Capítulo 3: Amor y venganza
Y era inevitable. Eso se decían cada vez que cruzaban la ciudad y se iban a Pilar o San Fernando para matarse en un hotel alojamiento por horas. Era inevitable que, entre maratón y maratón de sexo, se contaran su vida, sus triunfos y sus fracasos. Ella logró entrar en el corazón endurecido de él, y él logró vencer la desconfianza de ella. Era inevitable que fueran al cine, a bailar o solo a pasar la tarde tirados en una plaza dándole forma a las nubes, además de otras acciones cursis que los enamorados suelen hacer. Él se descubrió conmovido al mirarse en sus ojos, y ella tuvo ganas de llorar cuando él le dijo: —Te quiero y no sé cómo decirlo. —Ya lo dijiste, boludo. Yo también —respondió ella, y se dieron un beso largo de amor.
Pero también fue inevitable que ella quedara embarazada. Dentro del auto, le mostró la prueba de embarazo. A él se le iluminó el rostro y la abrazó, para luego quedarse mirando al frente, agarrándose del volante como de una rama que evitaba que cayera a un precipicio. —Don Teo va a entender —dijo el Polaco, autoconvenciéndose. —¿Y si no? —preguntó Martina. —Agarramos un Plata y nos vamos a la mierda.
Martina asintió en silencio mientras él encendía el Tornado y se perdía por la avenida.
2 Hierros Ferrara quedaba sobre Camino General Belgrano, cerca de la avenida Pasco. Oficialmente era una compraventa de hierros de demolición, pero en realidad su negocio era blindar autos para empresarios VIP y para la flota de Don Teo. Era regenteado por una familia de gitanos provenientes de Europa del Este, la región de los Balcanes y España (aunque el origen ancestral remoto del pueblo gitano o romaní se sitúa en el norte de la India, en la región de Rajastán).
Don Esteban "Branko" Mitrovich, el Baró, llegó de los Balcanes siendo un adolescente a finales de los años 30. En la década de 1940 recorría los suburbios de Buenos Aires con un carro tirado a caballo, recolectando chatarra, cobre y fierros viejos. Con los años, esa chatarra se convirtió en fundiciones y grandes depósitos de chatarra industrial en Sarandí, Valentín Alsina, Quilmes y Florencio Varela. Hoy, ya anciano pero con una mirada de acero que todavía hace temblar a sus nietos, delega los negocios legales a la vista de todos. Sin embargo, en el subsuelo de sus galpones más grandes, el clan Mitrovich aprovecha las prensas hidráulicas y el conocimiento del acero para el negocio pesado: modificar los chasis de los autos de la mafia, blindarlos en secreto con planchas de procedencia militar que entran al puerto por la izquierda y proveer el arsenal con el que los capos imponen su ley. Cuando él habla, la comunidad calla; es el hombre que transformó el óxido en un imperio de balas y blindaje. Fue íntimo amigo del padre de Don Teo y hoy sus herederos lo son del Don, en especial Ramón, su nieto menor.
Cuando Don Teo llegó al gran galpón de Camino General Belgrano junto al Tío en un Plata, acompañados por Martina y el Polaco, Ramón lo recibió con grandes ademanes y lo llevó a la parte trasera. Allí, Don Teo, entre sonrisas y una amabilidad impostada, lo saludó, preguntó por su abuelo y fue directo a los negocios: —¿Qué es eso que me querés mostrar? —Mire, Don: un hombre en su posición no busca un auto, busca una fortaleza que no lo parezca. Lo que nosotros hacíamos acá era poner placas de acero balístico, pero ahora es alta ingeniería de supervivencia. Trajimos el método y los materiales con que los gringos blindan a la mismísima «Bestia», el auto del presidente. El procedimiento es quirúrgico: desmantelamos su vehículo por completo, lo dejamos en el chasis vivo y revestimos cada centímetro de la cabina con paneles de acero balístico y fibras de aramida de grado militar. Los paneles se traslapan entre sí; no dejamos un solo milímetro libre ni una fisura por donde pueda colarse la mala suerte. Incluso blindamos los respaldos de los asientos, por si intentan sorprenderlo por la espalda desde la cajuela. Olvídese de los vidrios comunes: los reemplazamos por cristales multilaminados de máxima calidad que se tragan los impactos sin astillarse. El peso del coche va a duplicarse, claro, pero por fuera la estética queda idéntica, impecable, de fábrica. Nadie en la calle va a sospechar que viaja en un tanque. Usted me lo deja cuatro semanas y yo le devuelvo la total tranquilidad de que ninguna ráfaga de fusil va a arruinarle el día. Su vida vale más que un par de semanas de espera, Don.
