1
Antes de que llegara Laura, Mario hizo lo de siempre: escondió los CD. Todos a la caja de zapatos, la caja al fondo del placard, el placard cerrado con llave. No era culpa suya. Eran de una ex, de una tía, de alguien. No importaba.
Laura llegó puntual. Tomaron vino. Rieron. En un momento, ella fue al baño y, al volver, se detuvo frente a la biblioteca. Mario tardó en darse cuenta de lo que miraba.
El estuche de plástico asomaba detrás de un lomo de Borges. El CD de Arjona. El único que se había olvidado.
—No sabía que te gustaba Arjona —dijo Laura, divertida.
Mario se levantó de un salto y se lo arrancó de las manos. Ella lo miró con el ceño fruncido, sin entender. Él tampoco. Se miró los dedos, que apretaban el estuche como si fuera un bicho.
—No es mío —dijo, con una sonrisa rara—. Se lo olvidó una ex. Hace años.
Laura asintió despacio, con la cara del que no cree una palabra. Después miró el reloj y dijo que se tenía que ir.
Mario se quedó sentado en el sillón, con el CD en la mano, preguntándose por qué carajo no lo había tirado a la basura hacía años.
El neurólogo, regordete y de risa fácil, cerró la carpeta con la tomografía y miró a Mario Migre. Midiendo sus palabras, le dijo:
—Sinestesia… No es un tumor ni tuvo un micro ACV. Contrariamente a lo que cree la gente, el cerebro nunca deja de madurar. En su caso, con la llegada de la andropausia, su química cerebral cambió. Es uno en un millón: desarrolló una leve sinestesia. Nada malo; por eso ve los olores, huele los colores y ciertos ruidos tienen forma. Puede quedar así o seguir evolucionando, caso en el que ahí sí debería medicarlo.
El neurólogo se levantó sonriendo, escribió en un recetario, le entregó el papel a Mario y lo invitó a salir palmándole la espalda.
—Mírelo como un superpoder. Cualquier cosa, me viene a ver.
—Debe ser por eso que me gusta tanto Arjona —fue lo único que atinó a decir Mario, mientras el doctor lanzaba una carcajada y abría la puerta para llamar al siguiente paciente.
2
Y así fue. Mario descubrió que el rojo sabía dulce y el verde, ácido; cuando veía un auto azul, un gusto entre salado y dulce le asaltaba la boca. Al pasar por una florería, los jazmines olían a celeste y el ajo, a gris. La combinación de varios aromas se transformaba en un collage de colores que le explotaba en la mente.
La cosa no terminó allí: empezó a ver el aura de la gente y a identificar el ánimo y los sentimientos por su color y su olor. Descubrió que el miedo le daba al aura un tono negro ácido; la angustia, rojo salado; y el amor, un blanco un poco desabrido. Cuando mentían, el aura pasaba de gris a amarillo, y si se enojaban, de naranja a rojo. Le divertía. Hasta había podido sentir la temperatura de la música: el rock era tibio y la cumbia, bastante caliente, pero su mayor sorpresa fue descubrir que Arjona lo hacía sudar…
3
Pero todo cambió cuando un ladrón le arrebató el celular a una mujer y la hizo caer. Mario sintió el olor al miedo y escuchó el dolor del aura. Giró y vio cómo el ladrón se le acercaba. Lo miró fijamente y movió la cabeza de izquierda a derecha; el asaltante se enredó con sus propias piernas y cayó, deslizándose hasta golpear la cabeza contra un auto estacionado. El crack del cuello fue sonoro y quedó inmóvil.
Mario vio cómo el aura del ladrón se apagaba hasta desaparecer. Siguió caminando, pero tuvo que apoyarse contra una pared al sentir la oleada de placer cuando el aroma a muerte —tan dulce como nunca antes había sentido— lo embargó, provocándole una erección difícil de contener.
Llegó a su casa. No prendió la luz. Fue directo al placard, abrió la caja de zapatos. Los CD estaban ahí, apilados, como un secreto de años. Los miró un instante. Después sacó uno, lo puso en el equipo y subió el volumen.
Se sentó en el sillón. Cerró los ojos.
Y mientras la música llenaba la habitación, Mario sonrió. Ya no necesitaba explicar nada. Ni al neurólogo, ni a Laura, ni a sí mismo. Se puso a cantar: la música lo llenó de un arcoíris de colores y aromas, tan parecido al placer que había experimentado segundos antes al sentir el olor de la muerte.
«Será por eso que me gusta tanto Arjona…», pensó, y siguió disfrutando.