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Capítulo 9: La humanidad en el apocalipsis (parte 2)
Pensamiento
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Contenido de la publicación
***
Los gritos de horror resonaban por todas partes.
Bajo la luz roja del cielo, monstruos alados descendían en cantidades incontables. La gente corría con todas sus fuerzas; muchos intentaban refugiarse en los edificios, mientras otros levantaban armas improvisadas y trataban de defenderse.
En vano.
Yo avanzaba por la calle sujetando la mano de Eunbyeol, esquivando garras, escombros y cuerpos que caían a nuestro alrededor.
—No mires atrás —le dije—. Pase lo que pase, no me sueltes.
Sus dedos se aferraron con más fuerza a los míos.
No podía soltarla.
No importaba qué ocurriera.
No podía soltarla.
A lo lejos vi a varias personas cubiertas con túnicas. Reían y alzaban los brazos hacia el cielo, como si aquella masacre fuera la respuesta a todas sus plegarias. Como si ellos mismos hubieran llamado a los monstruos.
Pero las criaturas no distinguían entre creyentes y víctimas.
Uno de los hombres extendió los brazos para recibirlas.
Un monstruo descendió y lo partió en dos.
Los demás fueron despedazados poco después.
Su fe no los salvó.
***
Un bache sacude el automóvil y me devuelve al presente.
El informante pasa el trayecto respondiendo a medias. Habla de armas, reuniones y ofrendas, pero cada vez que pregunto por el propósito del ritual o la cantidad de personas retenidas asegura no saber nada.
No le creo por completo.
Sin embargo, ya no necesito creerle. Solo necesito que me lleve hasta allí.
Después de un rato, el automóvil se detiene frente a un edificio deteriorado.
Parece una fábrica abandonada. Las paredes están cubiertas de humedad, varias ventanas han sido tapiadas con placas de metal y una vieja chimenea se levanta sobre el techo como un cadáver ennegrecido.
Miro al informante.
—¿Es acá?
—Sí... señor —responde con una cortesía fingida.
La voz le tiembla.
—Bajate y guiame.
Señalo la puerta de la fábrica con un movimiento de la cabeza.
En ese instante, percibo movimiento en la parte delantera.
El calvo ha despertado. Todavía desorientado por el golpe, intenta girarse y llevar una mano hacia el interior de su chaqueta.
No espero a descubrir qué busca.
Retiro la espada de la nuca del conductor, giro la muñeca y atravieso el respaldo del asiento del acompañante. La hoja se hunde en el pecho del calvo antes de que consiga sacar el arma.
—Kugh...
Abre los ojos de par en par. La sangre le brota de la boca y cae sobre el tablero.
Extraigo la espada y su cuerpo queda inmóvil sobre el asiento.
—Bajate y guiame —repito, esta vez con un tono más seco.
El informante mira al calvo. Después me mira a mí.
No necesita otra advertencia.
Abre la puerta apresuradamente y sale del vehículo.
Antes de seguirlo, dirijo la vista hacia los dos hombres que quedan dentro. Uno sostiene contra el pecho la muñeca rota; el otro, el conductor, me observa con una mezcla de odio y terror.
No puedo dejarlos atrás. Ignoro a quién llamarían o cuántos refuerzos llegarían si les concediera unos minutos.
La espada traza dos líneas breves dentro del automóvil.
Ninguno alcanza a gritar.
Desciendo.
El aire exterior huele a óxido, combustible viejo y agua estancada. Frente a mí, el informante camina lentamente hacia una puerta de metal medio destrozada, con los hombros encogidos y pasos tan cortos que parece intentar retrasar lo inevitable.
—No se te ocurra hacer ninguna estupidez.
Dejo escapar una fracción de mi intención asesina.
El hombre se paraliza.
Para él, debe de sentirse como si una bestia enorme acabara de abrir los ojos a su espalda.
—¿Entendés?
—Sí... Sí, señor.
—Entonces seguí caminando.
Asiente varias veces y continúa hacia la entrada.
Observo la fábrica con más atención. No hay guardias visibles ni luces en las ventanas. Tampoco escucho movimiento desde el exterior.
Demasiado silencio.
Un culto que lleva años preparándose para el fin del mundo no dejaría su sede completamente desprotegida.
Ajusto la mano alrededor de la empuñadura.
—¿Cuántas personas hay adentro?
