orillas del río Caguán.
Embarcamos en los helicópteros que nos estaban esperando y comenzó nuestro desplazamiento hacia Cartagena del Chairá. Para muchos de nosotros, aquel vuelo significaba el comienzo de una nueva etapa en las operaciones.
Después de aproximadamente treinta y cinco minutos de vuelo, comenzamos a divisar el municipio. Desde el aire pudimos observar los cerros que rodeaban la población y, en las partes más altas, se encontraban soldados ocupando posiciones de seguridad. Poco a poco, los helicópteros iniciaron el descenso.
El traslado se realizó en varias rotaciones. Eran cuatro helicópteros y cada uno transportaba aproximadamente cerca de quince hombres, por lo que el movimiento de toda la unidad tuvo que realizarse de manera escalonada.
Una vez descendimos, fuimos recibidos por el teniente coronel González, oficial de operaciones de la Brigada Móvil No. 9. Él nos indicó el lugar donde debíamos ubicarnos mientras esperábamos la llegada de los demás pelotones.
Nos instalamos en la parte baja de uno de los cerros y desde allí solo nos quedó esperar las siguientes rotaciones. El ambiente que se respiraba era pesado. Desde nuestra llegada sentimos que una parte de la población civil no veía con buenos ojos nuestra presencia. Algunas personas nos observaban con desconfianza y de una manera que nos hacía sentir que éramos extraños en aquel lugar.
Sin embargo, también entendíamos el contexto.
Aquel municipio había vivido durante muchos años bajo la presencia y la influencia de la guerrilla. Para nosotros era evidente que esa situación había dejado una huella en la población. Algunas personas apenas nos saludaban y, cuando lo hacían, era de manera rápida y discreta. Otros simplemente nos observaban en silencio.
Pasaron aproximadamente dos horas hasta que finalmente llegaron todos los pelotones y la unidad quedó completa.
Posteriormente, nos asignaron un punto en las afueras del municipio, mientras nuestro comandante recibía las órdenes e instrucciones para las operaciones que desarrollaríamos en la zona.
Eran aproximadamente las cinco y treinta de la tarde cuando comenzó a escucharse fuego al otro lado del río Caguán, dirigido hacia las unidades de la Armada Nacional.
Durante cerca de quince minutos se escucharon los disparos.
La Armada respondió desde sus embarcaciones y las unidades militares ubicadas en las partes altas de los cerros también reaccionaron desde sus posiciones.
Para nosotros, que acabábamos de llegar, la situación generó tensión. Sin embargo, algo nos llamó profundamente la atención: la población civil no corría ni buscaba refugio.
Permanecían en sus actividades como si aquello fuera parte de la rutina.
Fue entonces cuando comenzamos a comprender la realidad que se vivía en Cartagena del Chairá. Para muchos de sus habitantes, escuchar disparos y enfrentamientos al otro lado del río no era algo extraordinario.
Era parte de su día a día.
Así nos lo hicieron entender algunos de los militares que ya llevaban tiempo en la zona:
—Aquí eso es normal. Es el pan de cada día.
Nosotros apenas acabábamos de llegar, y ya comenzábamos a entender que aquel lugar sería muy diferente a cualquier otro sitio donde hubiéramos estado anteriormente. A orillas del río Caguán, en medio de los cerros y de una población acostumbrada al sonido de la guerra, comenzaba para nosotros una nueva etapa de nuestra vida militar
Finalmente llegaron las órdenes.
Nuestra compañía se dividió en dos grupos. Tres pelotones iniciaríamos el desplazamiento hacia el corregimiento de La Unión Peneya, un lugar que, para ese momento, se encontraba prácticamente abandonado.
Según la información que teníamos, la población había sido desplazada tiempo atrás. La presencia de una base militar en ese sector había convertido el corregimiento en un punto de constante tensión, y sus habitantes habían tenido que abandonar sus viviendas. Muchas de las familias se habían desplazado varios kilómetros atrás, hacia un lugar conocido como San Isidro, buscando alejarse del peligro y encontrar un sitio más seguro para vivir.
Los otros tres pelotones recibieron la misma misión, pero avanzarían por un eje diferente. La intención era cubrir varios sectores y aumentar las posibilidades de localizar al grupo armado que, según la información de inteligencia, se encontraba en movimiento por la zona.
La información era clara: aproximadamente cincuenta guerrilleros se estaban desplazando con la intención de atacar la base militar.
Nuestra misión era localizarlos y darlos de baja antes de que alcanzaran a llegar a la base.
A las 3:50 de la madrugada iniciamos el desplazamiento.
La noche estaba iluminada por una hermosa luna que nos permitía observar parcialmente el camino. Su luz facilitaba nuestro avance en medio de la oscuridad, pero, al mismo tiempo, sabíamos que esa misma claridad podía permitir que también fuéramos observados.
Era una ventaja y un riesgo al mismo tiempo.
Comenzamos a caminar de manera táctica, manteniendo el mayor silencio posible. Cada hombre conocía su lugar dentro de la formación y la importancia de mantener la disciplina durante el desplazamiento.
No había espacio para distracciones.
Solo se escuchaban, de vez en cuando, los pasos cuidadosamente controlados de los hombres que avanzaban en medio de la noche.
