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Butakera

Moebius
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Capítulo 1

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Capítulo 1

28 de febrero de 2016

1

DON TEO se llamaba, en realidad, Teodoro Gutiérrez y era el capo de la red de delincuencia de la zona sur. Había heredado un imperio de la mano de su padre, el Don Teo original, un paraguayo de nacimiento que vino en los años 50 del siglo pasado y que, a fuerza de sangre y dinero, fue construyendo el imperio que le pasó a su hijo. Este siguió con su método de reinar desde las sombras; «plata o bala» era su lema, el cual lo mantuvo en el poder.

Hoy era día de reunión y casting para cubrir un lugar de butakera.

Su base de operaciones era la Sociedad de Fomento del Barrio Kolinos. Allí se tejían sus negocios y festejaban sus triunfos. Era un típico club de barrio: al entrar había un mostrador de madera gastada con una heladera Siam de grandes vidrios. Atrás, botellas y botellas con banderines con los colores del club, verde y rojo; seis mesas de madera marrón oscuro con sus respectivas sillas, y un billar que hoy descansaba, sin jugadores. Tampoco había parroquianos jugando a las damas o charlando de política, ni Don Teo escribía en una libretita detrás del mostrador. No. El club estaba cerrado.

Las seis mesas formaban una más grande. Un representante del obispo, un representante del intendente y el jefe de la Departamental de la Policía Bonaerense, el comisario Smith, miraban al anfitrión en la cabecera de la mesa. Una cerveza, un vaso de agua y un café eran toda la decoración.

Teo los miró y comenzó a hablar leyendo su libreta. Su voz era suave pero firme; a pesar de haber nacido en Argentina, quizás por su crianza rodeado de inmigrantes paraguayos, arrastraba la «r» y tenía un poco de acento provinciano.

—Decile al intendente que va a haber plata para su campaña, pero que habilite el bingo, che. Seis meses hace que está terminado. ¿Qué pasa ahí?

—No es cosa nuestra, Provincia tiene detenido todo —dijo Méndez, encargado de Habilitaciones y Catastro, acomodándose los lentes e intentando parecer sincero.

—Cuando fui con el proyecto, tu jefe me dijo: «Dalo por hecho...».

—Sí... eh... el lunes vamos a Gobernación y vamos a inte...

—Van a destrabar —lo interrumpió Teo.

Méndez respiró y se corrigió:

—Vamos a destrabar todo...

—Padresito, con ustedes todo sigue igual. No vendemos a menores ni en las escuelas. No hay niñas en las... «casas de compañía» y sigue el mismo donativo para el hogar de pobres y ancianos. ¿Qué pasó? ¿Por qué lo envió Miguelito?

—El obispo... —carraspeó intentando parecer en dominio de sus nervios, pero las historias sobre este hombre eran terribles y no podía no pensar en ellas—. Una monja nos trajo esto que tenía un pibe en un comedor.

Le pasó un sobre hecho con papel glacé que contenía un polvo rosa. Teo lo olió y levantó una mano. Un hombre calvo, con una prominente barba y anteojos de sol, se acercó. Con el pulgar y el índice agarró un poco del polvo, lo esnifó y dictaminó:

—Peruana.

Luego volvió al sitio de donde salió.

—Peruano ha isy kuña (peruano la concha de tu madre) —insultó en guaraní Teo mientras golpeaba la mesa, para luego pedir perdón juntando las manos—. Perdón, perdón. Como decía mi viejo, el que se enoja pierde. Déjemelo a mí. ¿Algo más?

—Sí, sí... Hay una camioneta blanca que trae chicas de Varela a trabajar en la Monte Verde. Otra... otra colaboradora que da asistencia a las chicas la vio y había menores.

—¿Está seguro?

—Sí... sí...

—Déjemelo a mí... Alguien se está pasando de vivo. Ustedes dos pueden irse; vos te quedás —le dijo al policía.

Cuando el cura y el municipal se fueron, miró serio al policía como esperando que dijera algo.

—¿Qué pasa? —preguntó el uniformado.

—Lo mismo digo... ¿Qué pasa?

—Dale, no tengo tiempo.

—Creo que me están tomando de boludo. O fui muy bueno con ustedes. Los peruanos están metiendo esa mierda del tusi en mi zona. El negro de Varela es el único que puede ser tan boludo de sacar menores a hacer la calle. Y vos... me robás...