Hizo un gesto y sus hombres trajeron unos protectores auditivos gigantes, como auriculares de DJ, mientras otros arrastraban un pesado trípode de acero hasta el centro del galpón para montar la brutal General Electric M134 Minigun, una ametralladora rotativa de seis cañones. Conectaron el cable de alimentación a una batería de camión y acoplaron la cinta flexible cargada con cientos de cartuchos calibre 7.62. El Don dio la orden de fuego.
Al presionar el gatillo, no hubo un estruendo de disparos individuales, sino un aullido ensordecedor, un zumbido mecánico y continuo que sonaba como un motor de avión destrozando el aire. Una lengua de fuego ininterrumpida brotó del cañón giratorio. El caño de escape del auto de prueba saltó por los aires, las ópticas estallaron en mil pedazos de plástico y una lluvia ardiente de casquillos dorados inundó el suelo de cemento, acumulándose como nieve metálica. Durante cinco segundos de puro infierno, la Minigun escupió más de cien balas de grado militar contra la puerta del conductor. Cuando el zumbido cesó y el humo espeso comenzó a disiparse, el Don se acercó al vehículo: la chapa exterior estaba completamente deshecha, hecha jirones, pero la barrera interna de acero balístico y aramida se había tragado cada impacto. El habitáculo estaba intacto. El Don sonrió, convencido de que había comprado la inmortalidad. Ramón gritó y festejó eufórico.
El Tío, el Polaco y Martina sacaron sus armas, a lo que el gitano los miró haciendo un gesto para que se quedaran tranquilos: el fondo estaba blindado como un polígono de tiro y el galpón estaba insonorizado.
—Cuatro semanas es mucho —le dijo Don Teo—. Quiero dos en diez días y los veinte restantes en sesenta. ¿Cuánto sale la joda? —El suyo es un regalo de la familia; los veinte restantes, un palo verde. Viva, obvio... —¡Ehh! No somos Obama... Ochoocientos. —Novecientos cincuenta; van a tener que trabajar 24/7 —retrucó Ramón. —Novecientos y una fiesta para tus muchachos en Sheika —los hombres del gitano aplaudieron y Ramón no pudo más que aceptar. —Polaco —dijo Teo mientras este se acercaba—, traele dos Tornados mañana. —Don Teo, tengo que hablar con usted. —Después, pibe, tengo que ir a una clase de parto.
El Tío estalló de risa: —¡Vas a ser abuelo antes que padre! Jajaja.
Martina y el Polaco no se rieron.
3 Diez días después.
Martina se había mudado de La Matera; ahora vivía en un coqueto dúplex en Amoedo y Calchaquí. Cada vez que llegaba ahí sentía una mezcla de orgullo y culpa por no poder llevar a su mamá a vivir con ella. No era por mezquindad, sino porque su madre no aceptaba lo que hacía Martina. En realidad no lo sabía: creía que era prostituta y ella no se animaba a decirle la verdad.
El Polaco la pasó a buscar, no en su Tornado, sino en el de Locovich (llamado así por el profesor de Los autos locos debido a su forma de manejar), junto a Juliana, otra butakera, colorada, de piel blanca y labios pintados de un rojo furioso. El Polaco iba en la parte de atrás. Iban a buscar uno de los dos Lagunas que le habían dejado para blindar; el otro ya lo tenía Don Teo. Locovich tocó bocina y a los dos minutos Martina salió enfundada en un minishort diminuto y una remera blanca de Sailor Moon. Subió atrás, saludó a los otros y le dio un beso muy cerca de la boca al Polaco. Juliana vio esto por el espejo retrovisor y sonrió cómplice.