Cada uno sabía que, en algún lugar de aquella zona, podía encontrarse el grupo que estábamos buscando.
Y mientras avanzábamos bajo la luz de la luna, en completo silencio, ninguno de nosotros sabía con certeza qué encontraríamos más adelante
LA LLEGADA DE AYAX
Eran aproximadamente las 5:30 de la mañana cuando hicimos un alto para realizar el programa radial con el comandante, algo habitual durante este tipo de operaciones.
Habíamos llegado a un lugar que parecía ser una cancha. Inmediatamente se tomaron las medidas de seguridad. Una escuadra fue ubicada en la parte alta del terreno para brindar seguridad al resto de la unidad. De igual manera, se dio la orden a los demás pelotones de organizarse alrededor del sector donde habíamos realizado el alto, manteniendo las posiciones de seguridad.
Posteriormente, se dio la orden de preparar el desayuno para todo el personal.
Cada sección contaba con su propia estufa y cada pelotón era responsable de organizar su alimentación. Aquella mañana el menú fue sencillo, como ocurría muchas veces durante las operaciones: arepa y chocolate.
Después del desayuno continuaríamos con el desplazamiento.
Ya había amanecido y todo era mucho más visible. La oscuridad de la madrugada había quedado atrás, pero la llegada del día también nos obligaba a aumentar las precauciones. Ahora nosotros podíamos observar mejor el terreno, pero también existía la posibilidad de ser vistos con mayor facilidad.
Terminamos de desayunar cuando recibimos una nueva orden: debíamos buscar y preparar un lugar adecuado para que pudiera aterrizar un helicóptero.
Nos informaron que en ese vuelo llegaría un soldado acompañado de un perro entrenado para detectar explosivos.
Poco tiempo después, el helicóptero apareció sobre la zona y comenzó su descenso. Cuando aterrizó, descendió el soldado profesional Barroso, acompañado de su perro, un pastor alemán llamado Ayax.
La información que habíamos recibido cambió inmediatamente nuestra percepción sobre la operación.
Según los reportes de inteligencia, el grupo guerrillero que buscábamos había instalado explosivos o minas en sectores donde normalmente la tropa realizaba altos, descansaba o establecía posiciones temporales.
De repente, aquel lugar donde habíamos preparado el desayuno, descansado y organizado la seguridad dejó de parecer un sitio seguro.
Comprendimos que el peligro no solamente podía estar frente a nosotros o escondido entre la vegetación. También podía encontrarse bajo nuestros propios pies.
La llegada de Barroso y Ayax cambió por completo nuestra manera de observar el terreno y de continuar el desplazamiento. A partir de ese momento, cada lugar donde fuéramos a detenernos tendría que ser revisado cuidadosamente.
Nuestra misión seguía siendo encontrar al grupo que se dirigía hacia la base militar.
Pero ahora sabíamos que, antes de encontrarlos, debíamos asegurarnos de no caer en una trampa que podía estar esperando silenciosamente en nuestro camino.
EL CAMPO MINADO
No llevábamos más de diez minutos caminando cuando entramos en combate.
El primer pelotón, que avanzaba adelante de nuestra formación, se había encontrado con un grupo de guerrilleros. La orden fue dada de inmediato y comenzó la maniobra.
Los radios se encendieron y empezamos a coordinar los movimientos de las diferentes unidades. Un equipo mantenía el fuego sostenido mientras los demás pelotones maniobraban por los diferentes flancos, buscando impedir que el grupo enemigo pudiera desplazarse hacia otra posición desde la cual pudiera atacarnos.
El combate fue intenso.
Como ya lo habíamos hecho en otras ocasiones, encendimos nuestros radios escáner con la esperanza de detectar alguna frecuencia abierta del grupo guerrillero. Estos equipos buscaban señales y frecuencias que estuvieran siendo utilizadas en ese momento.
Y entonces escuchamos sus voces.
En medio de las comunicaciones se escuchaban órdenes para atraer a la tropa. Nos llamaban “los chulos”, un nombre con el que se referían a nosotros por el color negro de nuestras botas.
La intención comenzó a quedar clara cuando escuchamos una instrucción que nos puso inmediatamente en alerta:
—Hálenlos… hagan que los chulos los sigan y, apenas entren, activan las minas.
Aquellas palabras cambiaron por completo la situación.
Mi capitán nos informó inmediatamente lo que se había escuchado y ordenó mantener nuestras posiciones. No debíamos continuar avanzando. La orden era clara: sostener la posición, mantener el control de la situación y evitar ingresar al posible campo minado.
Sin embargo, desafortunadamente, la información y la orden no alcanzaron a llegar a todos los hombres.
Tres soldados avanzaron hacia el sector que había sido preparado como una trampa.
La explosión fue estremecedora.
Por unos instantes todo quedó marcado por la confusión y la incertidumbre. Cuando logramos acercarnos al lugar, encontramos que uno de los tres soldados aún estaba con vida.
Pero no podíamos avanzar libremente.
Existía la posibilidad de que hubiera más explosivos en el terreno.
Llamaron entonces al soldado profesional Barroso, quien llegó acompañado de Ayax, su perro pastor alemán entrenado para detectar explosivos. El animal revisó cuidadosamente el sector y no detectó nuevos artefactos explosivos en el punto inmediato donde se encontraban los soldados.
