Sala de Sociología y Economía de Ceres
Los proyectores zumbaban, lanzando una luz fría sobre la pared, mientras los alumnos permanecían sentados en silencio. Theo, en un rincón; Ceres, en el otro. Ella, inquieta, buscaba su mirada, intentando comunicarle algún resto de ternura, pero Theo permanecía inflexible, con los ojos clavados en la mesa, la mente todavía pesada por el recuerdo de Gene, el amigo que, en dos semanas, sería ejecutado en la plaza D. Amigos… al menos lo habían sido.
El profesor, con un saco desgastado pero una voz afilada, irrumpió con la lección, en el tono grave del adoctrinamiento:
—Aquí vemos los sistemas que existen: Socialismo, Capitalismo y Ceresianismo.
El proyector crujió y mostró una secuencia de palabras sobre un fondo rojo.
—El socialismo —continuó el profesor, caminando de un lado a otro— es un sistema político, social y económico que defiende la propiedad social o estatal de los medios de producción, buscando una distribución más igualitaria de la riqueza y el poder. Se caracteriza por la búsqueda de la igualdad social, el control estatal sobre la economía y la ausencia de clases sociales, con el objetivo final de alcanzar una sociedad comunista, sin propiedad privada y sin Estado.
La clase permaneció en silencio. Ceres miraba la pantalla; Theo no se movía.
El profesor se detuvo justo en el centro, con el dedo en alto:
—Pero… existe un fallo irreparable. Todos, incluso bajo este sistema, cargan con el egoísmo humano, con el deseo de sobresalir. Nunca pasó del papel allí donde fue implementado; un papel que, por cierto, no resulta más útil que el papel higiénico.
La proyección cambió a una figura de silueta negra, etiquetada como «CG67». El profesor se burló:
—Aquí entra nuestro libertario CG67. No diré su nombre, porque está prohibido siquiera pronunciarlo, este gusano. Vende sueños para que otros tengan poder. Son muertos de hambre sin esperanza… pero, al final, la esperanza también es una tortura, ¿no? Sueños infantiles, propios de gente llamada «izquierdópata», «asesinos de bebés a favor del aborto».
Su voz se cargó de desprecio:
—Corrompen a los ciudadanos en nombre de una libertad imaginaria. Una libertad sin propósito, sin liderazgo, sin sentido.
El fondo de la pantalla mostraba ahora fotografías en blanco y negro de revolucionarios muertos, jóvenes con armas en alto, banderas desgarradas, inscripciones: «Viva la Revolución».
El profesor soltó una risa seca, mirando a la clase:
—Qué patético… frases de efecto para anestesiar la verdadera lucha.
Y el silencio volvió a apoderarse del aula. Ceres bajó la mirada. Theo ni siquiera parpadeó.
El proyector cambió de diapositiva. Ahora, un billete sin valor se desplegaba en la pantalla: un collage de rascacielos, bolsas de valores y hombres con traje estrechándose las manos.
El profesor se aclaró la garganta, esbozó una sonrisa irónica y continuó:
—El capitalismo… una ideología muy buena.
La sala se estremeció ante la provocación.
—Sí, buena… al menos para algunos.
Hizo una pausa, dejando que la incomodidad se extendiera.
—Una lástima que muchos por ahí repitan: «ah, el capitalismo es salvaje».
Frunció el ceño, saboreando la burla.
—¿Salvaje? —repitió, forzando la palabra como una herida abierta—. Salvajes son las personas. El defecto no es del sistema, es humano.
Caminaba frente a la clase, cada vez más exaltado, mientras los alumnos lo seguían en silencio.
—Se esconden detrás de términos bonitos: oferta y demanda, ganancias rápidas… como si fueran una manera educada de decir: podemos pisar sus cuellos, formalmente, delicadamente, sin hacer ruido.
El proyector mostraba ahora gráficos ascendentes, eslóganes de multinacionales e imágenes de fábricas con trabajadores exhaustos.
—Usan el capitalismo, así como usaron el socialismo, para esconder su carácter. Disfrazan sus opiniones dentro de «argumentos» para no admitir que solo son egoístas, en nombre de familias disfuncionales y dioses imaginarios. ¡Y encima… pelean unos por otros por eso!