Cuando llegaron al galpón del gitano, bajaron y el Tornado salió arando. Los recibió Ramón, quien no dejaba de mirar a Martina. Le dio la llave al Polaco diciéndole: —Lo vas a sentir raro. Dejalo que se acomode.
El Polaco agarró las llaves con gesto serio y solo dijo gracias. Subieron mirándose con desgano. Cuando hicieron una cuadra, el Polaco paró, se miraron un segundo y se comieron la boca. Luego él apoyó su frente contra la de ella, le agarró la cara y le dijo compungido: —No aguanto más, hoy se lo decimos.
Ella asintió volviéndolo a besar. El Polaco encendió el auto y tomó por la avenida Belgrano hacia el Cruce Varela. De golpe, el Polaco lo apuró y el auto hizo un salto. Lo aceleró y salió disparado. Frenó de golpe y cambió de dirección. —¿Qué pasa? —preguntó Martina. —Hay algo que no me gusta. Nunca confíes en un gitano.
Fue a la balanza pública y pesó el auto. El operador le pasó el ticket del peso. —Gitano hijo de puta... Pesa 1300 kilos, tendría que pesar 2000 como mínimo. No está blindado. —¿Y el otro quién lo tiene? —¡Don Teo! —gritó el Polaco.
Subieron al Tornado y salieron volando. —Llamá al Tío, explicale y preguntale dónde está.
Martina así lo hizo y, sacando su Glock de la guantera, dijo: —Va por la autopista a La Plata.
El Polaco aceleró sin respetar los semáforos.
4 El sol del mediodía rebota con violencia sobre el capó del Renault Laguna, que ruge enfurecido a solo tres autos de distancia del vehículo de Don Teo. Ya estaba avisado y el Tío venía con un "Plata" blindado, pero debían salir de la autopista. El Polaco no puede perderlo de vista. Cada vez que el auto de Teo mete un volantazo y se filtra entre el tráfico, el Polaco debe calcar la maniobra milisegundos después, pero con el doble de riesgo para recortar la ventaja.
De pronto ve una Trafic blanca que abre la puerta lateral: dos hombres con FALs apuntan al auto de Teo, quien clava los frenos y se tira hacia el carril lento para superar a un camión cisterna que le sirve de escudo. El Polaco reacciona por puro instinto: pisa el embrague, mete un rebaje violento de quinta a cuarta marcha y el motor del Tornado grita a cinco mil vueltas. Sin tocar el freno, se lanza detrás inclinándose de costado, apoyando todo su peso en las ruedas izquierdas; el neumático delantero derecho llega a despegarse un milímetro del asfalto mientras esquiva la parte trasera del camión por el espacio justo de una mano. El chasis cruje, pero el motor enroscado le da el empuje necesario para salir catapultado en busca del carril rápido otra vez. El camión cisterna queda atrás y, con él, su protección.
El chofer de Teo, un experimentado expiloto de TC al que le decían Moura, empieza a usar el tráfico diurno como un escudo humano, cruzando el auto en diagonal entre los carriles para bloquear el paso de su perseguidor. El Polaco lo sigue desde atrás y se ve obligado a inventar espacio donde no lo hay. Divisa una brecha imposible: una camioneta utilitaria y un colectivo de línea avanzan en paralelo a ciento diez kilómetros por hora, y llega a ver las armas. Moura ya los pasó por la izquierda, dejando el carril cerrado. El Polaco decide romper las reglas: se tira a la banquina asfaltada de la derecha.
Su auto muerde la línea blanca a ciento cincuenta kilómetros por hora. El ruido es ensordecedor; la arenilla y los pedazos de caucho desprendidos de los camiones golpean los pasarruedas como ráfagas de ametralladora. Mantiene el volante rígido, peleando contra las sacudidas de la dirección que intenta escupirlo hacia el guardarraíl. Pasa al utilitario por la derecha, pero se le termina la banquina por un cartel de señalización. Sin dudarlo, mete un "tijeretazo": clava la tercera marcha, le da un tirón seco al volante hacia la izquierda y cruza la trompa del Laguna justo por delante de la Trafic. El conductor del utilitario clava los frenos y con la inercia esquiva al Polaco, siguiendo rumbo a Teo. Con las ruedas delanteras patinando y humeando sobre el asfalto caliente, el Laguna se endereza en el carril central, pegándose al paragolpes trasero de su presa.