El informante no se da vuelta.
—No lo sé con exactitud...
—Un número aproximado.
—Entre treinta y cuarenta. Sin contar a los sacerdotes.
—¿Qué armas tienen?
—Pistolas, cuchillos, algunas escopetas...
Titubea antes de continuar.
—Y hay algo más.
Me detengo.
—¿Qué cosa?
El hombre traga saliva.
—Debajo de la fábrica hay una sala. Solo los sacerdotes pueden entrar.
La puerta metálica rechina cuando la empuja.
Apenas cruzamos la entrada, escucho voces provenientes del fondo, conversaciones apagadas y el sonido reconocible de armas siendo manipuladas.
Varias personas se acercan al oírnos entrar.
—¿Qué hacés acá, Número Tres? —pregunta uno de ellos—. ¿No deberías estar buscando ofrendas?
Entonces me ve.
Su mirada desciende hacia la espada ensangrentada y la desconfianza endurece su rostro.
Es suficiente.
Salto por encima del informante. Al pasar junto a él, mi espada dibuja una línea sobre su garganta.
El hombre cae de rodillas, aferrándose inútilmente al cuello. Todavía tiene la sorpresa grabada en el rostro cuando se desploma.
No le había prometido que sobreviviría. Y, si lo dejaba detrás de mí, gritaría en cuanto tuviera la oportunidad.
—¡¿Qué mierda?!
El primer cultista lleva la mano hacia su pistola.
Demasiado lento.
Con mis estadísticas actuales puedo distinguir la tensión de sus dedos, el giro de su hombro y la dirección en la que pretende apuntar.
No soy más rápido que una bala.
No necesito serlo.
Solo tengo que moverme antes de que apriete el gatillo.
Mi espada atraviesa su garganta cuando el arma todavía no ha salido por completo de la funda. La sangre salpica la pared y el cuerpo cae sin fuerza.
—¡Un intruso!
Varias voces se alzan desde el interior de la fábrica. Escucho gritos, órdenes y pasos que corren en mi dirección.
Sigo avanzando.
Al doblar por un pasillo, encuentro a tres hombres colocados casi hombro con hombro. El del centro sostiene una escopeta; los otros dos, pistolas.
Las armas se levantan al mismo tiempo.
Los cañones siempre revelan dónde caerá la muerte antes de que llegue.
Corro hacia ellos.
Los primeros disparos retumban dentro de la fábrica cuando ya he abandonado sus líneas de tiro. Apoyo un pie contra la pared y cambio de dirección antes de que puedan corregir la puntería.
El hombre de la escopeta vuelve a apuntar.
No llega a disparar.
Mi espada recorre el pasillo en un solo arco.
Tres cabezas se separan de sus cuerpos.
La sangre sale despedida mientras los cadáveres todavía permanecen de pie. Caigo al otro lado, sacudo la hoja con un movimiento seco y continúo corriendo.
No les doy tiempo para reorganizarse, cerrar puertas ni comprender qué clase de enemigo ha entrado.
Cada pasillo trae más hombres. Detrás de cada puerta aparecen nuevas armas: pistolas, escopetas, cuchillos, bates y cadenas.
Pero ninguno sabe utilizarlas de verdad.
Solo son fanáticos armados.
Yo he pasado más de mil años aprendiendo a matar.
La diferencia no puede medirse.
Pronto, los disparos se convierten en gritos. Los gritos se apagan en gemidos y, poco después, los gemidos terminan en silencio.
La fábrica se llena de cadáveres. La sangre corre entre las grietas del suelo y el olor a pólvora se mezcla con el hierro que impregna el aire.
No me detengo.
Todavía quedan los sacerdotes.
Encuentro una escalera en la parte trasera del edificio. A medida que desciendo, el olor a humedad es reemplazado por cera quemada y un aroma dulzón y rancio que aprendí a asociar con la magia corrompida.
Al final de las escaleras descubro una sala amplia iluminada por velas. Varios hombres de edad avanzada están sentados frente a frente, formando un círculo. Todos llevan túnicas oscuras marcadas con una cruz invertida.
Ninguno parece sorprendido por mi llegada.
—Eres el primero en llegar hasta aquí, huésped —dice uno de ellos.
Los demás permanecen en silencio.
El anciano levanta la mirada hacia mí.
—¿A qué dios sirves?
—A ninguno.
Inclino ligeramente la cabeza.