Entonces pudimos acercarnos.
Arrastramos al soldado herido hasta una zona segura y recuperamos los cuerpos de los otros dos compañeros que habían muerto en la explosión.
Los tres soldados pertenecían a mi pelotón, aunque hacían parte de la escuadra de otro suboficial.
Aquel momento quedó grabado profundamente en mi memoria.
El soldado que había sobrevivido permanecía consciente. Sus piernas habían sufrido heridas devastadoras. A pesar del dolor y de la gravedad de su situación, no lloraba ni se quejaba.
Yo ya había visto antes a un soldado en esas condiciones.
Pero nunca había visto una reacción como la suya.
Con el rostro marcado por la angustia, solamente repetía:
—Gracias a Dios… estoy vivo.
Su miedo era evidente. La angustia se reflejaba en su rostro, pero no lloraba. No gritaba. No se quejaba.
Solo agradecía estar vivo.
Una vez logramos poner al soldado herido en un lugar seguro, solicitamos de inmediato la evacuación aérea. La gravedad de sus heridas hacía necesario trasladarlo lo antes posible a un centro médico donde pudiera recibir atención especializada.
Mientras esperábamos la llegada del helicóptero, permanecimos atentos y mantuvimos la seguridad del sector. El soldado continuaba consciente. A pesar de las graves heridas que había sufrido en sus piernas, permanecía sereno y repetía constantemente:
—Gracias a Dios, estoy vivo.
El tiempo parecía transcurrir lentamente mientras esperábamos la evacuación. Finalmente, escuchamos a lo lejos el sonido de las aspas del helicóptero que se aproximaba a nuestra posición.
Cuando la aeronave estuvo sobre el sector, se coordinó el procedimiento de evacuación. Tras asegurar el lugar, trasladamos al herido hasta el punto establecido para su extracción. Con mucho cuidado fue preparado para ser llevado a bordo, mientras nosotros permanecíamos atentos a cualquier eventualidad.
Junto con el soldado herido fueron evacuados los cuerpos de nuestros dos compañeros que habían perdido la vida en la explosión.
Ver partir aquel helicóptero fue uno de los momentos más difíciles de aquella jornada. Dentro de él iba un compañero luchando por sobrevivir y, junto a él, regresaban a la retaguardia los cuerpos de dos hombres que ya no volverían con nosotros.
Cuando el helicóptero se perdió en el horizonte, quedamos nuevamente en el terreno.
Por unos instantes permanecimos en silencio.
Después nos reorganizamos y retomamos nuestras posiciones. La misión continuaba, pero ya no éramos los mismos que habían iniciado aquel desplazamiento pocas horas antes.
Habíamos perdido a dos compañeros y otro luchaba por su vida.
La tristeza, la rabia y la impotencia se mezclaban dentro de nosotros. Aun así, teníamos que continuar.
La guerra no se detenía para permitirnos llorar a nuestros muertos. solo queríamos seguir teníamos sed.
La orden era continuar con la aproximación. Después de varias horas de marcha llegamos al corregimiento de San Isidro, un pequeño poblado de apenas unos 500 metros de largo, con casas y algunos establecimientos a ambos lados de la vía.
Por seguridad, distribuimos los tres pelotones: uno quedó ubicado en la entrada del corregimiento, otro en el centro, en un espacio abierto, y el tercero en las afueras. No podíamos ocupar las partes altas, porque teníamos información de que podían estar minadas.
La población nos recibió con desconfianza. Nadie nos ofrecía agua, nadie quería vendernos nada. Para ellos, la salida de los habitantes de La Unión Peneya no había sido responsabilidad de la guerrilla, sino del Ejército, por haber instalado una base militar cerca del pueblo.
Esa noche permanecimos allí, en silencio y alerta, conscientes de que la desconfianza de la población era también parte de la realidad que estábamos enfrentando.
Ya estábamos listos para continuar. La orden era avanzar cuando, de repente, un hombre se acercó al comandante del primer pelotón. Venía vestido de civil y llevaba un costal en las manos.
Con cierta preocupación, manifestó que quería entregarse.
Al abrir el costal encontraron un fusil, un chaleco y parte de su uniforme. También llevaba un radio de comunicaciones y algunos explosivos.
La situación generó inmediatamente desconfianza. No sabíamos si realmente se estaba entregando o si podía tratarse de una trampa.
Con mucha cautela fue verificado y posteriormente lo llevamos a la parte posterior de la formación. paramos el movimiento, comenzamos a hablar con él para conocer las razones de su entrega, de dónde venía y, sobre todo, cuál era su verdadera intención.
En una situación como aquella no podíamos confiar simplemente en sus palabras. Primero necesitábamos entender quién era aquel hombre y por qué, precisamente en ese momento, había decidido entregarse.
comenzamos a hablar con él. Quería saber por qué había decidido entregarse precisamente en ese momento.
Su respuesta fue sencilla: estaba cansado de esa vida.
Nos explicó que, durante el combate, había aprovechado la confusión para escapar. Al darse cuenta de que habíamos llegado al corregimiento, decidió acercarse y entregarse. Había visto la oportunidad y no quería dejarla pasar.