Ahora van a la par, separados por un carril vacío pero atrapados a casi 140 kilómetros por hora detrás de una barrera de tres autos que viajan a velocidad legal. Moura frena en seco para obligar a la Trafic a pasarse de largo, pero el chofer de los atacantes anticipa la jugada y gira en U. El Polaco se para sobre el pedal de freno con las dos piernas, el ABS zapatea con furia bajo su bota y la parte trasera del Laguna se levanta perdiendo adherencia. Con el auto completamente desestabilizado y la cola hamacándose de izquierda a derecha, suelta el freno, rebaja a segunda marcha forzando la transmisión al límite y clava el acelerador a fondo. Las gomas delanteras chillan, muerden el pavimento y arrastran el auto hacia la única salida: el espacio que Moura dejó abierto al frenar.
El Laguna se mete en diagonal, impactando el lateral izquierdo contra la puerta del utilitario. El estallido de metal arrugado y el desprendimiento del espejo retrovisor vuelan por el aire. Las carrocerías se enganchan por un segundo a ciento cuarenta kilómetros por hora, las gomas humean por el roce y el Laguna, por fin, logra ponerse trompa con trompa. Martina baja la ventanilla y dispara su Glock sin piedad. Los dos atacantes bajan y disparan sus FAL, pero son abatidos por el Tío y tres autos que llegan de apoyo. Todos suben a sus vehículos y parten raudos; en la Trafic quedan cuatro cuerpos de peruanos que buscaban venganza. Se escuchan sirenas a lo lejos.
5 Ramón lloraba de rodillas sobre el cemento, con el rostro desfigurado por el miedo, mientras los hombres de Don Teo lo apuntaban a la cabeza. Miró fijamente al viejo Esteban "Branko" Mitrovich, quien permanecía de pie, apoyado en su bastón, con el rostro petrificado como el acero que comerciaba. Teo se repetía para sus adentros "el que se enoja pierde" y, tragándose la furia, guardó su arma.
—Por el respeto que le tengo a usted, Don Branko, por la amistad y el cariño que le tenía mi abuelo y mi padre, y por los años que llevamos haciendo negocios, no voy a manchar mis manos con la sangre de su nieto —dijo Teo e hizo la seña para que todos guardaran sus armas—. Se lo entrego a usted. Limpie su casa.
El viejo patriarca asintió lentamente, con una dignidad trágica. No hubo piedad en sus ojos. Hizo una seña corta a sus otros nietos. Entre tres arrastraron a Ramón a los gritos y lo metieron a la fuerza en el asiento trasero del auto falso, el mismo coche sin blindar que todavía tenía las puertas de hojalata intactas. Cerraron las trabas.
El viejo Branko caminó a paso firme hacia la pesada Minigun M134 montada en el trípode. Él mismo aferró las empuñaduras y conectó la batería. Miró a su nieto a través del parabrisas por última vez y presionó el gatillo. El aullido mecánico del motor rotativo inundó el galpón por tres segundos exactos, y una lluvia de fuego atravesó el habitáculo de lado a lado, enterrando la traición bajo una montaña de casquillos dorados.
Teo y sus hombres se dirigieron a sus autos, pero antes llamó a Martina y al Polaco.
—Ustedes dos... ¿Qué voy a hacer con ustedes dos? —¿Lo sabe? —preguntó Martina. —Acostumbrate: lo sé todo. Y si no lo sé, me lo cuentan. —No fue nuestra intención... —Él le hizo un gesto para que se callara. —No lo sé y no me importa, pero me salvaron. ¿De cuánto estás? —Pero ¿cómo supo...? —Casimira. Esa vieja es medio bruja; te miró y dijo: "Esta está embarazada". No sé, preguntale a ella cómo sabe. Organicense y fijate quién te va a reemplazar los seis meses que no vas a trabajar. Y quiero ser el padrino.
Teo subió a su auto y Moura arrancó, saludándolos con un leve cabeceo. El Tío le palmeó la espalda al Polaco y le dio un beso a Martina deseándole felicidades. Los futuros padres se abrazaron mientras los gitanos sacaban los restos de Ramón en una bolsa negra de residuos.