Algunos alumnos se movían incómodos en sus sillas. Theo permanecía inmóvil. Ceres se mordía el labio inferior.
El profesor esbozó una sonrisa fría:
—¿Saben? Hay personas en este sistema a las que les gusta decir: «tengo opiniones fuertes». Pero, en realidad… eso es solo una confesión de que son débiles.
El proyector cambió entonces a un mosaico brutal: datos, números, fotografías de niños en prostíbulos, hombres encadenados, tráfico de personas.
—El capitalismo puede funcionar, sí. ¡Funciona! —elevó la voz, afilada—. Pero detrás de las cortinas… en los países que «vencen» con el capitalismo… hoy hay más esclavos que hace trescientos años.
Golpeó la pantalla con la palma abierta.
—La mayoría, esclavos sexuales.
La sala respiraba con dificultad. El profesor cruzó los brazos, con la voz empapada de veneno:
—Pero deténganse a pensar… ¿por qué existen más esclavos que en el pasado?
Silencio.
—Porque eso da ganancias.
Hizo una pausa.
—Si da ganancias… también podría dar ganancias ayudar a las personas, ¿no?
Sonrió, implacable.
—Piénsenlo bien.
El silencio que siguió era tan denso que parecía aplastar el aire.
El proyector cambió de diapositiva. Ahora, una imagen aérea de Ceres se alzaba ante todos: campos verdes interminables, ciudades limpias y simétricas. En la parte inferior aparecían las palabras:
MADRE CERES NOS ALIMENTA. MADRE CERES NOS EDUCA. MADRE CERES NOS DEVORA.
El profesor permaneció callado por un instante, contemplando la imagen antes de hablar con gravedad:
—Ahora… el Ceresianismo.
—La ideología de nuestra Madre Ceres.
Caminó lentamente entre las filas, mirando a un alumno tras otro, hasta que su voz cortó el silencio:
—¿De qué sirve hablar de comida… de carencia… de asistencialismo… cuando se tiene el estómago lleno?
Se detuvo, imponente, en el centro del aula:
—Nuestro sistema no se preocupa por la libertad. Se preocupa por la supervivencia por encima de la libertad.
Señaló la imagen de Ceres en la pantalla:
—Todos ustedes aquí tienen comida, bebida, ocio, estudios, trabajo digno. Todos ustedes son valorados… y devorados… dentro del alcance que Madre Ceres permite.
—Tienen derecho a tener hijos, seguridad, atención médica, empleos grandes o pequeños, garantizados.
Y entonces llegó la frase que silenció incluso a los más escépticos:
—Y aun así… con todo esto… les quitamos la única cosa que siempre ha destruido a los hombres: la escasez.
Había algo casi religioso en su discurso, algo que resonaba profundamente en los corazones de todos los presentes.
—En Ceres no existe el hambre. Ni los perros, ni las ratas, ni los gatos pasan hambre.
—Nuestra tierra es fértil. Exportamos tecnología, agronegocios, medicina. Hemos erradicado el noventa y cinco por ciento de las enfermedades y virus conocidos.
—Nuestras madres van a Pietà, con asistencia total para sus hijos hasta los diez años. Tenemos una tasa de natalidad del noventa por ciento.
Su voz se volvió más suave, casi paternal:
—Las mujeres que pierden a sus hijos, por destino o por violencia, permanecen en Pietà para cuidar de las futuras madres.
—Las mujeres violadas reciben atención y protección, pero tienen derecho a dejar a sus hijos en Pietà y regresar a sus funciones.
Y entonces apareció la sonrisa. Fría. Triunfante.
—¿El costo de todo esto?
—La libertad.
La palabra quedó suspendida en el aire como una sentencia.
—La misma libertad que siempre ha destruido imperios, familias, personas.
El profesor caminaba lentamente, como quien saborea cada paso.
—El Ceresianismo demostró al mundo que podemos cumplir aquello que ni siquiera un dios imaginario consiguió.