También nos contó algo que llamó especialmente nuestra atención. Según él, había muchos hombres dentro de la organización que querían escapar, pero tenían miedo de intentarlo.
Cuando alguno era descubierto o manifestaba su intención de abandonar el grupo, era sometido a lo que ellos llamaban un consejo de guerra y podía terminar fusilado. Por esa razón, decía, nunca había hablado con nadie sobre su intención de desertar.
Había esperado el momento adecuado.
El combate le dio esa oportunidad.
Mientras escuchábamos su relato, comenzamos a comprender que su entrega no había sido improvisada. Había tomado una decisión que llevaba tiempo pensando, pero que solo pudo ejecutar cuando encontró una posibilidad real de escapar.
Para nosotros quedaba todavía una pregunta: ¿podíamos confiar en lo que nos estaba contando o aquella entrega hacía parte de algo que todavía no comprendíamos?
LA INFORMACIÓN DEL DESERTOR
Decidimos confiar en él. En ese momento no había forma de evacuarlo para que el personal de inteligencia pudiera entrevistarlo, así que continuamos la marcha con él detrás de nuestra formación.
Durante aproximadamente una hora nos fue guiando por caminos ocultos que, según decía, eran utilizados por el grupo al que había pertenecido. Nos indicaba por dónde avanzar y qué sectores debíamos evitar.
Hasta que, en determinado momento, nos dijo en voz baja:
—Hagamos alto aquí. Estamos cerca del grupo al que yo pertenecía.
Nos detuvimos inmediatamente. Establecimos un puesto de observación y escucha y permanecimos aproximadamente veinte minutos en silencio, vigilando el sector.
Entonces los vimos.
Varios guerrilleros comenzaron a desplazarse por aquella zona.
El hombre que se había entregado parecía estar seguro de lo que decía. Nos explicó que esa ruta era utilizada únicamente por ellos y que nadie más conocía ese camino.
Sin hacer ruido, comenzó a darnos información sobre el grupo. Según él, había alrededor de veinte hombres. Nos indicó qué armamento tenían, cómo estaban distribuidos, dónde se encontraban sus posiciones y cuál podía ser el mejor momento para atacarlos.
La información era demasiado precisa para ignorarla.
Nos reorganizamos.
Dejamos parte de nuestros equipos atrás y establecimos dos escuadras de seguridad mientras preparábamos el ataque. El terreno era prácticamente plano. Solamente había un pequeño claro con algunos racimos de plátano y, alrededor, una zona de vegetación bastante cerrada.
La idea era rodear el lugar.
Un grupo de aproximadamente quince soldados se infiltró por el lado derecho del claro, avanzando entre la maleza. Otros quince lo hicieron por el lado izquierdo. Al frente del claro quedó una escuadra con una ametralladora, encargada de controlar el sector.
Según el hombre que se había entregado, dentro de aquella mata de monte se encontraba una especie de base. Por fuera parecía cubierta por la vegetación, pero en su interior tenían el terreno despejado.
Todo estaba preparado.
Comenzamos a avanzar de frente.
No habíamos recorrido mucho cuando comenzaron a salir hombres armados desde el interior de la zona de vegetación hacia el claro.
La ametralladora abrió fuego.
El combate comenzó de manera violenta y se extendió durante aproximadamente veinte minutos. El ruido de los disparos llenó completamente el lugar. Nosotros avanzábamos mientras ellos intentaban salir por diferentes puntos y buscar refugio en la selva.
Finalmente, por radio recibimos la orden:
—¡Cesar el fuego!
El silencio que quedó después del combate fue extraño.
Comenzamos a registrar el área. Encontramos seis guerrilleros muertos y cuatro heridos. Otros habían logrado escapar hacia la selva. En el lugar había quedado abandonada una cantidad considerable de armamento.
Reportamos la situación.
Poco después llegó el helicóptero. Traía munición, alimentos y medicamentos. En la misma aeronave fueron evacuados los muertos, los heridos y el hombre que se había entregado.
Cuando el helicóptero desapareció entre el ruido de sus aspas, comenzamos nuevamente a reorganizarnos.
Fue entonces cuando el cabo Barroso nos informó algo que cambió completamente el ambiente:
—Ayax no aparece.
El primer pelotón, acompañado por el cabo, salió a registrar el sector donde había estado el perro. Queríamos saber dónde estaba, si había resultado herido o si había muerto durante el combate.
Pero no encontrábamos nada.
Tampoco se escuchaba ningún quejido.
El guía canino nos explicó que, apenas comenzaron los disparos, Ayax había salido corriendo. Según su experiencia, normalmente el perro se alejaba durante el combate y después regresaba junto a él.
Pero esta vez no regresó.
Y mientras recorríamos nuevamente el terreno buscándolo, comenzó a crecer dentro de nosotros una preocupación que ninguno quería expresar en voz alta.
Ayax había desaparecido.
Todos los comandantes nos reunimos para recibir las nuevas instrucciones. La orden del comando superior fue clara: había que encontrar a Ayax. No podíamos abandonar el área sin él.
Ya estábamos cerca de la base militar ubicada en La Unión Peneya. Incluso comenzábamos a ver personas transitando por algunos sectores. Sin embargo, sabíamos que el grupo guerrillero había recibido un golpe fuerte y que difícilmente se quedaría tranquilo después de haber perdido hombres y armamento. Esperábamos alguna reacción.