—¿Y ustedes?
—A Amosfe —responde con serenidad—. Él será quien traiga la tranquilidad a este mundo.
Los demás sacerdotes empiezan a murmurar. Sus voces se unen poco a poco hasta formar un cántico grave e incomprensible que hace vibrar las paredes.
—Amosfe... —repito.
Escupo al suelo con desprecio.
—Así que ustedes son fanáticos de ese lunático.
Los cánticos se detienen.
El aire parece enfriarse.
—Lunático... —repite el anciano—. ¿No temes cometer una blasfemia?
—Para blasfemar, primero tendría que considerarlo un dios.
Una sonrisa burlona aparece en mi rostro. Cambio ligeramente el agarre de la espada, preparado para atacar.
Pero el sacerdote vuelve a hablar antes de que pueda moverme.
—Detrás de nosotros hay casi cien ofrendas consagradas a Amosfe.
Entrecierro los ojos.
Más allá del círculo alcanzo a distinguir una enorme cortina roja. Detrás de ella escucho respiraciones, llantos contenidos y el roce de cadenas contra el suelo.
El anciano sonríe.
—Si morimos, ellos mueren.
Uno de los sacerdotes abre ligeramente su túnica. Sobre su pecho hay símbolos negros grabados directamente en la piel; las marcas palpitan como si tuvieran vida propia.
—Si perdemos la conciencia, mueren —continúa el anciano—. Y, si así lo deseamos...
Los cánticos vuelven a comenzar.
Detrás de la cortina, alguien grita.
—...también mueren.
Su sonrisa se ensancha.
—Pero, si nos permites marcharnos, tal vez sobrevivan.
—Deshagan el vínculo.
—Cuando estemos a salvo.
—Entonces no piensan deshacerlo.
El anciano no responde.
No hace falta.
Durante unos segundos permanezco inmóvil.
Cerca de cien rehenes.
Sus vidas están unidas a las de estos sacerdotes mediante alguna clase de maldición. Matar a uno podría significar matarlos a todos. Incapacitarlos tampoco es una opción.
Y confiar en su palabra sería todavía más estúpido.
El anciano interpreta mi silencio como duda.
—Eres fuerte, huésped. Lo sabemos. La sangre que cubre tu espada lo demuestra.
Extiende los brazos con tranquilidad.
—Pero la fuerza no puede salvarlos a todos.
Observo las marcas negras grabadas en su pecho. Después estudio las velas, el círculo, los símbolos dibujados sobre el suelo y la cortina roja.
Durante un minuto entero busco una falla en el ritual. Un núcleo. Un vínculo que pueda cortar sin alcanzar a los rehenes.
No encuentro nada.
Tal vez exista una solución. Con más tiempo, quizá podría descubrirla.
Pero ellos no van a concedérmelo. Pueden matar a los cautivos con una palabra y, aunque los deje marcharse, nada garantiza que rompan la maldición.
Suspiro lentamente.
—Qué hijos de puta... —murmuro.
Cierro los ojos durante un segundo.
Cerca de cien vidas frente a hombres que podrían sacrificar a miles más en el futuro.
No existe una decisión correcta.
Solo una de la que tendré que hacerme responsable.
Cuando vuelvo a abrir los ojos, toda mi atención se concentra en los sacerdotes.
Y corro.
Los cánticos aumentan de intensidad en cuanto me acerco. Las marcas de sus pechos comienzan a brillar.
Mi espada se mueve.
La primera cabeza cae.
Después la segunda.
La tercera.
Los sacerdotes intentan levantarse, pero ninguno es lo bastante rápido. Cada tajo interrumpe una voz, cada cuerpo cae sobre el círculo y cada cabeza rueda entre las velas.
Hasta que solo queda el hombre que habló conmigo.
No intenta escapar. Me observa con una sonrisa maliciosa mientras la sangre de los demás se extiende alrededor de sus rodillas.
—Así que elegiste la decisión más difícil.
—No —respondo—. La eligieron ustedes.
Mi espada atraviesa su cuello.
La cabeza se separa del cuerpo y cae dentro del círculo.
Los cánticos terminan.
El silencio que queda es peor.
Me detengo y respiro una vez.
Después otra.
No siento alivio.
Camino lentamente hacia la cortina roja. La tela pesa más de lo que debería cuando la sujeto con una mano.
Por un instante, no quiero apartarla.