—¿Qué?

—Hace unos días me pediste un favor: 400 kilos de la buena para fingir un allanamiento... Volvieron 360.

—No puede ser...

—Es... es —le retrucó mirándolo a los ojos. Abrió su libreta y leyó—: 357,68 gramos... Algo así como 42,32 faltan. Doscientos cincuenta mil pesos más intereses... Pero no vamos a hacer lío. A ustedes los robaron, es problema suyo. Decile a tu jefe que este mes hay 250 000 menos en la bolsa...

—No le va a gustar...

—Problema suyo.

—Te vas a meter en un lío por un vuelto...

—Yo no... Vos te estás metiendo. Ahora andate.

—¡Shst! —le chistó Teo. Cuando el comisario se dio vuelta, agregó—: La cerveza son 5 pesos.

El comisario sacó la billetera con movimientos bruscos, extrajo un billete de 100 y lo dejó sobre la mesa. Lo alisó con dos dedos, como quien acomoda una carta sobre un paño verde. Después barrió con la mirada a los hombres de Teo, uno por uno.

—La próxima ronda la invito yo, muchachos. El que quiera, ya sabe.

Y volvió a mirar a Teo.

El Barbudo, que había probado la droga, ni se movió de su silla. Con su voz ronca, dijo:

—Prefiero tomar meo que una birra pagada por un cobani.

Atrás, los hombres rieron. Un «obvio» flotó en el aire. Alguien escupió al piso.

Teo no miró el billete. Miró al comisario y sonrió.

—Se lo voy a dar a las doñas del merendero. Para que les hagan una linda merienda a los pibes.

El comisario bajó la visera de la gorra con un gesto seco y se fue. Mientras la puerta se cerraba, Teo levantó el billete y lo guardó en el bolsillo de su camisa. Las carcajadas estallaron a sus espaldas.

2

Unos subordinados de Teo sacaron las mesas y solo dejaron una en el centro del salón. Le acercaron un bolso deportivo mediano y su equipo de tereré (un termo bomba de 3 litros y un mate ploteado con los colores del club). Los demás se pusieron detrás de él. Imperaba un ambiente alegre y expectante, como si fuera a suceder algo impactante.

—Háganla pasar —dijo Teo cebándose un tereré.

Entró una mujer de unos 30 años, de cuerpo fornido pero trabajado. Pelo negro con reflejos, peinado en cientos de trenzas atadas con una gomita roja. Tenía puesta una campera deportiva violeta ceñida a la cintura y un jean que se hundía en su entrepierna. El público adoptó un silencio respetuoso y solo cuando ella levantó la mano para saludar diciendo «¿Cómo anda la gente?», estos respondieron al unísono: «¡Turca!». Se sentó frente a Teo, recostada levemente sobre la derecha.

—¿Estás segura de querer hacer esto? —preguntó su jefe.

—Cuando entré me dijiste que me podía ir en cualquier momento...

—Cierto, siempre que consigas una reemplazante tan o mejor que vos.

—La tengo...

—Por última vez, ¿estás segura?

—Me recibí hace un mes, ya soy abogada. Y María quiere que nos casemos, hasta pensamos en adoptar... No hay lugar para niños en este mundo.

—¡El amor, el amor! ¡Qué seríamos sin él! —dijo el Don gritando y abriendo los brazos. Todos aplaudieron—. Ok, ok, ok... Dale, que pase...

La Turca se levantó y gritó:

—¡Martina!

Cuando entró, todos los hombres abrieron los ojos. Hubo aplausos y hasta algunos silbidos de admiración. Era una Barbie del Conurbano. No medía más de 1,65 metros, pero tenía toda la voluptuosidad comprimida en ella.

—La parto —dijo un pibe platinado sonriendo de costado, y todos asintieron.

Llevaba puestos un top blanco y unas calzas del mismo color; los hilos de una tanga se asomaban en la cintura. Completaba su outfit con una camperita negra abierta que dejaba ver el piercing de su ombligo. El pelo rubio estaba recogido en una interminable cola de caballo. De cara linda, rasgos indefinidos pero llamativos y ojos verdes que parecían brillar. Cuando se acercó a Teo lo miró, pero no dijo nada. Esperó, esperó, esperó... hasta que este le señaló la silla que había dejado la Turca, y solo ahí se sentó. Primera prueba superada.