Ese día organizamos puestos de control de manera esporádica en diferentes puntos, tratando de evitar que el enemigo pudiera establecer con precisión dónde nos encontrábamos.
Cuando el último puesto de control estaba a punto de terminar, apareció un anciano montado en un burro.
Se acercó lentamente y preguntó:
—¿Quién es el comandante aquí?
Mi sargento, que estaba con nosotros, respondió:
—Soy yo.
El hombre sacó una bolsa y se la entregó.
Mi sargento abrió lentamente la bolsa.
Lo primero que vimos fue la fotografía de Ayax.
Pero no estaba solo.
Detrás de él aparecía una gran cantidad de guerrilleros. Todos armados. La imagen parecía haber sido tomada deliberadamente para que supiéramos que Ayax estaba en sus manos.
Le dimos la vuelta a la fotografía.
En la parte posterior había una frase escrita a mano:
“VEGA POR ÉL. ESTAMOS EN LA VEREDA CORAZONES.”
Nada más.
No decía quién la había escrito. No decía cuándo había sido tomada la fotografía. No explicaba cómo había llegado hasta allí.
Solo ese mensaje.
“Venga por él.”
Por unos segundos nadie dijo nada.
Hasta ese momento buscábamos a Ayax sin saber si estaba vivo, herido o perdido en la selva. Ahora teníamos la certeza de que alguien lo había encontrado y quería que nosotros supiéramos que lo tenía.
El anciano nos explicó que un joven le había entregado la fotografía y le había pedido que nos la hiciera llegar. Después, se había marchado.
Lo miramos con atención.
Le creímos.
Pero la fotografía había cambiado todo.
LA NOCHE ANTES DE IR POR AYAX
Ahora sabíamos dónde estaba Ayax. Miramos nuevamente la fotografía y el mensaje. La vereda Corazones no estaba lejos de nuestra posición.
De inmediato solicitamos información de inteligencia sobre ese sector. Queríamos saber si existían antecedentes, presencia guerrillera o cualquier otro dato que pudiera ayudarnos a entender qué nos esperaba.
No pasaron más de diez minutos cuando recibimos la información por radio: sí había antecedentes de una fuerte presencia guerrillera en ese punto.
La orden, sin embargo, seguía siendo la misma:
Encontrar y recuperar a Ayax.
Estudiamos nuevamente la fotografía y analizamos la posible ruta de entrada. Nos dimos cuenta de que el acceso conducía por un camino que se perdía entre dos pequeñas montañas. Era un lugar estrecho y complicado, un punto donde fácilmente podían estar esperando una emboscada.
Mi capitán solicitó entonces al comando superior que buscara a algún desmovilizado que conociera aquella zona. Necesitábamos a alguien que pudiera orientarnos, que supiera cómo era el terreno, por dónde se podía llegar y, sobre todo, qué podíamos encontrar allí.
Pasaron aproximadamente dos horas antes de recibir respuesta.
Habían encontrado a alguien que conocía el sector.
Nos informaron que llegaría al día siguiente para guiarnos y explicarnos las características del lugar y las posibilidades de acceso.
La decisión estaba tomada.
Al día siguiente iríamos por Ayax.
Esa noche dormí muy poco.
Mientras los demás intentaban descansar, yo no podía dejar de pensar en lo que nos esperaba al día siguiente. La fotografía de Ayax, rodeado de guerrilleros, volvía una y otra vez a mi mente.
Sabíamos que íbamos hacia una zona de fuerte presencia enemiga.
Sabíamos que el camino podía ser una trampa.
Y, aun así, teníamos una orden que cumplir.
Había que ir por Ayax.
Aquella noche, antes de cerrar los ojos, una pregunta no dejaba de rondarme la cabeza:
¿Qué nos estaría esperando al otro lado de esas dos pequeñas montañas?
EL GUÍA
Eran aproximadamente las ocho de la mañana cuando ya estábamos listos para continuar. De repente, escuchamos el ruido de un helicóptero acercándose.
La aeronave descendió y de ella bajó un hombre de unos treinta y ocho años, delgado, que se presentó como Fabián.
Había pertenecido durante más de ocho años al grupo guerrillero antes de entregarse. Conocía perfectamente el sector y, como parte de los compromisos adquiridos al momento de su entrega, debía acompañarnos y servirnos de guía en situaciones como aquella.
Nos reunimos todos para escucharlo.
Fabián fue directo:
—El terreno es difícil.
Nos explicó que la situación se complicaba aún más porque muchas de las personas que vivían en esa zona tenían vínculos familiares con los guerrilleros. Eran hermanos, padres, esposas y otros familiares. Por eso, cualquier movimiento nuestro podía ser conocido rápidamente.
Después nos habló de las posibilidades para llegar.
Según él, solo teníamos dos opciones.
La primera era entrar por la ruta que ellos conocían y utilizaban habitualmente. Era el camino más directo, pero también el más evidente.
La segunda era darle la vuelta al sector y tratar de llegar por otro lado. El problema era que tendríamos que atravesar una zona de mucha maleza, siguiendo caminos viejos y prácticamente abandonados.