Pero lo hago.
Detrás encuentro un desastre.
Cerca de cien personas yacen sobre el suelo. Sus cuerpos están pálidos y sus ojos permanecen abiertos. Muchos todavía conservan cadenas alrededor de las muñecas y los tobillos.
Niños.
Jóvenes.
Adultos.
Ancianos.
Todos inmóviles.
Permanezco en silencio.
Sabía que podía ocurrir. Aun así, elegí atacar.
Pero saberlo no reduce el peso.
La fuerza no puede salvarlos a todos.
El sacerdote tenía razón.
Aprieto la empuñadura hasta sentir dolor en los dedos. Luego me arrodillo junto al cuerpo más cercano y busco el pulso.
Nada.
Compruebo otro.
Después un tercero.
El mismo resultado.
Avanzo entre los cuerpos, obligándome a revisar, a escuchar, a no confundir el silencio con la certeza.
Entonces percibo algo.
Una respiración.
Débil. Entrecortada.
Pero viva.
Me giro de inmediato.
Entre los cadáveres, una niña de unos seis años intenta arrastrarse hacia la salida. Sus brazos tiemblan y una de sus piernas permanece inmóvil detrás de ella.
Corro en su dirección y me arrodillo a su lado.
—No te muevas.
La niña levanta la mirada. Tiene el rostro pálido y los labios casi azules.
—Mi papá...
Extiende una mano temblorosa y señala a un hombre tendido a pocos metros.
—Mi papá... Ayudalo...
Miro al hombre.
No respira. Una marca negra le cubre el pecho y se extiende desde el corazón hasta el cuello.
La niña intenta arrastrarse otra vez.
—Por favor...
La sujeto con cuidado antes de que caiga.
—Esperá acá.
Me acerco al cuerpo y apoyo dos dedos sobre su cuello.
Nada.
Ni pulso ni respiración.
Solo un cuerpo que todavía conserva algo de calor.
Cierro los ojos durante un instante y regreso junto a la niña.
Ella me mira buscando una respuesta.
Conozco esa mirada.
Los mismos ojos que suplican una mentira capaz de cambiar la realidad.
Por un segundo, ya no veo a la niña tendida frente a mí.
Veo a Eunbyeol entre mis brazos.
—¿Mi papá está bien? —pregunta.
Un nudo se forma en mi garganta.
Podría decirle que está dormido. Que despertará pronto. Que todo va a estar bien.
Pero las mentiras solo duran hasta que la realidad vuelve a abrir los ojos.
—Tu papá te protegió hasta el final —respondo.
La niña deja de moverse. Sus labios tiemblan.
—¿Está muerto?
No contesto de inmediato.
Finalmente, asiento.
Las lágrimas empiezan a caer por su rostro.
—No...
Intenta levantarse, pero el cuerpo no le responde. La abrazo antes de que golpee el suelo.
—¡No! ¡Papá!
Sus pequeños puños golpean mi pecho.
No intento detenerla. No le ordeno que se calme ni le prometo que todo estará bien.
Solo permito que llore.
Mientras la sostengo, contemplo los cadáveres que llenan la sala.
Regresé para impedir el futuro.
Pero, una vez más, llegué demasiado tarde para alguien.
—¿Cómo te llamás? —pregunto cuando sus golpes pierden fuerza.
La niña tarda en responder.
—Eun... Eunji...
La estrecho un poco más.
—Está bien, Eunji. Vamos a salir de acá.
Ella se aferra a mi ropa.
—¿Y mi papá?
Vuelvo la mirada hacia el hombre.
—Voy a hacer que lo saquen de este lugar. No voy a dejarlo con ellos.
No puedo devolverle la vida ni borrar lo ocurrido. Pero puedo asegurarme de que reciba una tumba.
Y todavía puedo salvar a su hija.
Guardo la espada en el inventario y levanto a Eunji con cuidado, evitando moverle la pierna herida. Su cuerpo pesa tan poco que resulta doloroso.
—Aguantá un poco más —le digo mientras avanzo hacia las escaleras—. Voy a llevarte a un hospital.
Ella no responde. Solo esconde el rostro contra mi pecho y se aferra a mí con la poca fuerza que le queda.
Apresuro el paso.
Cada respiración de Eunji roza mi cuello, débil pero presente.
Mientras siga respirando, todavía puedo salvarla.
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