—¿Sabés dónde te metés? ¿Sabés lo que tenés que hacer y, sobre todo, sabés los sacrificios que vas a tener que hacer? —preguntó Teo como si le estuviera tomando juramento.

—Sí, y gracias por la oportunidad. La Turca me contó todo y sí, acepto. Prometo no decepcionarlo...

«Dejá de hablar», pensó la Turca, que se jugaba su libertad en este casting.

—No tan rápido... —la interrumpió su futuro jefe—. Tenés que pasar tres pruebas. La primera con creces: en este trabajo tenés que ser... digamos, llamativa. Y vaya si lo sos. Llamalo prejuicio... ¿pero tenés lo que hace falta? ¿Estás dispuesta a que te tome las otras dos pruebas?

—Sí, sí... Usted diga... —dijo Martina poniendo la espalda derecha y las manos sobre la mesa, como sabiendo lo que se venía.

Teo agarró el bolso deportivo y sacó tres armas: un revólver y dos pistolas. La miró y le dijo:

—¿Cuál es mejor para tu trabajo?

Martina miró las tres, pero agarró una diciendo:

—Glock 17 de cuarta generación, fabricada por la marca Nuprol/Raven. Destaca por su combinación de corredera metálica plateada y cuerpo de polímero de alta densidad en color rosa; fácil agarre, la puedo poner en una funda en el pecho o en la pierna, calibre 9x19 Parabellum, 17 cartuchos...

—Ok, sabés bien... —la interrumpió Teo sacando del bolso un cargador vacío y una caja de balas. Las puso sobre la mesa y le hizo una seña con las manos, como diciéndole a ver cuánto tardás.

Martina empezó a toda velocidad, pero con los últimos proyectiles, por la resistencia del resorte, parecía costarle más. Hasta que terminó, puso el cargador sobre la mesa y levantó las manos. Alguien de atrás gritó:

—¡Cincuenta y cinco segundos!

Todos aplaudieron y Teo hizo un gesto de aprobación con la boca.

—Segunda prueba superada. Antes de la tercera, te aviso que no es personal —la miró serio y gritó—: ¡Hulk, violala!

3

Una butakera no es solo la acompañante del recaudador o «remís» para delincuentes, un servicio que ofrece Don Teo. Si tenés que robar una joyería o una casa por encargo, Teo te ponía el transporte; si tenías que hacer un secuestro, tenías que arreglar el traslado con él; si tenías que transportar algo que no se tenía que saber, Don Teo era tu solución. Nada podía pasar sin que Don Teo cobrara su comisión.

El contrato constaba de un auto, un «Toretto» (chofer), una butakera (copiloto) y toda la ferretería. Tenía una flota con dos tipos de autos: unos negros a los que llamaban «Tornado» (como el caballo del Zorro), unos Renault Laguna que, quitándoles el limitador electrónico, llegaban a 240 kilómetros por hora; y unos blancos, los «Plata» (como el caballo del Llanero Solitario), unos Mercedes-AMG GT 63 S E Performance de 4 puertas que, también sin el límite electrónico, rondaban los 310 km/h.

Los Tornado eran para recaudar y cuidar los activos de Don Teo, y los Plata para correr y cumplir misiones. Y aquí entraban en juego las butakeras: no solo le prestaban apoyo al conductor cargando las armas, sino que a veces manejaban y también tenían que saber disparar y pelear. La unidad entre chofer y butakera debía ser total. Uno dependía del otro para salir vivo de cualquier contrariedad que sucediera. Por esto Martina resaltaba: porque no se rendía y era una guerrera en 165 cm.

4

Lo llamaban Hulk porque era una bestia de 2 metros y 100 kilos, musculoso y marcado. Tenía un solo problema: estaba loco. O dos: estaba loco y era un sádico femicida. No los voy a aburrir intentando justificar a este monstruo: si le pegaban de chico, o abusaron de él, o creció sin amor, etc. Nada justificaba lo que le hacía a sus víctimas. Don Teo lo salvó de la cárcel porque le debía un favor a su madre y porque la sola presencia de Hulk hacía hablar a cualquiera. Lo tenían castrado químicamente, pero esto a veces no alcanzaba. Una vez que solo tenía que averiguar quién era el topo que Interpol había infiltrado en su organización, Teo lo envió a «interrogar» a un soplón... Cuatro dardos para dormir osos hicieron falta para dormirlo. Al soplón lo velaron a cajón cerrado.