Nos advirtió que esa segunda opción podía significar por lo menos dos días de marcha.
Y había una condición: si queríamos hacerlo de esa manera, tendríamos que avanzar prácticamente sin equipo, llevando únicamente nuestro fusil y lo indispensable.
Fabián terminó su explicación.
Nos quedamos en silencio.
Ya sabíamos que no se trataba simplemente de ir a buscar a Ayax.
Teníamos que entrar en un territorio donde el enemigo conocía cada camino, donde la población podía estar relacionada con ellos y donde cualquier movimiento podía ser informado.
Ahora debíamos decidir por dónde entrar.
LA INFILTRACIÓN
Mi capitán informó al coronel sobre las condiciones del terreno y las dos posibilidades que nos había explicado Fabián.
Después de escuchar el informe, el coronel dio la orden.
Tres pelotones iniciarían la infiltración por la parte posterior del sector. Uno de ellos sería el nuestro.
Los otros pelotones permanecerían sobre la entrada, realizando actividades normales, con el propósito de que el enemigo pudiera observar nuestra presencia y creyera que toda la tropa continuaba concentrada allí.
Mientras ellos mantenían esa apariencia, nosotros avanzaríamos por la parte posterior.
La orden era clara: infiltrarnos, avanzar con cautela y evitar que el enemigo descubriera nuestro verdadero movimiento.
El coronel también nos informó que había otros pelotones operando en sectores cercanos, preparados para apoyarnos en caso de ser necesario.
Fabián iría con nosotros.
Así comenzó la misión.
Mientras algunos hombres se quedaban visibles para hacer creer que seguíamos en el mismo lugar, nosotros comenzamos a alejarnos silenciosamente, acompañados por aquel hombre que conocía el terreno y que, hasta hacía algunos años, había pertenecido al mismo grupo que ahora estábamos buscando.
La misión era encontrar a Ayax.
Pero todos sabíamos que, para llegar hasta él, primero tendríamos que entrar en territorio enemigo sin que ellos supieran dónde estábamos.
Tal vez quien lea esta historia se pregunte:
¿Por qué exponer la vida de tantos hombres para ir a buscar un perro?
La respuesta, para nosotros, era muy sencilla.
Quienes hemos sido soldados vivimos bajo un código. Tenemos principios, tenemos honor y, sobre todo, tenemos presente una regla que nunca se olvida: no abandonar a nuestros superiores ni a nuestros compañeros.
Ayax no era simplemente un perro.
Había acompañado a nuestros hombres, había trabajado junto a nosotros y había compartido el riesgo de cada misión. Para nosotros era uno más.
Era parte de la familia.
Por eso, cuando supimos que estaba en manos del enemigo, la misión dejó de ser solamente recuperar un animal. Se trataba de cumplir con nuestra palabra, con nuestros principios y con aquello que durante años nos habían enseñado a respetar.
Un soldado no deja atrás a los suyos.
Y para nosotros, Ayax era uno de los nuestros.
EL RESCATE DE AYAX
Comenzamos la infiltración.
El terreno era duro y el avance, lento. Llevábamos raciones de campaña y las paradas eran cortas, apenas lo necesario para recuperar un poco de fuerzas y continuar. Habíamos avanzado poco, pero con seguridad.
Cada hora reportábamos nuestra posición y el avance. En ocasiones era yo quien tomaba el radio para informar; otras veces lo hacía otro compañero. Lo importante era mantener la comunicación y seguir avanzando.
Poco a poco empezó a aparecer la claridad del nuevo día.
A lo lejos comenzamos a distinguir algunas casas de techo de zinc.
Ya estábamos cerca.
Continuamos avanzando con mucha cautela. Hasta ese momento no habíamos sido detectados, pero todavía no podíamos salir de nuestro escondite. La orden era clara: debíamos identificar al grupo, observar sus movimientos y tratar de confirmar dónde estaba Ayax.
Desde nuestra posición teníamos buena visibilidad del sector.
Pasaron aproximadamente dos horas.
Entonces escuchamos algo que nos paralizó por un instante.
Un ladrido.
El guía canino levantó la cabeza.
—Ese es Ayax —dijo con seguridad.
No había duda en su voz.
Lo habíamos encontrado.
Podíamos observar parte del sector, pero todavía estábamos demasiado lejos para llegar directamente. Mi capitán informó la situación y recibió del oficial de operaciones las instrucciones generales para desarrollar la operación conjunta.
Sin embargo, la maniobra en el terreno la dirigiría mi capitán.
Todo había sido preparado para iniciar el ataque apenas comenzara a aclarar.
Y así ocurrió.
Un pelotón permaneció en la parte alta, mientras los otros dos comenzamos a descender cuidadosamente. Al mismo tiempo, el grupo que había quedado en la entrada principal empezó a realizar movimientos controlados.
La intención era que, cuando la población los detectara y avisara de nuestra presencia, los guerrilleros concentraran su atención en ese sector y no imaginaran que otros hombres estaban descendiendo por la parte posterior.
La operación comenzó.
Los otros dos pelotones empezaron a recibir fuego.
Los guerrilleros los estaban esperando.
Pero nuestros hombres no avanzaron. Mantuvieron la posición y sostuvieron el fuego, cumpliendo con la misión de fijar la atención del enemigo.