El proyector cambió a una imagen brutal: ataúdes alineados, cubiertos con inscripciones de antiguos dioses y profetas.
—Matamos a los dioses.
Su voz era baja, pero cortante.
—Metafóricamente, trajimos sus ataúdes y mostramos cómo se hace.
Hizo una pausa, dejando que la imagen ardiera en la retina de cada alumno.
—Ninguno de esos «dioses» jamás alimentó al mundo. Ninguno educó. Ninguno devoró como lo hace Madre Ceres todos los días.
—Ella no es inmortal. Pero, aun así… alcanzó la perfección: la dominación de la libertad dentro de un sistema que… funciona.
El profesor levantó la mano abierta hacia toda la sala, como un director a punto de iniciar el clímax de una sinfonía.
—Ustedes no verán a un ciudadano de Ceres con las costillas a la vista por hambre.
El silencio era absoluto.
Él sonrió.
—Madre Ceres conquistó algo más grande que cualquier dios cósmico.
—¿Los que están en contra? Buena suerte.
—Buena suerte contra el hambre.
—Buena suerte contra nosotros.
Las últimas palabras resonaron como un trueno en el aula.
Por un instante, el silencio fue tan denso que parecía que nadie se atrevería a romperlo.
Entonces sonó un aplauso tímido, vacilante, solitario.
Pero fue suficiente.
Otros lo siguieron, creciendo en volumen, hasta que toda la clase estaba de pie, aplaudiendo ensordecedoramente.
Pero no era solo un aplauso.
Era real.
Era orgullo… y envidia. Una envidia cruda, de quienes saben que viven bajo un poder absoluto y, al mismo tiempo, temen y admiran ese poder.
Y entonces, como un coro unísono, la sala recitó:
—Madre Ceres, que nos alimenta, que nos educa… y que nos devora.
En la Piscina de Ceres, Después de la Clase
El sonido del agua golpeando los bordes resonaba por el gimnasio como un metrónomo. Las chicas ya se dispersaban en grupos, comentando la clase de sociología y burlándose del adoctrinamiento del profesor. Pero, en la piscina, solo quedaban dos.
Ceres se acomodó el gorro negro, el traje de baño pegado al cuerpo, y ya estaba en el borde de la calle cuando sintió el hombro de Ana rozar el suyo.
No fue un contacto.
Fue un mensaje: quítate de mi camino.
—Siempre en esta calle, ¿eh, querida? —dijo Ana, dulce como el veneno.
—Es la que tiene menos olas —respondió Ceres, seca, sin mirarla.
El profesor, sentado con una carpeta y un cronómetro, observaba con aquella sonrisa sádica.
Ese era su juego: ver cuál de las dos se quebraría primero.
Las dos se colocaron lado a lado en el bloque de salida. El gimnasio se tensó. Un grupo de chicas cuchicheaba en un rincón, divididas entre animar, envidiar o temer.
—A la señal —dijo el profesor.
Se lanzaron al agua al mismo tiempo. El agua se abrió con estrépito. Cada brazada era un ataque. Cada respiración, una victoria momentánea.
Subieron casi juntas al borde opuesto, resbalando hacia el siguiente bloque, ahora corriendo. Cuando Ana la adelantó, dejó que su hombro chocara con fuerza contra el de Ceres. Ceres perdió el equilibrio por un segundo. Pero le devolvió el favor en la escalera, con un empujón nada accidental.
Al final de la rampa, ambas jadeaban: gotas de agua y lágrimas de rabia mezclándose. El profesor sonreía.
—Buen trabajo, Ana. Liderazgo, por ahora. Pero, Ceres… la obligaste a evolucionar. Eso es lo que quiero ver. Sin modestia. Sin excusas.
Ana se inclinó hacia Ceres y susurró con crueldad:
—No necesito a una perra en celo intentando restregarse contra Theo.
Ceres le devolvió la sonrisa, amarga:
—En celo, sí. Al menos el pene de Theo funciona conmigo.
Se miraron como depredadoras, con lágrimas calientes de odio silencioso.
El profesor simplemente tomaba notas, satisfecho:
—Continúen así. Así es como se crean campeonas.
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