Hulk apareció de entre el público que observaba el casting y no le dio tiempo a nada a Martina. La agarró del cuello y la levantó por encima de su cabeza hasta que su entrepierna quedó a la altura de su nariz. Él olfateó la vagina como un animal oliendo a su presa. La Turca quiso intervenir, pero Teo la detuvo con una mirada, aunque sacó su 9 milímetros disimuladamente.

Hulk bajó a la mujer despacio hasta poder mirarla a los ojos... Gozaba ver cómo la esclera se iba poniendo roja. Entonces Martina le agarró los costados de la cara a Hulk y lo besó. Fue un beso largo y sexual, con lengua y saliva, moviendo la cabeza con frenesí. Hulk aflojó la presión como disfrutando el beso, hasta que Martina sacó una horquilla japonesa de su pelo y se la clavó en un ojo, reventándoselo.

Sangre y una baba empezaron a salir de entre los dedos del atacante. Martina corrió hasta la mesa y, casi en un mismo acto, puso el cargador en la Glock y tiró la corredera para atrás. Apuntó, pero antes de disparar, tres dardos impactaron en el cuerpo de Hulk, quien cayó semiadormecido.

Teo se paró y empezó a aplaudir; todos lo siguieron. La Turca se acercó mirando las marcas rojas en el cuello de la piba, diciendo:

—Perdón... No sabía. Sonreí, ya te vas a vengar —y la abrazó.

—¡Polaco! —gritó el jefe, y el platinado llegó corriendo—. Ella va a ser tu butakera —se acercó y le dijo al oído—: Mantené a tu amigo dentro del pantalón, ¿sí?

—Sí, jefe... No se preocupe.

—Llevala con Juana que la cure y explicale todo, es tu responsabilidad.

El pibe asintió con la cabeza y se acercó a Martina. La Turca la soltó y le dijo que vaya. Antes de irse, se acercó a Teo y solo le dijo «gracias», sonriendo con un dejo de dolor.

5

La Turca se acercó a despedirse de Don Teo. Le extendió la mano y Teo le puso el bolso deportivo en ella.

—Es tu indemnización, pero sabés que podés volver cuando quieras.

La Turca abrió el bolso y asomaron varios fajos de dólares.

—Gracias, pero no creo —y se fue.

Teo llamó al pelado barbudo y le dijo algo al oído. Este salió por una puerta y volvió con una mujer de unos 55 años y una adolescente de unos 15, con claros signos de haber sido golpeada: un ojo negro, la cara hinchada, los labios partidos y caminaba con dificultad.

Teo estaba parado enfrente al cuerpo derrumbado de Hulk, que sangraba por el ojo destruido y le caía espuma blanca por una comisura de la boca. La chica se detuvo como con temor, pero la madre la empujó a ir.

—Viniste a mí por justicia, me pediste que hiciera algo. Tu marido fue un buen hombre, le debo la vida. Pero yo no soy Dios: no te puedo dar justicia, te puedo dar venganza —se puso en cuclillas y casi al oído le dijo a Hulk—: Juré a tu madre protegerte y cuidarte, siempre te tapé todo y quizás fue mi error. Te dije mil veces: con la gente del barrio, no. Sos sangre de mi sangre, pero hasta acá.

Se paró y le tendió la Glock que le sacó a Martina.

—Tomá tu venganza.

La mujer agarró el arma temblando, pero no pudo disparar. La hija se la arrebato y, hasta que la corredera no quedó para atrás, no dejó de disparar.

A Hulk lo enterraron junto a su madre.

Thoughts

  • Ovid

    Que un capítulo 1 termine enterrando a Hulk junto a su madre me dejó pensando que el que va a pagar la cuenta de verdad es el Polaco, al que le acaban de encargar cuidar a Martina. Y el bingo parado seis meses me suena a que el intendente va a ser el problema grande de esta historia. Me gustó mucho, gracias por subirlo @Moebius!

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  • CapituloTrasCapitulo

    Che, la Turca se recibe de abogada, se va con el bolso de dólares y yo igual la veo volviendo más adelante. Alguien que arma su propia reemplazante no se despega así nomás. Ya tenés el 2 escrito?

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