Mientras tanto, mi capitán y nuestro pelotón continuamos descendiendo.
A medida que bajábamos, comenzaron a aparecer las primeras casas.
Y entonces lo vimos.
Ayax estaba allí.
Se encontraba encerrado en una casa de madera, detrás de una malla.
Al vernos, comenzó a ladrar.
El corazón se nos aceleró.
Habíamos llegado hasta él.
El guía entró rápidamente, tomó a Ayax y comenzó la salida. Pero en ese mismo instante las personas de la casa empezaron a gritar y alertaron de nuestra presencia:
—¡Hay soldados por donde están bajando!
Ya nos habían descubierto.
El tiempo se acabó.
Comenzamos a subir rápidamente.
Hasta ese momento todo había salido como lo habíamos planeado, pero ahora venía la parte más difícil: sacar a Ayax de allí.
El cabo tomó al perro y, en algunos tramos, tuvo que cargarlo para poder avanzar. Arrancaron hacia adelante, buscando alcanzar al pelotón que se encontraba en la parte alta.
Nosotros los seguíamos.
Desde diferentes sectores comenzaron a escucharse disparos sobre la zona por donde acabábamos de pasar.
Pero ya habíamos avanzado.
El ruido de los disparos quedaba atrás mientras nosotros subíamos con Ayax.
Habíamos logrado encontrarlo.
Ahora teníamos que conseguir salir con él.
EL REGRESO CON AYAX
Ayax continuaba ladrando.
Con el paso de los minutos nos dimos cuenta de algo particular: a diferencia de otros perros, Ayax ladraba cada vez que escuchaba los disparos. El guía trataba de calmarlo, pero el ruido de los combates lo mantenía alerta.
Nosotros continuábamos avanzando.
Regresamos por el mismo camino por el que habíamos llegado. Durante el día habíamos dejado el paso cubierto con ramas y maleza para ocultar nuestras huellas, pero sabíamos que aquello no sería suficiente para detener a quienes seguramente ya estaban intentando seguirnos.
Habían pasado varias horas y todavía nos faltaba mucho camino.
La noche fue larga y difícil.
La incertidumbre de pensar que podían alcanzarnos en cualquier momento hacía que cada ruido nos pusiera en alerta. El terreno estaba completamente oscuro y apenas podíamos avanzar. Caminábamos prácticamente a tientas, tratando de mantener el rumbo y de no hacer más ruido del necesario.
Sabíamos que ellos también tenían dificultades para moverse en aquella oscuridad.
Pero también sabíamos que nos estaban buscando.
La noche parecía no terminar nunca.
Hasta que, poco a poco, comenzamos a percibir una ligera claridad entre los árboles.
Había amanecido.
Fabián nos informó:
—Ya estamos cerca. Tenemos que agilizar el paso.
Hicimos un alto y reportamos nuestra situación. Calculamos que todavía nos faltaban aproximadamente tres horas para llegar al punto de extracción y encuentro que mi capitán había establecido antes de iniciar la operación.
Allí debían esperarnos.
Reanudamos la marcha.
Avanzamos durante un tiempo, hasta que ocurrió lo que todos temíamos.
Nos habían alcanzado.
Escuchamos los primeros disparos.
El primer pelotón reaccionó inmediatamente. Sacaron a Ayax de la zona más expuesta y comenzamos a responder al ataque, buscando ganar el tiempo necesario para que el cabo pudiera alejarse con él.
La prioridad era una sola:
sacar a Ayax.
Sostuvimos el fuego mientras comenzábamos a retirarnos de manera escalonada. Unos hombres cubrían mientras los demás avanzaban. Luego cambiábamos.
Poco a poco fuimos ganando distancia.
Los guerrilleros podían escuchar que había más soldados detrás de nosotros, pero no podían ver exactamente cuántos éramos ni dónde estaban las otras unidades.
Finalmente, decidieron retroceder.
Nosotros continuamos hasta alcanzar el punto establecido.
Esta vez lo habíamos conseguido.
Ayax estaba con nosotros.
Y, a pesar de las horas de marcha, el cansancio, la tensión y los combates, esta vez no tuvimos muertos.
Después de todo lo que habíamos vivido para encontrarlo, verlo nuevamente junto a nosotros fue una sensación difícil de explicar.
Habíamos cumplido la misión.
No habíamos dejado atrás a uno de los nuestros.
Después de que logramos salir del sector, los demás pelotones también comenzaron a retroceder. Esta vez la situación había sido diferente. Habíamos cumplido la misión y, lo más importante, no tuvimos que lamentar la pérdida de ninguno de nuestros hombres.
Informamos al comando sobre el desarrollo de la operación y sobre la recuperación de Ayax.
La orden que recibimos fue regresar a la base militar de La Unión Peneya.
Necesitábamos unos días de recuperación.
Después de varios días de marcha, combates, noches sin dormir y la tensión constante de estar en territorio enemigo, aquellos días en la base serían necesarios para recuperar fuerzas, reorganizar la tropa y preparar nuevamente el equipo.
Pero todos sabíamos que no sería por mucho tiempo.
EL REGRESO
Continuamos avanzando con Fabián. La orden era llevarlo hasta la base, donde posteriormente sería extraído.
Salimos aproximadamente a las once de la noche. Según nuestros cálculos, estábamos a unas tres horas de camino. La luna estaba clara y nos permitía avanzar con mayor facilidad.
Llevábamos cerca de dos horas de marcha cuando, de repente, escuchamos disparos a lo lejos.
La base estaba siendo atacada.
Esta vez no estábamos dispuestos a permitir que ocurriera lo mismo que había sucedido en Teteýé.
Aceleramos el paso.
Fabián nos indicó que conocía un atajo que podía ahorrarnos unos veinte minutos de camino. Sin embargo, también nos advirtió del riesgo: aquella ruta era poco conocida y existía la posibilidad de encontrarnos con los guerrilleros, porque, según él, prácticamente solo ellos conocían ese camino.
La decisión fue rápida.
—Listo. Tres pelotones por la ruta rápida y los otros tres por la vía normal.
Mi capitán inició el movimiento por el atajo.
Avanzamos con rapidez, esperando encontrar resistencia en cualquier momento. Sin embargo, no encontramos a nadie.
A medida que nos acercábamos, los disparos se escuchaban cada vez con mayor claridad. Los primeros pelotones ya habían llegado y por radio comenzaron a reportar que estaban en combate.
Nosotros continuamos avanzando.
Pero, cuando finalmente llegamos cerca de la base, los disparos habían cesado.
Los guerrilleros se habían retirado al darse cuenta de que estaban llegando más soldados.
Nuestros pelotones no reportaron heridos y nosotros tampoco tuvimos bajas.
Pero esta vez sí había un muerto en la base.
Era un centinela que había sido asesinado cuando comenzó el ataque. Además, los guerrilleros le habían robado su fusil.
El ataque había terminado.
Nosotros habíamos llegado a tiempo para reforzar la defensa, pero una vez más la guerra nos recordaba que, incluso cuando se logra contener un ataque, siempre queda alguien que paga el precio.
Este relato está dedicado con profundo respeto, honor y gratitud a nuestros compañeros que hicieron parte de esta historia y que pagaron con su vida o con su integridad el precio de la guerra.
A los dos soldados profesionales que perdieron la vida en el campo minado, cumpliendo con su deber y permaneciendo junto a sus compañeros hasta el último momento.
Al soldado regular que murió defendiendo la base militar, sorprendido mientras cumplía con su turno de centinela.
Y al soldado que sobrevivió al campo minado, pero perdió una de sus piernas. Un hombre que, en medio del dolor y la tragedia, tuvo la fortaleza de decir:
“Gracias a Dios estoy vivo.”
A ellos les pertenece esta memoria.
Sus nombres podrán quedar escritos en un documento, en una placa o en un registro militar, pero para quienes compartimos aquellos momentos, nunca serán simplemente un nombre.
Fueron compañeros.
Fueron soldados.
Fueron hombres que estuvieron a nuestro lado.
Y mientras alguien recuerde lo ocurrido, ellos seguirán viviendo en nuestra memoria.
Honor y gloria a nuestros compañeros caídos.
Thoughts
-
PermalinkTres en una escuadra. Dos de ellos no salen del capítulo con nombre. El perro sí. Eso resume todo.
-
PermalinkMe acordé de gente que pasa por lo peor y solo logra decir que sigue viva, eso era lo que más le importaba en ese momento
-
PermalinkEse agujero entre la orden y los hombres que no la escuchan es lo que me cuelga, los mismos compañeros que murieron sin enterarse
-
PermalinkGracias por contarlo así. ¿Vas a publicar el capítulo 10?
-
PermalinkEn cada capítulo anterior llega alguien que supone arreglarlo todo. Cuando viste bajar a Barroso con el perro, ¿ya sabías cómo iba a terminar?
-
PermalinkNadie eligió estar ahí.
Related posts
-
Capítulo 6. Las Tres Cascadas de Salmerón
Bajo el cielo encendido de la aldea Huerena, donde el sol de la tarde tiñe el polvo de oro, Súcuta permanecía en silencio. A su lado, Cauri y Zari, sus padres, compartían el sosiego del crepúsculo,…
-
Capítulo 7: El Jardín de los Testigos
—Despacho de Lady Alheria, Ala norte—
-
Capítulo 6: Ahí, donde nadie pidió perdón
El laboratorio llevaba días encendido.
-
Día 5: Integración
Cuando estaba lista, cuando mi vida funcionaba, cuando estaba bien en ella y conmigo... llegaste para hacer que todo sonara mejor. Le agregaste música a mis días.
-
LA CONSTRUCCIÓN DEL CASTILLO: TRATADO DE INGENIERÍA DE SISTEMAS Y DEFENSA DEL REINO
Por el Escribano Mayor de la Caballería Ligera de la Lengua, bajo la luminaria de Don Carlos Kirk Primero.
-
NADIE VE EL EMPAQUE
Salí del turno nocturno de la morgue con los huesos molidos y la mente en blanco. A veces disfruto tanto de una mesa en un restaurante fino como de sentarme en la banqueta a comer una buena dona,…
-
La primera guerra mundial según alguien moderno: Capitulo 1 (borrador )
La bala
-
Butakera
Capítulo 1